A todas las doña Alicia…



Pocas veces contesto mensajes en los que siento que me hacen reclamos con mucha pasión, sin embargo, tomando en consideración que hoy todo me parece más bonito y que siento como brilla más el sol, además que puedo sentir la canción del arroyito, me permito hacer unas aclaraciones.


Cuando don Alvarito Uribe llegó a Miami en busca de respaldo para su primera campaña, con un exiguo 3 por ciento de figuración en las encuestas, EL COLOMBIANO® le dio su apoyo, le colocamos publicidad sin cobrarle un centavo, le sacamos en nuestra portada en un par de oportunidades, lo mostramos como una persona con ganas de cambiar las cosas, de acabar con la corrupción, de acabar con las trampas, de acabar con las triquiñuelas de la política, de acabar con el mal manejo de la cosa pública, de acabar con la politiquería… y ¿qué ocurrió? Que el hombre llegó a gobernar y poco a poco empezó a cambiar. Fue un proceso lento, pero inexorable.


En los dos primeros años vimos un poco del Uribe de las promesas, pero paulatinamente ese personaje le fue dando paso al animal político y allí se fregó todo. Se dejó ganar por la politiquería. Por todo lo que había rechazado en campaña. Por las malas compañías. Por corruptos. Por ventajistas. Por los Name, los Molina, los Valencia, los barones electorales que tanto daño le han hecho a Colombia. Las cosas que había prometido las dejó de cumplir. En campaña había rechazado la posibilidad de optar a otro mandato y al llegar al final de su segundo año en el gobierno empezó a maniobrar para perpetuarse en el poder. Para cambiar las reglas del juego. Para legislar a su favor y no pensando en el interés nacional. Para entrar en negociados tan turbios con personajes como Yidis Medina y Teodolindo Avendaño. No le sirvieron de freno ni las advertencias de su esposa. Lo encegueció el poder. Faltó a su palabra. Fue entonces, y sólo entonces, que nuestra postura editorial cambió. No podíamos estar de acuerdo con esas marramucias. Con la corrupción que empezó a campear. Con las chuzadas del DAS. Con el pacto firmado con los paramilitares para favorecerlos y am pararlos después de tanto daño causado al país. Como tampoco estuvimos de acuerdo con que los haya entregado en extradición a Estados Unidos, porque aunque fueran culpables de crímenes de lesa humanidad, con ellos se había firmado un pacto: se desmovilizaban y los juzgaban en Colombia.


No podíamos estar de acuerdo con los mal llamamos ‘falsos positivos’. ¿O debíamos aplaudirlos? Con las componendas para favorecer a los amigos y familiares. Con los negocios de los ‘primeros hijos’ amparados por el poder absoluto. Con la soberbia del presidente de pensar que entre 45 millones de colombianos no hay 2, 3, 5, 10 ó mil que puedan gobernar al país. ¿Es que es muy difícil ordenarle a las fuerzas militares que ataquen a las Farc y a cuanto bandido se aparezca? ¿De atacar a los narcos? Eso, señora, lo puede hacer cualquiera de nosotros. Usted o yo. Él no se ha puesto nunca al frente de esas tropas que han ido a combatir a los fascinerosos. Entonces, ¿por qué otro paisano, con suficiente amor por su patria, no puede hacer el trabajo? Son miles los que están capacitados para eso en el país. Pensar lo contrario es creer que Colombia se reduce a un iluminado y 45 millones de pendejos y me niego a que me clasifiquen en esa categoría.


Es así de simple. No hay odio hacia el paisa. No sufro de eso. No es crítica a Uribe, es crítica a las malas prácticas. Nosotros en el semanario destacamos los aciertos del gobierno (botones de muestras hay muchos en nuestras páginas), porque somos definitivamente enemigos de los que han menoscabado a un país con tanto potencial como el nuestro, pero combatimos con firmeza los excesos del poder. Los excesos del caudillismo. Los desmanes de las hordas de corruptos que se han tomado por asalto la cosa pública sin que el presidente pareciera darse cuenta, porque, en muchos de los casos, cuando se produce una denuncia, él sale inmediatamente a respaldar a sus elegidos y cuando se demuestra que las denuncias eran ciertas, su soberbia le impide ofrecerle disculpas al país. No hay derecho. Allí está repleta La Picota con los políticos que hicieron posible su reelección.


¿Eso le dice algo buena dama?... y, déjeme decirle, que usted está en su derecho de opinar como lo hace, pero aunque tenga muchos años, los hechos incontrastables que le he mencionado (y quedan muchos en el tintero) no necesitan anteojos para verlos. Están allí y nadie los podrá negar. La historia dará un veredicto.

Alfredo Mantilla
director@elcolombiano.net

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