Con aroma de Mohamed Alí, pero en ‘frasco chiquito’

El ‘campeón sin corona’ Bernardo Caraballo
lo consiguió todo, menos la corona que tuvo al alcance de sus puños y se le escapó en una noche bogotana

Fue el boxeador colombiano más popular de todos los tiempos. “De embolador a la gloria” se pudiera titular este artículo si no hubiera Bernardo Caraballo perdido el título ante Eder Jofre. Actualmente con 60 años, el Benny, como le llaman sus admiradores, se encuentra físicamente bien, y si no fuera por unas canas que aparecieron en su pelo, motraría la misma estampa de cuando fue el deportista más polémico y más querido por los colombianos.



Fui a ver a Caraballo a su casa y le dije simplemente habla todo lo que tú quieras, confiésame tu vida, y no le pongas freno a ningún pensamiento. A continuación leerán el resultado.



Soy hijo de un inspector de Bocachica en dos ocasiones, él se llamó Domingo Caraballo Guzmán, soy bacachiquero (Fuerte, balneario, a hora y media de Cartagena). Yo era de los muchachos que buceaban las monedas que tiraban los turistas al visitar el Castillo, como le llamaban al Fuerte. Se pudiera decir que era un buzo natural y así pasaban los días de mi niñez. Fui criado a base de pescado, patacón, bollo limpio y mucho deporte. Mi viejo tenía dos embarcaciones “La Cubita” y “La Sombra”. En el balneario hice el 3º de primaria, mi única instrucción, para esa época ni sombra de pensar en el boxeo.



Llegué a Cartagena en 1957 y en 1959 comencé a embolar en el Parque Centenario y en el Camellón de los Mártires; coincidencialmente también “embolaban” conmigo Kid Pambelé y los hermanos Cardona, palenqueros que ostentaron títulos mundiales de boxeo en las categorías Mosca y Gallo. Ya para esos tiempos yo era muy popular por mi caja de embolar que tenía el nombre de “El Venao”. A mí me decían así porque a toda hora estaba caminando muy rápido, además de que jugaba la “libertad” con mucha rapidez, este era un juego en que uno tenía que moverse con mucha agilidad y si no perdía, era una diversión sanísima.



Mi primer contacto con el boxeo fue a través de mi hermano Humberto que ya se destacaba en el amateurismo, dirigido por el entrenador chileno Julio Carvajal Salamanca. Los entrenamientos eran en la cancha de Manga, muy cerca de donde queda el Club de Pesca. Yo asistía a ver entrenar a mi hermano y allí conocí a un muchacho que estudiaba en la Salle y se volaba de su compromiso colegial para ver los entrenamientos; esa persona es el escritor de esta historia.



En una ocasión, Carvajal me dijo en broma que entrenara y le hice una calistenia, la que le agradó tanto, que me dijo que desde el lunes siguiente debería empezar a entrenar en serio. Y representé al departamento de Bolívar en boxeo aficionado, ganando títulos nacionales siempre invicto. Causó sensación la rapidez con que me movía en el ring y agotaba a los contendores, y a pesar de que era apenas un púgil amateur se empezó a hablar de mí con mucha insistencia entre los periódicos locales y nacionales.



Mi récord como aficionado fue de 35 peleas ganadas y una derrota, todo esto en dos años. De esos combates recuerdo que calcé guantes en el teatro de Turbaco con Daniel Ortiz, que era un fuerte peleador y le gané ampliamente. Otros contendores que perdieron conmigo fueron: “Costeñita Cárdenas”, “José, Pata de Palo”, “González, Expedito Duque” de Barranquilla, con quien me enfrenté en los Juegos Nacionales del 60 y gané por decisión unánime. La verdad es que yo no era boxeador ¡pero era como una centella! y los agotaba. El éxito mío fue tan rápido y tan contundente, que la carrera de mi hermano fue opacada, por lo arrollador de mis combates.



Salto al profesionalismo en 1961 contra José González en Barranquilla, en el Estadio Tomás Suri Salcedo, ganando por decisión, en 6 asaltos, y después vinieron una serie de triunfos interminables en todo el país, con Kid Peche (Alfonso Franco), el zurdo Valiente, quien era imbatible y ponía fuera de combate a todos los contendores en el primer round o en segundos. Conmigo le fue mal porque yo lo estudié, vi que si los rivales le pasaban del segundo round empezaba a cansarse. Y eso fue lo que hice. Simplemente lo bailé, lo agoté, lo dejé sin gas, y acabé con el mito.



