Cuando la ciencia ficción se transforma en política

El desaparecido escritor de Jurassic Park y otras obras, Michael Crichton, abordó algunos temas controversiales, a sabiendas de que irritaría a muchos lectores

La reacción inmediata de los lectores al enterarse de que Michael Crichton había muerto el martes seguramente fue de tristeza. Habían perdido a un escritor visionario cuya imaginación y ambición desbordadas, por no hablar de la venta de sus libros, eran demasiado grandes para la estantería de ficción barata.


Para algunos admiradores, sin embargo, el dolor se mezcló con la decepción. Para ellos, el autor de “State of Fear” y “Next”, las dos últimas novelas publicadas por Crichton, no era el mismo pronosticador sin par de “The Andromeda Strain” y “Jurassic Park”.


Lo que ellos esperaban de Crichton era que cumpliera el entendimiento tácito que existe entre el lector y el escritor de ficción especulativa: el lector suspende su incredulidad en tanto el escritor empiece con hechos científicos básicos, antes de tejer la trama de ficción. Pero con estas dos últimas novelas, los lectores concluyeron que Crichton había violado ese pacto con sus advertencias sobre futuros peligrosos.


“State of Fear”, en 2004, es una novela de suspenso sobre aliados improbables (en la que hay un abogado ambientalista y un investigador convertido en agente encubierto) que descubren a un grupo ecoterrorista que provoca desastres naturales para exagerar los efectos del calentamiento global. Pero también es una plataforma para que Crichton descarte las preocupaciones científicas por el cambio climático.


Crichton incluyó al pie de página de su novela muchas referencias a una selección de datos reales - el índice de elevación del nivel del mar, frecuencia de huracanes - así como bibliografía y comentarios directos al lector (“la gente en 2100 será mucha más rica que nosotros”, por ejemplo). Todo esto presenta una tesis: que el calentamiento global no es tan drástico como dice la comunidad científica, que no se ha demostrado que haya sido causado por el hombre y que el debate al respecto se ha politizado demasiado. Este argumento le valió a Crichton invitaciones a visitar la Casa Blanca de Bush y para rendir testimonio ante el senado. También suscitó duros juicios de grupos de investigación y políticas, que lo acusaron de mal interpretar o de haber empleado mal los datos, además de haber politizado aun más el debate.


La siguiente novela de Crichton, “Next”, de 2006, fue más sutil. Al imaginar un mundo en el que la ingeniería genética puede crear aberraciones como loros que conversan y monos que van a la universidad, ofrece una tesis al parecer incontrovertible: que la ciencia genética ha evolucionado tan rápido que las normas legales y éticas no pueden llevarle el paso.


Pero “Next” también altera el registro de los hechos. Una línea dramática parece estar basada en la historia real de John Moore, paciente de leucemia que en 1990 demandó a su médico por patentar una línea de células creada a partir de tejido extraído de su cuerpo. Un tribunal determinó que el tejido dejó de ser propiedad de Moore en cuanto le fue extraído. Pero Crichton reconfiguró la historia, sugiriendo que las compañías que tienen patentes de las células pueden extraer más tejido del paciente -- o de sus descendientes -- siempre que lo necesiten y sin autorización del individuo afectado.


En cierto sentido, lo que hizo Crichton en esas dos novelas no es diferente del enfoque al que aspiran todos los escritores de ficción especulativa: empezar con un elemento de verdad establecida, adornarlo y entretener al mismo tiempo que se ilustra. Cuando H.G. Wells escribió “La guerra de los mundos”, en realidad no temía una invasión marciana; él estaba reflexionando en las crecientes tensiones que había en Europa y que efectivamente culminaron en la primera guerra mundial. Lo que Crichton y otros grandes escritores de ciencia ficción comparten es la fascinación por una narrativa que represente el punto en el que la capacidad de crear nuevas tecnologías socava la capacidad de prever las consecuencias.


Lo que perturbó a algunos con “State of Fear” y “Next” no es la postura política de Crichton, sino su táctica. Para los lectores que confían en el intelecto y reputación del escritor, no hay forma de saber qué fue lo que él omitió. El parece transmitir certidumbre sobre hechos que están en disputa. Sus exageraciones anteriores fueron tan grandes que era evidente que estaba exagerando. Así que ahora no habría razón para dudar de lo que presenta como verdad.


Ciertamente, Crichton abordó algunos temas profundamente controvertidos, a sabiendas de que irritaría a muchos lectores. Al hacerlo, él también corrió el riesgo de que los eventos de un futuro no muy distante desmientan sus visiones; no en forma drástica, pero sí lo suficiente para mostrarle a los lectores la diferencia entre augurios y defensoría. Habrá que esperar.

DAVE ITZKOFF

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