A ese negro nadie le quita su tumbao

Fue asesor de los productores de la película El Golpe y en Venezuela lo conocen desde presidentes hasta boxeadores

Cuando el árbitro de boxeo, Horacio Castilla, me trajo un libro de Caracas autografiado por Félix Vargas Chacón, con la recomendación de que lo leyera, lo primero que me llamó la atención fue el título: ‘40 años en delito’. Lo empecé a leer por curiosidad y terminé devorando el libro de casi 600 páginas. Quedé fascinado por el personaje. Por la forma tan sencilla como escribía, como relataba sus aventuras.



Una vez finalizada la lectura, busqué una máquina y le envié una carta al venezolano, elogiando lo que había escrito y también en términos taurinos: Dígame, don Félix, ¿Por qué nunca toreó en plazas colombianas?



La contestación llegó con una carta del autor, la cual más o menos decía: “Jamás torié en plazas colombianas, porque allá siempre hubo más toreros que yo y no quería hacer el ridículo”.



Claro que me refería a las estafas de Félix, a quien apodaban “El Cumanés”, por haber nacido en Cumaná. Félix, una especie de Papillón, que ahora vive de sus libros y de dictar conferencias, recorrió el mundo estafando en casinos a personas de bien y hombres ambiciosos. Sus habilidades lo llevaron a ganar mucho dinero, pero a la vez, a conocer las principales cárceles del continente.



Un año o dos después de haber leído el libro y de haber cruzado cartas con Félix, me llegó la oportunidad de conocerle. Se trató de una invitación a un vuelo inaugural de Viasa, con alojamiento en el Tamanaco. Le puse un marconi a Chacón y le dije el hotel donde iba a estar. Cuando me estaba registrando en el Tamanaco, veo venir a un señor elegantemente vestido, con sombrero inglés, chaleco, zapato de dos tonos y con una sonrisa de oreja a oreja.



Don Edgar, yo soy el Cumanés. Bienvenido a Caracas.



Fue electrizante conocerle porque tiene un dominio de las situaciones y es encantador. Cuando bajamos a conocer Caracas, nos encontramos en el pasillo con Bernardo Viera –asesor de prensa del Presidente Carlos Andrés Pérez, el cantante Nelson Pinedo y una hijita de Viera de escasos años. Salimos a caminar por Sabana Grande, cuando de pronto entró Félix a un almacén y me dijo que comprara unas cartas de baraja; lo hice y luego, en una cafetería, comenzó a deslumbrarnos con su agilidad de manos.



Durante los días caraqueños, Félix me habló de su vida y pude comprobar su inigualable memoria. Se sabía discursos de Hitler, Mussolini, Eloy Blanco, Bolívar, Gaitán, Fidel Castro y otros, línea por línea.



Y por primera vez nos contó sobre la química que lo hizo millonario varias veces. Él llegaba a los países, y en las principales ciudades, averiguaba quiénes eran ricos y quiénes eran ambiciosos y jugadores. Lentamente, sin apresurarse, se hacía amigo de esas personas. Él los atendía y se hacía tomar querencia. Luego le confiaba a las futuras victimas un maletín, el cual no podía abrirse sin su consentimiento y por favor, advertía, había que tenerlo en caja fuerte. Entonces, se iba de viaje y volvía trayéndole regalos a su “amigo”. Cuando ya consideraba prudente, le manifestaba al ingenuo que ya era hora de que supiera lo que contenía al maletín. Hablaba de que se trataba de una máquina que convertía las nominaciones de billetes bajos en las más altas posibles. Invitaba a la victima a que le acompañara al banco y delante de los cajeros entregaba los billetes para cambiarlos, y estas transacciones eran hechas sin ningún problema. Varias veces Félix y el acompañante iban al banco, hacían la misma operación: billetes de 20 dólares, con la máquina, eran convertidos en billetes de 100. Luego de un tiempo, al amigo ambicioso del Cumanés no se aguantaba y le suplicaba que por favor le permitiera convertir billetes de 10 dólares en 10 veces más esa suma. Félix le decía que lo hacía como un favor y por el cariño que le había tomado, pero él solo podía ir al banco. La victima se quedaba esperándolo, mientras el venezolano desaparecía con el dinero bueno que le habían entregado.



Félix fue asesor de los productores de la película El Golpe y en Venezuela lo conocen desde los presidentes hasta los boxeadores, pasando por jockeys de caballos y cantantes de sonoras. En aquellos días de Caracas, yo hablaba mucho de Cartagena y de su ambiente y le mencioné los casinos. Le dije que me diera un libro autografiado para Quique Bechara, el gerente del casino del amigo Pierino Gallo. Regresé a Colombia y ya había pasado seis meses, cuando recibí una llamada de Bechara, a eso de la media noche:





Edgar, vente para el casino, para que me identifiques a una persona, que sospecho es el venezolano del libro que me trajiste.






