¿Cómo diablos controlar una causa?

Muchos políticos saben cómo practicar el ‘nadadido de perro’

La histórica victoria de Barack Obama contiene muchos dramas, pero ninguno tan importante como el giro culminante que simboliza en la fortuna actual de dos fuerzas descomunales en la historia política reciente: el movimiento de los derechos civiles y el movimiento conservador.


Juntos, estos dos movimientos quizá sean los motores de cambio político más potentes del último medio siglo, pero también han exigido grandes demandas a los dos partidos y a sus dirigentes. Y en esta elección volvió a suceder.


Para Obama, la tensa alianza entre el movimiento de los derechos civiles y el Partido Demócrata fue un tema persistente aunque indeseado en su campaña; ya fuera la crisis ocasionada por los sermones grabados del reverendo Jeremiah Wright o las derrotas que le infligieron a Obama en las primarias los votantes de clase obrera, cuya desconfianza hacia el candidato demócrata pareció reproducir las ansiedades de los años sesenta, cuando las protestas por los derechos civiles provocaron un “rebote” blanco que dividió al Partido Demócrata.


John McCain, por su parte, estuvo acosado por sus tratos, difíciles y a veces hostiles, con los conservadores que han ayudado a hacer elegir a todos los presidentes republicanos recientes. Al decidir buscar su apoyo, McCain irritó a los moderados e independientes que, a fin de cuentas, lo abandonaron.


Los enredados lazos entre los movimientos y los partidos han estado complicando la política estadounidense desde mediados del siglo XIX. En gran medida, los dos partidos mayores deben su identidad a los movimientos.


El moderno Partido Demócrata fue moldeado por el populismo de fines del siglo XIX, el reformismo antiempresarial de los años treinta y la cruzada por los derechos civiles de los años sesenta. El Partido Republicano se formó con base en el abolicionismo de mediados del siglo XIX, el anticomunismo de los años cincuenta, las revueltas contra los impuestos de los años setenta y ochenta, y el conservadurismo evangélico a partir de los años noventa a la fecha.


En cada caso se han unido un movimiento y un partido. Pero la alianza rara vez fue satisfactoria para cada lado. Esto no es sorprendente. Mientras los movimientos están impulsados por causas específicas (castigar a los “industriales deshonestos”, acabar con el “gran gobierno”), los partidos mantienen su relevancia ajustándose a las nuevas condiciones.


Es por eso que los activistas de los movimientos suelen pensar que los políticos son débiles o inescrupulosos -- y a veces las dos cosas -- mientras que los políticos consideran que los activistas dan más problemas de lo que ayudan.


Un ejemplo clásico es la desconfianza mutua que se enconó entre Abraham Lincoln y los abolicionistas radicales de su tiempo. Lincoln los toleró pacientemente, aunque éstos bramaban que él era un oportunista: “un perfecto hombre de segunda categoría” en palabras del agitador antiesclavista Wendell Phillips, “una simple mercancía en espera de ser usada, como cualquier escoba”.


Al final, Liconln cumplió la mayoría de las esperanzas de los abolicionistas, tanto como se lo permitieron las circunstancias. “No pretendo haber controlado los eventos, sino que confieso plenamente que los eventos me controlaron”, admitió Lincoln en 1864.


Los conservadores que actualmente veneran a Ronald Reagan olvidan cuán frecuentemente los decepcionó, ya sea por aumentar los impuestos o por negociar con Mijaíl Gorbachov. “La decisiva elección de 1980 fue meramente un espejismo”, se preguntó en 1983 Irving Kristol, consternado porque “el gobierno chapucea en política exterior, en política social, en política económica”.


Haciendo a un lado esas quejas, Reagan logró aplacar a los seguidores de su movimiento la mayoría de las veces.


Otros dos presidentes, Lyndon B. Johnson y George W. Bush, llegaron a la Casa Blanca con la fama de ser hábiles políticos, pero después tomaron la insólita medida de subordinar los objetivos de política pragmática a los ideales de su movimiento; cosa por lo cual ellos y sus respectivos partidos pagaron un alto precio. Los programas de Johnson para la gran sociedad y la guerra contra la pobreza, aunque fueron populares en su tiempo, después alimentaron los resentimientos de los votantes blancos de clase trabajadora, que abandonaron al Partido Demócrata en los años 70 y 80.


Bush adoptó la visión militante de dos poderosos movimientos -- los neoconservadores y los evangélicos -- cuando decidió lanzar la guerra en Irak, que dañó a su presidencia de manera irremediable. Tanto Johnson como Bush sucumbieron al insólito poder de los movimientos que dominaron sus años en el cargo. Esto es comprensible, pues ambos gobernaron en una época en que los movimientos con los que se aliaron estaban en el apogeo de sus fuerzas.


Como el abolicionismo de hace siglo y medio, el movimiento por los derechos civiles de los años sesenta y el conservadurismo ideológico de este siglo contienen las pasiones políticas, económicas y culturales más intensas de sus respectivas épocas.


Y su historia tiene sorprendentes paralelismos. Los dos emergieron en los años cincuenta como vehículos de protesta, construidos sobre argumentos morales y a veces religiosos. El reverendo Dr. Martin Luther King Jr. y el reverendo Ralph Abernathy debieron gran parte de su autoridad al destacado lugar en su iglesia, como se refleja en la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur, la organización de derechos civiles que dirigieron.


Destacadas figuras en el movimiento conservador de la posguerra también presentaron sus argumentos en términos religiosos. Primero fueron católicos anticomunistas como William F. Buckley Jr., el senador Joseph R. McCarthy y el arzobispo Fulton J. Sheen; luego fueron los protestantes evangélicos como Jerry Falwell y Pat Robertson.


Ambos movimientos cosecharon sus mayores ganancias cuando canalizaron sus argumentos en la acción política. Los líderes de los derechos civiles promovieron demandas judiciales contra las leyes de segregación y cabildearon en apoyo de causas como derecho al voto y prácticas igualitarias de vivienda y de empleo.


Los conservadores también trabajaron diligentemente a través de canales legales y legislativos en una amplia gama de temas, desde la oración en las escuelas, el aborto y la posesión de armas hasta los ataques contra el matrimonio homosexual (tema en el que tuvieron su más reciente éxito la semana pasada).


Cada movimiento hizo más que alinearse con un partido. También desempeñó un papel importante para establecer las metas más generales del partido y moldear los valores de los miembros de base.


El movimiento por los derechos civiles ayudó a guiar al Partido Demócrata a través de una agenda de derechos igualitarios y justicia económica. Los militantes conservadores encabezaron las campañas insurgentes que transfirieron el poder dentro del partido de la Costa Este al sur y suroeste del país.


Una diferencia reveladora entre los candidatos en la elección de este año es su enfoque característico hacia los movimientos allegados a su partido. McCain dio la impresión de estar a merced de los conservadores contra los que había luchado tantos años, mientras que Obama controló las energías del movimiento por los derechos civiles que hizo posible su candidatura y logró equilibrar sus fines visionarios con sus medios pragmáticos.


Esta es una hazaña que quizá tenga que repetir más de una vez en los próximos cuatro años.

SAM TANENHAUS

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