Aquí, la compañía Delphi… conozca ahora a la ‘Compañía Alemania’

El desafío de cómo superar en inteligencia a la globalización, está desnudando fallas de los gigantes del capitalismo que ahora piden protecciones

NUEVA YORK -- Estados Unidos y Alemania a menudo son descritos como estando en polos opuestos del capitalismo global.



Se supone que la economía estadounidense sacrifica la seguridad de los trabajadores por el crecimiento económico, adoptando la globalización con comparativamente poco interés por la pérdida de empleos en casa.



El estado consentidor alemán, en comparación, se aferra fieramente a sus generosos beneficios de la cuna a la tumba y las proyecciones de empleo a costa de la creación de empleos y un crecimiento vigoroso.



Como todos los estereotipos, estos están llenos de huecos: la economía alemana es bastante impresionante, con gigantes de las exportaciones como el conglomerado industrial Siemens, mientras que el lugar de trabajo estadounidense típico difícilmente es una acerera dickensiana.



Pero dos cambios al parecer no relacionados la semana pasada demostraron cómo la economía más grande del mundo, la de Estados Unidos, y la tercera más grande, la de Alemania, están haciendo frente, o dejando de hacer frente, a un desafío fundamental: cómo superar en inteligencia a la globalización.



El 8 de octubre, Delphi Inc., la compañía de autopartes más grande en Estados Unidos, se acogió a la protección por bancarrota del Capítulo 11, citando, en parte, el alto costo de sus trabajadores estadounidenses, que perciben hasta 65 dólares por hora.



Y el 10 de octubre, Alemania arrojó la toalla en su elección, la que se suponía empujaría a los alemanes a enfrentar a su economía estancada. En vez de ello, los dos partidos más grandes de Alemania, con objetivos diferentes, acordaron formar un gobierno de coalición bajo el liderazgo de Angela Merkel. Cualquier verdadera evaluación ha sido puesta en suspenso.



¿Qué sucedió? En la semana previa a la elección, recorrí Alemania con otros periodistas y me reuní con políticos, funcionarios gubernamentales, banqueros y ejecutivos corporativos. En cada escala, escuchamos un mensaje similar.



El régimen actual de lento crecimiento económico y altos costos laborales, combinado con generosos beneficios del sistema de bienestar social, es insostenible. Y sin embargo nos quedamos con una abrumadora sensación de que el país carecía del apetito por el cambio.



Lo mismo aplica a Delphi, que se separó de General Motors en 1999. Las fallas estructurales que causaron su colapso —empleos de altos salarios y pensiones elevadas— han sido evidentes desde los años 70. Sin embargo, los sindicatos y la administración de Delphi tampoco adoptaron una acción correctiva con suficiente rapidez para evitar el desastre.



No es que la Compañía Delphi y la Compañía Alemania hayan enterrado su cabeza en la arena. Lejos de ello. Delphi es una compañía multinacional, con operaciones en 40 países. Y las empresas selectas de Alemania con la misma agresividad han buscado el crecimiento en el extranjero.



Pero muchos ejecutivos en jefe encuentran difícil justificar más inversión en Alemania. Tiene mercados laborales rígidos, extenso involucramiento gubernamental y sindical en la administración corporstiva y una alta regulación (virtualmente todos los minoristas cierran los domingos en Alemania, lo cual puede ser difícil de apoyar en un país con un desempleo del 11.2 por ciento). Y las reformas laborales promulgadas por el Canciller Gerhard Schroeder fueron suficientes para alienar a los votantes sin cambiar mucho realmente las condiciones económicas.



El ascenso de Merkel es revolucionario. Es la primera mujer en el cargo de Canciller, y el primer Canciller procedente de Alemania Oriental. Pero su partido, los democristianos, y sus aliados no consiguieron suficientes escaños parlamentarios para formar un gobierno propio. De manera que después de semanas de negociaciones, Merkel aceptó crear una gran coalición con los socialdemócratas de Schroeder.



Es como si George W. Bush y Al Gore hubieran formado un gobierno conjunto en 2000, y se hubieran dividido las agencias del Gabinete: los demócratas a cargo de los departamentos de Trabajo y Comercio, y los republicanos de la Tesorería.



Los accionistas de la Compañía Alemania —los votantes— no estuvieron dispuestos a votar por un cambio importante. Y ahora se les garantiza que no lo tendrán.



Pese a las diferencias obvias en los estilos alemán y estadounidense de capitalismo, ciertas similitudes son evidentes. Hay una tendencia transatlántica a que los accionistas en ambos países se vean a sí mismos en gran medida como víctimas impotentes de una economía global.



En ambos países, los directores ejecutivos en varias industrias cruciales creen que simplemente no pueden seguir operando en sus países natales si tienen que cumplir con las pensiones, salarios y beneficios a que sus trabajadores se han acostumbrado.



El lunes, Steve Miller, director ejecutivo de Delphi, dijo que la ex compañía matriz de Delphi, General Motors, “emprendería el mismo camino del Capítulo 11 que Delphi, a menos que haya un cambio dramático en el lastre del legado de la carga laboral”.



Y aunque heridos, gigantes otrora orgullosos como Delphi y la Compañía Alemania quizá encuentren alguna causa común en su miseria. De los grandes fabricantes de autos estadounidenses, Chrysler fue el que estuvo más en riesgo en los años 80. Evitó una experiencia cercana a la muerte porque los trabajadores y la administración llegaron a acuerdos de reducción de costos, y porque el gobierno federal respaldó préstamos a la compañía.



Paradójicamente, Chrysler finalmente encontró salvación fusionándose con una compañía alemana. Hoy, DaimlerChrysler tiene una salud financiera mucho mejor que General Motors o Ford.



DANIEL GROSS
The New York Times News Service

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