¿Y por qué sospechas?¿Cómo es el tipo?,inquirí





Es alto, elegante y con acento venezolano –escuché del otro lado de la línea.




Llegué al casino, Bechara me lo señaló y afectivamente era Félix. Amablemente y por recado del gerente del casino, le insinué que debía retirarse…



Pasaron cerca de 25 años y una vez en Barranquilla, buscando libreticas de teléfonos de amigos de antaño, me encontré con el teléfono del Cumanés, y coincidía ese hallazgo con la apertura de un casino que iba a inaugurar Samuel Aduén y Jimmy Naar, llamado Casa Blanca. Se me ocurrió que, de pronto, el Cumanés podría venir a Barranquilla, para hacer unas demostraciones en el casino con sus hábiles manos.



Llamé al número de Félix y luego de saludarnos muy efusivamente, después de tantos años, le pregunté si quería venir a conocer Barranquilla. Me dijo que encantado. Cuando fui al aeropuerto a recibirlo, se me vino a la mente algo que me había dicho en cierta ocasión el difunto Germán Vargas, el escritor: “Si tu quieres saber si una persona está vieja, mírala caminar”.



Calculando, Félix debía tener 82 años. Me puse a reflexionar si no era una locura traer a un anciano para hacer demostraciones con las cartas, casi con la seguridad de que había perdido las habilidades con el paso del tiempo. No estaba muy claro el panorama, hasta cuando se bajó del avión. Lo ví cuando fue a buscar las maletas y caminaba con tal agilidad, que mis dudas iniciales se disiparon. Seguía siendo la misma persona elegante, elocuente y simpática de tantos años atrás.



En los 15 días que duró en Barranquilla, Félix encantó a todos con su personalidad, carisma y trato. Diariamente, con sus 82 años, se levantaba a las 6 de la mañana y se acostaba a las 3 de la madrugada del día siguiente. Bebía whisky, comía chicharrón, deslumbraba con su prodigiosa memoria. Quienes le conocieron quedaron como sus amigos para toda la vida. Era tan incansable, que le dije que si no era hora de parar esa vida tan llena de sensaciones.





Lo que pasa Edgar, es que a veces se me olvida que estoy viejo me respondió.






Lo que hizo en el casino dejó boquiabiertos a los asistentes. Repartía cartas a ocho o diez personas, las recibía otra vez, las revolvía y más adelante le daba a cada jugador las mismas cartas que tenía anteriormente. Esa fue alguna de las suertes que hizo.



Antes de partir, el Cumanés pidió los teléfonos de todas las personas que había conocido, para llamarlos el día de su cumpleaños; rito que cumple, con los que todavía conservan los mismo números telefónicos, además de las kilométricas cartas que les escribe. Entre otros se hicieron amigos del Cumanés: Julio Torres, el promotor de boxeo; Emilio Abuchaibe, José Crismat, el hotelero Eduardo Vega, Blanca Flor, Nancy Meyer, Fedora Escobar, Samira Asmatha, el chofer Arturo Bello. Una de las amigas que hizo en Barranquilla, lo fue a ver a Caracas y cuando regresó me contó lo siguiente: Le conocen en todas partes; en la corrida de la prensa, saludó al Presidente de abrazo. Donde íbamos le saludaba con cariño, pero solamente una observación: a todos los sitios donde íbamos, ¡yo era quien pagaba la cuenta!



Recientemente, con Omar Viloria estuve en Caracas e invitamos a una boda y a otros eventos al Cumanés, ahora de 86 años. Y pásmense lectores: come de todo, bebe hasta el amanecer, baila, sigue teniendo la misma memoria. No he visto un caso igual en mi existencia.



Cuando termino de escribir estas líneas, estoy recién llegado de los Estados Unidos. En una comida que me brindó Roberto Ledesma –el famoso cantante- el otro comensal fue Bernardo Viera, el mismo que acompañó tantos años a Carlos Andrés Pérez, como su secretario, y a quien no había vuelto a ver desde aquella vez que caminamos en Sabana Grande con su hijita de cinco años, el Cumanés y Nelson Pinedo. Cuando nos saludamos, Bernardo me presentó a una hermosa señora de una edad aproximada a los 30 años.





¿Sabes quién es ella? me preguntó.






No





Es la niñita a quien el Cumanés le hizo los trucos aquella mañana en Caracas.






¡Uf! ¡Todo el tiempo que ha pasado!

Edgar García Ochoa
flashedgar@hotmail.com

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