Cosas y casos de junioristas


Los vecinos sabían de antemano que Helena estaba malhumorada en el patio. Dos hijueputazos bien entonados, como los había aprendido a pronunciar en el barrio de estrato bajo de su niñez en las postrimerías de la ciudad, constituían la mejor seña para entender que nadie podía acercarse con palabras desatinadas a la septuagenaria. La fanática más apasionada del Junior de Barranquilla.



El perro de ‘raza callejera’, de legañas que nunca se extinguían con el polvillo blanco que ella aplicaba en los ojos del canino, se escondía en su rincón preferido cada vez que la mujer entraba en estado de cólera por el marcador adverso a su equipo del alma. Darle la cara en esos momentos era tanto como exponerte a un ‘puñetazo verbal’, matizado con las palabrejas más insultantes del vocabulario soez del Caribe colombiano.



En vacaciones era feliz en el patio inmenso de la casa de Helena. Los mangos del frondoso árbol parecían manzanas. De hecho, la viejita enclenque afirmaba que sus mangos no eran mangos: “Hijueputa, ya no te dije que son manzanas”. Y como en “pico cerrado no entran moscas”, daba mejores resultados callar. Y, por supuesto, comer los mangos pensando que degustaba jugosas manzanas cultivadas en el tórrido clima de la capital del Atlántico.



La ‘manzana de la discordia’ diaria iniciaba a eso de las diez de la mañana. A lo lejos podía ver al hombre de cuello largo y flaco, fusión de ser enjuto y elementos de limpieza –ya parte de su humanidad que vendía recorriendo las calles polvorientas de la urbe. Dos cuadras antes de la casa de Helena, se acercaba disputando criterios con personas ocasionales que le reprochaban su fanatismo por el América de Cali. Bueno, no lo hacían como acabo de escribirlo; imaginen las ‘palabritas’ que lanzaban al humilde vendedor callejero.



El momento ‘cumbre’ acaecía en predios de la añeja juniorista. Aún no había pisado la terraza de la casa de Helena cuando ésta, sin el mínimo decoro, estregaba en cara del contradictor ocasional los más recientes eventos de la fecha futbolera. Pero el hombre no era presa fácil. Se defendía con argumentos; conocía de fútbol.

El ‘rifirrafe’ era fenomenal, candente, a tal extremo que hasta locutores como Édgar Perea (aquel que dice: “Junior es tu papá…”), terminaban despedazados y sus carnes expuestas a los goleros (chulos) en medio de la calle 65 del céntrico barrio Boston.



Ambos, hombre de piel rojiza y mujer con arrugas incluso en las uñas, eran el centro de atención por espacio de más de media hora. Decenas de personas del sector (y no exagero un ápice) se constituían en espectadores pasivos y escasamente activos de la controversia. El furibundo hincha del América habitualmente salía derrotado y, además, abucheado por la multitud que, como yo, esperaba la hora del choque entre aquellos dos.



Cierto día Helena se dejó vencer por la vida y ‘colgó los guayos’. El vendedor de escobas y traperos estuvo en las honras fúnebres. Lo vi llorar como quien despide a su madre en la última morada. En ese instante doloroso, nadie le recriminó su pasión por el equipo de la Sultana del Valle.



Al final de las exequias, el hombre cargó los implementos que vendía entre sollozos. Todos lo vimos partir y nunca más volver. Alguien (cualquiera en la pintoresca Barranquilla de chismes y calumnias) dijo meses después que el hombre se convirtió en mujer –dadas sus finas facciones y, para colmo de males, dejó de seguir al América de Cali y hoy es acérrimo fanático del Junior de Barranquilla. ¡Increíble que haya cambiado de equipo!


Daniel Castro Peñaloza
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