A Obama lo aman hoy, pero… ¿lo amarán mañana?

El mismísimo presidente George W Bush le pide en público que cometa una falla para poder hacer un chiste sobre él

WASHINGTON — La mayoría de los políticos pasan sus carreras trabajando para superar defectos. Luego hay políticos como Barack Obama.



Tan carismático es que su mayor desafío ha sido tratar de reducir las expectativas durante su primer periodo en el Senado. La situación envidiable de Obama quedó claramente de manifiesto en una cena de etiqueta aquí el pasado fin de semana, cuando el Presidente George W. Bush trató jocosamente de burlarse de él.



“Senador Obama, quiero hacer un chiste sobre usted”, dijo el presidente al público en la cena anual Gridiron, un evento donde los políticos y la prensa se mezclan para divertirse unos con otros. “Pero hacer un chiste sobre usted es como hacer un chiste sobre el papa. Deme algo con qué trabajar. Pronuncie mal algo. Lo que sea”.



Dejando de lado las bromas, la aparente perfección de Obama — como dotado orador, galardonado autor e intelectual comprobado que fue el primer presidente negro de Harvard Law Review— se ha convertido en una especie de maravilla política en sí misma, conforme los demócratas sondean el panorama en busca de potenciales candidatos presidenciales y se preguntan incesantemente si él es el que los llevará de nuevo al triunfo después de una temporada de oscuridad.



Pero esas grandes expectativas pueden, por turnos, ser una maldición; no sólo para Obama mismo sino para el partido en general. Desde William Jennings Bryan, quien electrificó a las masas con su discurso del “fraude del oro” de 1896, hasta el ex senador John Edwards, quien brevemente encandiló al Partido Demócrata antes de fracasar en la contienda presidencial de 2004, las superestrellas nacientes a menudo han aprendido los peligros de las expectativas crecientes del modo difícil.



“La perfección siempre es riesgosa”, dijo Darrell M. West, profesor de política en la Universidad Brown.



Si la popularidad y reputación de Obama entre los demócratas crece, ¿será posible, se preguntan sus asesores y otros demócratas, que Obama mantenga su trayectoria sin turbulencias con el tiempo? ¿Cómo puede hacer bajar las expectativas, para reducir el impacto de cualquier mal paso futuro? ¿Los votantes y la prensa pudieran cansarse de su carácter impecable, y empezar a buscar sus defectos? (Una mancha admitida: Un hábito de fumar que está trabajando por romper, y una experimentación pasada con las drogas).



Historiadores y estrategas políticos ven lecciones para el futuro del senador en las historias de las personas notables del pasado.



“Los que han sido exitosos se enfocaron mucho en comprender a dónde querían ir, y tuvieron una buena estrategia para llegar ahí”, dijo West. “No se puede esperar mucho tiempo porque los chicos de oro sólo duran un tiempo y luego empiezan a perder brillo. Y después se convierten en uno del montón, y no hay nada especial en ellos”.



Para algunos, en esta primera etapa, Obama es más directamente comparable con John F. Kennedy, cuya apariencia juvenil y elegante y cautivadoras habilidades de oratoria lo lanzaron al estrellato nacional en 1956, cuando, como senador de primer mandato, hizo campaña para la nominación vicepresidencial; cuatro años después fue elegido presidente. Su asesinato en 1963 lo elevó a la categoría del estatus dorado permanente entre los demócratas.



Por supuesto, esa era una época en que era más fácil brillar. Kennedy se benefició de un cuerpo de prensa afable que en gran medida dejaba en paz los temas personales, algo con lo que nunca contaría Obama.



Otras estrellas políticas han caído con el tiempo, conforme la promesa brillante ha dado paso a la inevitable desilusión de la realidad.