Mi pelea con Angulito fue de toma y dame, era bastante aguerrido. Era pequeño pero rudo, le gané en 6 asaltos, en Barranquilla. A raíz de esa pelea con Angulito entre muchas que realicé, empieza a sonar la leyenda de Caraballo, y viene la cotización, las entrevistas y la fama. Mi popularidad aumentó tanto que para mí era un problema de orden público salir a la calle. Donde quiera que yo aparecía se convertía aquello en un pequeño tumulto. El solo nombre de mi persona en la cartelera, era éxito total de taquilla, tenían que poner el cartel: “No hay boletas”.



Y comenzaron a coquetearme los empresarios y apoderados, ya que mi nombre era puntual para que ganaran plata. Así llegó a mí vida el cubano Sócrates Cruz Buenaventura, de quien me dicen vive en Miami, ya casi con 80 años. Él creyó en mí desde el principio cuando me vio en Venezuela, pero esa historia es bueno relatarla con todos los detalles. Se hablaba de Ramoncito Arias a nivel mundial como el fenómeno del boxeo en América y otras latitudes. Asombraba con su calidad técnica. Era tan bueno que peleó dos veces por el título, aún cuando no logró ser campeón universal. Su fama era tal que Daniel Santos grabó una canción precipitada sobre su pelea con el Pascual Pérez donde lo daba como ganador y el cantante quedó en ridículo porque el venezolano perdió.



Lo cierto es que al periodista Igapé, cartagenero, se le dio por decir que sería bueno una “exhibición” –no pelea- en Cartagena entre Caraballo y Ramoncito. Cuando esta información salió, periodistas de diferentes partes dijeron que era una locura esa iniciativa, que Ramoncito me iba a matar, que era una confrontación desigual. El famoso en ese entonces Mike Forero Nougués, en El Espectador, fue el que más protestó. Pero, a pesar de esa ruidosa oposición llegó el día de la pelea en el estadio 11 de noviembre de Cartagena, no quedando una boleta disponible. Y lo que hice en el ring, fue pasear, darle una lección a Ramoncito, le puse la cara como un tomate con tanto jab, lo dejé mal parado, aquello parecía un milagro, la gente quieta y en silencio al principio, porque no se lo podían creer, pero pasó. Al día siguiente los periódicos venezolanos comenzaron a presentar excusas, que Ramoncito no se preparó, que fue exageración lo que dijeron del triunfo de Caraballo, que había sido una pelea folclórica que no tomó en serio el venezolano, y se habló de una revancha en Venezuela, pero esta pelea ya en serio, no “exhibición”. Y volví a ganarle ampliamente, y en esta ocasión en su propia casa, en el Nuevo Circo de Caracas. Los venezolanos no se lo podían creer, con esta victoria aparecí calificado en el 9º lugar en el ranking mundial.



Luego seguí ganándole a todo el que me traían o yo iba a donde ellos. Voy a tratar de reconstruir algunos combates que recuerdo: le gané a Mimún Ben Alí, de Maruecos; a Pascual Pérez de Argentina; a Memo Téllez, de México; a Piero Rollo, de Italia; a Ronny Jhon, de Estados Unidos; a Valentín Brown, de Panamá; a Killer Salomón, de Jamaica; a Baldemiro Pinto, del Brasil; a Miguel Herrera del Ecuador; a Lolo Menús, de Costa Rica; entre otros. Yo le ganaba a ellos en sus países y casi siempre por decisión unánime.



En este punto de mi vida ya empieza la fama a tener grandes dimensiones y fue así como Sócrates consiguió el combate con Eder Jofre en Bogotá, en 1964, que movilizó a toda Colombia y a centenares de extranjeros que vinieron a presenciarla. Los aviones venían repletos, parecía aquello una convención turística.



Sobre el resultado de esa pelea se han tejido muchos comentarios a través de los años, que es bueno que en este libro se diga la verdad, porque el único que la sabe soy yo. Se dijo por ejemplo que yo “parrandié” en días anteriores, que no tuve disciplina y por eso me faltaron las piernas y caí derrotado. Quiero decir lo siguiente: yo me concentré en Tunja y quizás eso influyó en el resultado. Mi visón que creo es la correcta, es que Jofre ganó porque me encontró sin facultades, porque me hicieron bajar 2 kilos el mismo día y eso me hizo fallar las piernas y el brasileño se aprovechó. También se dijo que Sócrates se vendió, esa idea trataron de metérmela en la cabeza pero nunca la creí.



