Con el perdón de todos, pero… la reina del bolero ¡es Omara Portuondo!

Conocí a Omara Portuondo en el Hotel Riviera de la ciudad de La Habana. Mi primera impresión fue que estaba frente a una artista real, sin poses, diferente a como son las otras figuras. Extremadamente sencilla, descomplicada, mas bien callada. Hablaba lo necesario, como si no le interesara que supieran mucho de ella... su personalidad estaba por encima de cualquier concepto.



Siempre se le ve junto a su hijo Ariel, tomados de la mano, es su protector y representante en negocios, no lo deja solo un minuto. “Es mi apoyo y confidente, sin él me siento incompleta”. Me lo dice cortante.



Aunque no tenía la aureola que después le sobraría con lo de Buena Vista, Omara Portuondo ya tenía un nombre ganado en la cartelera de boleros y sones del universo musical. Había viajado por Europa y Suramérica sin agrandarse. Sabe manejar la fama, por eso el público le respeta y admira, de tal forma que se nota más de lo normal en el saludo reverente de la calle.



Su madre —muy joven— le definió con una frase lo que sería su vida: “Vas a ser muy famosa, viajarás por todo el mundo, representando tu país como artista”. Y así fue, porque durante 50 años no ha hecho otra cosa sino viajar y cantar por varios continentes. Su madre, que provino de “buena familia” habanera, sirvió de comidilla durante un buen rato, cuando por encima de todo pronóstico se casó con un pelotero negro de la selección de su país y produjo una sentida pérdida de linaje en las aspiraciones de su familia, por alcanzar un mayor estatus social. De allí provengo, dice Omara sonriendo: “Soy fruto del amor, un amor de verdad, sin límites, por eso me siento libre y ajena a toda barrera social”.



Y así transcurrió su vida en Cayo Hueso, popular barrio Habanero en donde nació y dio rienda suelta a su talento. Este sector sobresalió por ser sede de movimientos musicales que trascendieron en el pentagrama cubano, como en el caso del Filin. Por eso Omara adquirió todos los fundamentos estéticos del canto desde muy niña y por herencia paterna conoció personalmente los cultores del bolero tradicional: Sindo Garay y Eliseo Grenet, quienes le marcaron una ruta a seguir en los caminos del canto alegre y romántico.



Primera charla...



Después de las primeras charlas convinimos en una conversación más amena e informal que nos llevaría a invitarla formalmente al primer Festival Internacional del Bolero en Barranquilla. Era una quijotada hacerlo, pero lo hicimos y después, ocho eventos seguidos. Sin un peso, tocando puertas por todas partes y visitando amigos. Encontramos siempre apoyo y el cariño por un ritmo que había casi que desaparecido de la ciudad, por ser como somos... de mala memoria.



Con Omara viajaron Anaís Abreu y Mundito González y la Universidad Autónoma del Caribe, con su Teatro, se engalanaron para recibir a los ilustres visitantes de Cuba y otros solistas del Ecuador, Argentina, USA., más nuestros puros criollos.



Tiempo después, saboreando las mieles de sus nuevos triunfos, la llamé por teléfono y me decía muy cordial que recordaba la ciudad, mi familia y nos agradecía la invitación que paradójicamente coincidió con la gestación del proyecto de Juan de Marcos y que avalara el guitarrista estadounidense Ry Cooder “Buena Vista Social Club”. Club para mantenerlo vivo y ojala quiera Dios por largos años.



Más personal



Después de hacernos amigos, descubrí su bondad y generosidad sin límites. Nadie sabe —ni jamás sabrá— el monto de sus honorarios para ir al Festival, que ni cerca estuvo de lo que realmente percibe. Simplemente para ella significó “tengo que estar ahí... es una causa por mantener el bolero y debo apoyarlo... así lo siento”. Igual sucedió con César Portillo de la Luz, son gente de principios y más nada.



“Nací en La Habana en 1930, pleno furor del bolero tradicional, en el seno de una familia sana y de buenos principios. Me han bautizado como “La novia del Filin”, “la Edith Piaff cubana” y como si fuera poco la “Billie Holliday del trópico”, pero ¡que va!, soy simplemente una mulatita cubana a quien desde niña siempre le gustó la música, fue un regalo de la naturaleza”.



Su voz electriza, es más que sensual. Lo juro, para mí es la más destacada cantante cubana de los últimos años... con el perdón de muchas figuras. Lo confirma su agenda anual y los sellos en su pasaporte: París, Estocolmo, Hong Kong, Macao, Pekín, Shangai, Japón, Singapur y Seúl, en el 2005.



Para este año la esperan en Colombia, México, Suiza, España, Italia, Gran Bretaña y Alemania y para su cumpleaños 76, en el mes de Octubre, estará en Hungría. En cada concierto religiosamente canta “Veinte Años” y “Lo que me queda por vivir”. No son cábalas, es preferencia de sentimiento por esos poemas.



“Yo comencé mi carrera no como cantante, sino de bailarina en el Cabaret Tropicana y eso fue en el 45 y sólo hasta el año 1952 ingresé en un proyecto del cuarteto Las D'Aida, con mi hermana Aydé, Moraima Secada y Elena Burke... gustamos bastante y pienso que fue cuando alcancé cierta fama en el ambiente musical, no era fácil... habían buenas cantantes, pero lo hicimos con disciplina y constancia. Ahí duré un largo rato y más tarde incursioné como solista. Llegué a grabar con Nat King Cole, que para la época, figúrate chico, fue un suceso”...



Aclaraciones



Cuando Omara llega a Buena Vista fue un reconocimiento más a su talento y profesionalismo y le sirvió para ser ovacionada en el mundo entero. El disco que produjo Cooder vendió más de un millón de copias y obtuvo un premio Grammy.



Orlando Matos, periodista especializado y de cabecera del fenómeno Buena Vista Social Club opina que: “Omara jamás estuvo olvidada ni relegada. Le faltó la vitrina permanente de otros países que manejan los medios a nivel mundial, pero afortunadamente, y en esto se trabajó estratégicamente, el público la respaldó y se convirtió en lo que hoy es, una estrella en todo el sentido de la palabra”.



Ha grabado tres discos en seguidilla que sostienen lo anterior: “Buena Vista presents Omara Portuondo” (2000), “Dos Gardenias” (2001) y “Flor de Amor” (2004) y ha participado como invitada en más de 15 grabaciones.



Para lo que queda de este año 2006 su agenda está copada. Los mejores escenarios del espectáculo la quieren tener firmada y como en el caso de sus compañeros desaparecidos: Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Rubén González, el buen dinero les llego tarde.



Hace algunos días, cuando decidí hacer esta crónica, la vi en un programa especial de la televisión francesa tan fresca y tranquila como el día que la conocí afirmando: “Estoy muy contenta y feliz de que todavía tengo fuerza para seguir cantando boleros y sones a quienes les gustan y lo bailan... la verdad es que solo deseo seguir siendo un símbolo de la música que nunca pasa de moda”.



Erasmo Padilla Ramírez

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