Cuando aún era jugador de basquetbol, mucho antes de que fuera elegido para el Senado, Bill Bradley parecía destinado a la grandeza. Dominó el reflector durante un tiempo, pero tropezó, y su carrera política terminó en las primarias presidenciales demócratas en 2000. John Edwards causó sensación cuando fue elegido para el Senado en 1998, pero rápidamente sufrió críticas de que carecía de sustancia y no cumplió algunas expectativas de que era el próximo Bill Clinton.



La historiadora Doris Kearns Goodwin argumentó que Bryan, el tres veces candidato presidencial demócrata, deslumbró al país en una forma comparable con el fenómeno Obama con ese discurso de 1896. Pero enfrentó demasiada resistencia a su percibido populismo radical para ganar la elección y, tras perder, se cubrió de la indeleble mancha del fracaso. La historia no ha sido amable.



Robert Dallek, autor de varias biografías presidenciales, dijo que esos líderes de la clase del “chico de oro” han surgido “en una época de frustración y desilusión”, pero que pocos, aparte de Kennedy, sostuvieron el ímpetu. “Kennedy no había hecho mucho, no había un gran historial congresional del que se pudiera hablar, y muchas personas dijeron: 'Vaya, este tipo tiene imaginación y principios”', dijo Dallek.



Más recientemente, gobernadores glamorosos como Arnold Schwarzenegger de California y Mitt Romney de Massachusetts, ambos republicanos, han perdido parte de su brillo después de chocar con las legislaturas estatales. Según ese estándar, Mark Warner, un demócrata y ex gobernador de Virginia, quizá se haya beneficiado de la ley que establecía que renunciara después de un mandato; sin más de un mandato que lo acose, ha podido darse el lujo de seleccionar los temas que defiende, a diferencia de potenciales rivales en el Senado, que aún deben votar sobre todo, desde el presupuesto federal hasta Irak. Warner está ahora entre los demócratas que contemplan postularse en 2008.



“Entre más tiempo esté uno en una posición en que se tomen decisiones difíciles y se sopesen cuestiones difíciles, más se debilita”, dijo Mario M. Cuomo, cuyo discurso de 1984 en la Convención Nacional Demócrata, durante su primer mandato como gobernador de Nueva York, avivó una década de conversaciones sobre su gran potencial político antes de que finalmente perdiera la postulación para la reelección ante George Pataki en 1994.



“El tercer mandato es aniquilante”, dijo Cuomo. “Tuve tres mandatos, y lo que sucede es que la gente lo conoce a uno demasiado bien, y su instinto es estar enojados con lo negativo más que apreciar lo positivo”.



Pero cuando se le preguntó si veía comparación en sus primeras críticas elogiosas y las que Obama está experimentando ahora, Cuomo vaciló. “Soy una historia totalmente diferente”, dijo Cuomo. “Para nada estoy en la clase a la que él pertenece”.



Sin embargo, Obama aún tiene que terminar un mandato como senador; una realidad de la que parece bastante consciente, mientras ligeramente se burla de su propia cobertura de prensa mientras lentamente empieza a promover su labor legislativa, como impulsar la investigación sobre la gripe aviar.



Obama parece, a veces, estar equilibrando la necesidad de reducir las expectativas poco realistas con el deseo de retener su mística dorada. Aun al reconocer, con cierta vergüenza, su hábito de fumar cigarrillos, Obama se las ha ingeniado para convertirlo en una expresión de su imperfección, al decir a The Chicago Tribune el año pasado: “La carne es débil”.



Obama no regresó una llamada en busca de comentarios, pero en su discurso del Gridiron, que provocó grandes aplausos, reprendió a la prensa por su cobertura lisonjera hasta ahora; un tema recurrente que ha adoptado en respuesta a un peso excesivo de la atención de los medios desde el inicio de su carrera política.



“Quiero agradecerles toda la cobertura generosa que me han dado en anticipación de una carrera exitosa”, dijo Obama. “Cuando realmente haga algo, se los haré saber”.



Y sin duda, cuando eso suceda, el mundo lo notará.



ANNE E. KORNBLUT

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