Luego de ese fracaso para Colombia seguí peleando, hice numerosos combates para volver a ser escogido para pelear otro título mundial, en esta ocasión ante Masahiko ‘Fighting’ Harada y aquí lo que pasó fue que descaradamente me robaron la pelea. Los 3 jueces y los árbitros eran nipones, como quien dice “encerrona”. Eso lo saben los entendidos del box. Al volver a Cartagena seguí celebrando pelea tras pelea hasta llegar al combate que esperaba todo el país: ante “Mochila Herrera”, otro ídolo de la afición. Las opiniones estaban divididas. La pelea se celebró en el Coliseo Cubierto de Barranquilla en 1967, Pesamos 126. 5 grs. Pasó algo inusual, gané ese combate en el 4º round por la vía rápida, lo que no era mi fuerte.



Hasta 1974 seguí en la carrera, ganando peleas una tras otra y a los 32 años de edad ya comenzaba a sentir cansancio y tomé la decisión de retirarme y gracias a Dios no me quedaron en mi cara ni en mi cuerpo estragos de combates duros que lamentar, ni cicatrices. Tengo casi el mismo peso de cuando boxeaba y ya tengo 60 años. En mi no pasó la tragedia de otras figuras que al retirarse han quedado muy mal. Atribuyo este final feliz, a que como yo era muy rápido, los golpes de los contendores no llegaban a mi cara con contundencia.



En lo personal



Me refiero ahora a mi vida personal. Puedo decir con orgullo que me adelanté a los tiempos y lo que posteriormente realizaba con éxito Mohamed Alí ya yo lo practicaba. Yo subía al ring con 2 batas de piel de tigre, coleccionaba sombreros “Air Panamá”, mis camisas eran multicolores, tenía en los zapatos unas campanitas que cuando me movía sonaban y se prendían. Provocaba a los otros boxeadores en las ruedas de prensa, antes de lo combates y utilizaba el sentido de humor cuando me encontraba con los fanáticos.



Hubo etapas de mi vida en las que era muy amplio y generoso con todos los que se me acercaban; había lugares de diversión a los que solicitaba que cerraran únicamente para mí y mis acompañantes. A pesar de que en esa época no se ganaba las sumas de hora, aproveché y ayudé a mi familia, le regalé una casa a cada hermano y a mí querida madre Santos Rodríguez que se hizo tan famosa como yo, porque en cada combate le dedicaba las peleas, lo mismo que a mi mujer Zunilda y a mi hija Marelvis, actualmente de 40 años y el vivo retrato mío.



Por el mundo



Ahora quisiera hablar de los viajes que hice. Me llamó mucho la atención las filas interminables de personas caminando en Japón, en orden, como marchando, sin mirarse, como si estuvieran programadas. Parecían unas hormiguitas y sin producir traumatismo en la calles. También me llamó la atención la cantidad de arroz que comen allá, sin sal, sin manteca y sin adimentos.



En Filipinas se comen el huevo “empollado”, le dicen “Balop”, el huevo sale casi con el pollito, así se lo comen, no me gustó mucho. Disfruté de las playas de Hawai cuando fui a pelear con un asiático. La parte romántica la dejo en suspenso porque me considero un caballero, aunque claro que nunca fui mujeriego, era más la fama. En casi todos los desplazamientos iba con Zunilda, y doy fe de mi fidelidad. No fui tampoco tan tomador como dicen, aun cuando algunas veces celebraba a lo grande, cuando el triunfo me dejaba muy satisfecho.



No me quejo de los reconocimientos de Cartagena hacia mi persona. Afortunadamente tengo una pensión vitalicia de Colpuertos, no tan grande como la de algunos compañeros, tengo 2 casas y la enorme satisfacción de que un coliseo deportivo lleva mi nombre, pero son contadas las veces que he estado allí.



Tengo 15 hijos y 21 nietos casi todos vivimos en las 2 residencias que compré con lo que gané con Jofre y Haranda, una en $116.000 y otra en $114.000. Una de mis grandes satisfacciones es levantarme a las 4 p.m. para preparar 21 arepitas y 21 tintos para mis nietos antes de que se vayan para el trabajo o el colegio. Uno de mis hijos lleva mi nombre y quiso ser boxeador y realizó 18 peleas pero la madre frenó su carrera y así no continuó otro Caraballo.



