“Colombia no se ha podido curar de la peste del olvido”: Pedro Claver Téllez

El veterano periodista y escritor hace un examen de conciencia alrededor del lastre de la violencia que hace años fustiga al país

Cualquier día lo puede encontrar uno sentado en una de las bancas del apacible sector del Bosque Izquierdo, en Bogotá, contemplando los magníficos arreboles de una tarde a punto de morir. Sólo, acariciando su plateada barba que le da un aire de profeta bíblico, Pedro Claver Téllez, sin más riqueza que la de su sabiduría y la de tantos años de experiencia en el periodismo investigativo, la filología, la cátedra y la narrativa, resume la historia de un país acosado por la mala sangre de los corruptos y las balas mortíferas de los acérrimos enemigos de la vida y de la generosidad humanas.



Téllez, santandereano raizal, autor entre otros libros de ‘Crónicas de la vida bandolera’, un capitulario de semblanzas de los más aguerridos bandidos que hicieron historia en el Siglo XX, desde ‘Sangrenegra’, pasando por ‘Chispas’, ‘Desquite’, Efraín González hasta Pablo Escobar Gaviria, y también de ‘Biografía del disparate’, ‘La hora de los traidores’, ‘Rebelde hasta morir’ y ‘El periodismo como historia’, mete el dedo en la llaga de una de las heridas incurables de esta Colombia desangrada: la violencia. Pedro Claver fue ficha clave en la investigación, el guión y la producción de ‘Sumas y restas’, la película de Víctor Gaviria.



Entrevista con la historia



¿Cómo ha cambiado el concepto del bandolero en Colombia?



“El bandolero fue politizado en una época, tenía sus convicciones políticas. Ahora priman los intereses económicos, lo cual hace más delicado y confuso el panorama de la violencia en el país”.



¿Por qué Colombia se ha caracterizado por ser un país de bandoleros?


“Yo creo que se debe al desgreño administrativo de los recursos naturales del país. Desde la época de las caucheras hemos dejado en manos de grupos clandestinos la explotación de nuestros recursos naturales y eso ha suscitado la conformación de unos grupos, que terminan guerreando por el poder como ocurrió en las minas de esmeraldas, en el occidente de Boyacá, y en las minas de oro en distintas partes del país”.



¿Pero tiene que ver también con nuestro deplorable banco genético?



“Sí, desde luego. Somos el producto de una serie permanente y ya histórica de fuerzas encontradas por la rapiña y el despojo de unas riquezas que el Estado no ha sabido administrar”.



¿Ese resentimiento ancestral de violación en masa de la colonización es lo que nos ha hecho bárbaros e intolerantes?



“Efectivamente. Llevamos ese lastre. Es una constante histórica que ha sido difícil de manejar porque ya tiene una larga trayectoria, con el agravante de que no hay otra solución que la de las armas. Ha sido imposible civilizar y concientizar a los grupos enfrentados porque ha prevalecido la intolerancia total”.



Yo creo más bien que la ambición y el poder desmedidos es lo que no ha permitido que cese este derramamiento de sangre.



“Sí, de acuerdo, me parece que han sido mal manejados los diferentes procesos de paz y cuando han estado cerca de un armisticio, este se derrumba porque el establecimiento ha sido ineficaz e incumplido en la solución de los problemas sociales”.



¿No cree Pedro Claver que durante todos estos años nos hemos tragado una cantidad de mentiras hasta convertirnos en ‘fieles’ portadores de la mentira (sobre todo quienes llevamos el rótulo de periodistas)?



“Estoy de acuerdo contigo. En todos los conflictos lo que primero salta a la vista es una total manipulación de las esperanzas y eso termina por ahondar más las diferencias y agudizar la guerra. La mentira ha sido mucho más poderosa que las armas. Y cada mentira está ligada con una gran mordaza”. La mentira en boca de los bandoleros de cuello blanco, los que tienen las riendas de esta nación.