A pesar de que han pasado muchos años encuentro gran reconocmiento de mis aficionados, quienes me brindan afecto y admiración. Fui entrenador de boxeo por un tiempo pero ahora me dedico a llevar una vida más suave. Me reúno con los aficionados y jubilados, veo televisión especialmente los noticieros, y todavía conservo las batas de tigres con las cuales salí en las dos peleas por el título. Voy poco al boxeo pero observando las nuevas figuras me llaman la atención algunos púgiles que seguramente en el futuro puedan tener la misma fama que tuvimos Pambelé y yo. Lamento eso sí, que el gobierno nacional no me haya incluido entre los deportistas que reciben actualmente una pensión vitalicia por loe honores que dieron a la patria, me discriminaron, no se por qué.



He sido una persona de muchos amigos, uno en especial quiero anotar en este libro, es el de mi compadre Óscar Castañeda, el Friki Friki, que me traje de Bogotá como mi ayudante. Era jockey de caballos y peluqueros. Vivía en Cartagena de saco oscuro y corbata, sudando a mares con los calores de la ciudad. Ahora está viviendo en Gaira, Santa Marta. Gran tipo. Quiero hacer un reconocimiento a dos personas que se portaron bien conmigo, Pacho Fernández Bustamante y Raymundo Vélez Botet, este último me consiguió trabajo en Puertos de Colombia.



Entre las muchas anécdotas que me ocurrieron hay una que quiero registrar aquí. Se trató del combate con Mimún Ben Alí, con la asistencia del Presidente de la República Guillermo León Valencia, el Ministro de Trabajo Belisario Betancur y el Ministro de Guerra Camacho Leyva. El periodista Fabio Poveda Márquez (q.e.p.d) me solicitó de que le dedicara la pela al presidente y cuando llegó el momento a mí se me olvidó el nombre de él y entonces se me ocurrió decir: “Esta pelea se la dedico… al man ese que… esta allí” –y lo señalé-. Por esas palabras me invitaron al día siguiente al Palacio de Nariño y me preguntaron el por qué del olvido y solamente dije: “Eso significa que era un hombre bueno”. ¡Todo un disparate!...



Otro pelea que recuerdo fue con Ramón Calatayud, en Cali, la gané. Con Jofre gané $125.000 que era una fortuna y por cada combate recibía entre $40 y $45.000 que era mucho dinero. Soy compadre del Rocky Valdez y de Pambelé, nos hemos bautizados hijos de parte y parte. Constantemente nos vemos.



También tengo otro compadre que ya se fue y quise mucho, como lo fue Meporto. Estuve en su entierro y en el de Fabio Poveda, este último llevó tanta gente como solo sucede cuando se mueren los artistas.



A mí mujer Zunilda Contreras la enamoré cuando yo era embolador y ella pasaba por el parque Centenario con una bolsita de comida y yo la acompañaba como protección cuando tenía que cruzar todas las tarde el puente del temido barrio Chambacú. Ella se hizo famosa cuando me hacía señas de que me parara cuando Jofre me tumbó, pero yo le dije que las piernas no me daban para continuar. Todo por señas…



Ya llevamos 40 años de casados y somos muy felices. Es la mujer de mi vida. Los nietos se llaman entre otros: ‘El Chino’, ‘Pepín’, Jorge, hay como 5 que llevan como segundo nombre el Bernardo y una mujer Bernarda, además del Bernardo viejo y de mi hijo Bernardo. Bernardo por todos lados. Una mención para el empresario Filemón Cañate Bernet que tanto hizo por el boxeo colombiano. Sólo no quise volver a pelear con un chino de nombre indescifrable. Ese fue el único que me golpeó tan fuerte que me dejó maltrechos hasta los brazos. Pasé por alto la revancha. Se que Ramoncito Arias está gordísimo y trabaja o trabajó de policía de carreteras en Venezuela.



Cuando viajábamos al extranjero Zunilda llevaba una estufita para prepararme las comidas, ella pensaba que podían envenenarme. Y a veces le metíamos miedo a los contendores hablando de maleficios, velas y conjuros. Cuando peleé con Jofre, en la concentración pasaba jugando con mi hija Marelvis que tenía en ese entonces 3 años. Antes de las peleas Zunilda no aceptaba que nos visitaran en la casa y prácticamente me escondía, era una forma de protección.



Ahora veo a miles de niños con su balón de fútbol, al contrario de aquellos años en que los chiquillos soñaban ser como Caraballo.



Finalmente, creo que puedo decir sin exagerar que el boxeo en Colombia se dividió en antes de Caraballo y luego de su retiro.



Y le dejo al lector la respuesta de quien fue más grande: ¿Cochise, Pambelé o Caraballo?... Que cada quien haga su propia conclusión.




Edgar García Ochoa
flashedgar@hotmail.com

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