¿Usted sigue creyendo en esa utopía: paz?



“A pesar de que llevo 50 años de frustraciones, aún pienso que puede encontrarse la paz a la vuelta de la esquina, si los que tienen la solución a la mano, así lo permiten”.



Pero es que para ‘los que tienen la solución a la mano’, les es más rentable y productiva la guerra que la paz.



“Es verdad, a lo cual debe agregarse una gran soberbia y el prurito infantil de no ceder”.



¿Cómo observa, Pedro, el panorama actual del país?



“Como en ‘Sumas y restas’, parodiando el título de la película de Gaviria, me parece que podemos sumar más que restar si doblegamos la soberbia y nos hacemos más tolerantes”.



¿Cuál ha sido para usted el bandolero más tenebroso de la historia?



“Sin lugar a dudas Pablo Escobar, el más reciente, y en su época, Efraín González”.



¿Conoció personalmente a Efraín González?



“Lo conocí tanto que descubrí que era primo en segundo grado”.



¿Cómo era este personaje?



“Era un hombre blanco, de mediana estatura, ojos claros y una extraordinaria simpatía, con la que logró cautivar al campesino colombiano, hasta lograr la protección y esquivar la persecusión de las autoridades”.



¿Quiere recordar usted la fecha de su muerte?



“Fue el 9 de junio de 1965, en lo que se denominó un terrible crepúsculo sangriento, pues se enfrentó a más de mil hombres entre las tres y media de la tarde y las siete y media de la noche, cuando estuvo a punto de írsele de las manos al cerco policial en el barrio San José, de Bogotá”.



¿Qué puede decir de ‘Sangrenegra?



“Sin hacer alusión a nombres y apodos, para no herir susceptibilidades, ‘Sangrenegra’ ha sido clonado varias veces. Estamos haciendo un guión sobre el particular con Víctor Gaviria y Ana Martínez, para una próxima película”.



¿Quién fue ese tal ‘Chispas’?



“Un bandolero del Tolima que se rebeló por venganza debido al sacrificio de varios familiares y que después, como a todos ellos, se les enredó la vida como una cabuya entre el bolsillo”.



Exhibe usted su pasión por este tipo de antihéroes...



“Sin la menor duda, veo en ellos una especie de ángeles exterminadores que están recordándonos permanentemente que este es un país de frustraciones”.



Un país de frustraciones, de engaños y mentiras, que lleva a cuestas, como diría Gabo, la peste del olvido...



“Y la tiniebla del olvido, que es la que no nos deja ver más allá de nuestras propias narices. Colombia no ha podido curarse de esa peste”.



¿Qué dice de los bandoleros comunes y silvestres, los que están al acecho en la oscuridad y a la vuelta de la esquina?



“Yo creo que aquí hay una amenaza cada cien metros y uno cruza las calles con temor y una sombra a la espalda”.



¿Sale usted de noche, Pedro?



“Sí, yo soy un ser nocturno, y últimamente he tenido que encerrarme a las seis de la tarde para dar vueltas en mi apartamento”.



¡Cuidado!, así comienza la paranoia...



“O la liberación total, porque no tiene nada de raro que el bandido nos espere en el apartamento”.



¿Se proteje con alguna arma, acaso un paraguas?



“Mi arma es un libro debajo del brazo”.



¿Pero qué defensa puede ser eso?



“Que si uno abre el libro se puede encontrar con una esperanza y un camino de luz”.



¿Y con eso se trama a un ratero?



“Por lo menos se le distrae, ellos también están acosados por muchas angustias”.



¿O sea que le ha dado resultado?



“Usted no se imagina, pero yo sí he sabido lo que es estrecharle la mano a un bandolero”.



¿Qué hace si está sólo en su apartamento y escucha un extraño ruido a media noche?



“Me tapo bien la cabeza con las cobijas y me encomiendo a las once mil vírgenes”.



Ricardo Rondón Ch.

Acerca del Autor