Cuando la madre patria le dice al más díscolo de sus hijos ¡cállate!

Entre España y Latinoamérica ha existido desde siempre una relación ambivalente que es demasiado sensible y hasta inestable

Aun cuando lograron su independencia hace más de un siglo, las naciones de habla hispana de Latinoamérica a menudo miran a España como un punto de referencia. En ocasiones la madre patria es motivo de frustración, a veces es un apoyo, en ocasiones un espejo, para lo que se desarrolla en este lado del Atlántico.


En las últimas semanas, España evidentemente ha sido proyectada como un saco de golpeo para los izquierdistas de Latinoamérica y un bastión de valor para sus moderados, después de un encuentro falto de respeto en el cual un rey de España se sintió ofendido por las declaraciones de un presidente venezolano y le dijo, muy públicamente: “¿Por qué no te callas?”


El fuerte regaño rápidamente tomó vida propia. La pregunta abrupta del Rey Juan Carlos instantáneamente se convirtió en el lema de campaña del día para los enemigos del Presidente Hugo Chávez. Se repitió en breves videos en YouTube en todas partes, sonaron en teléfonos celulares en España y Venezuela, y aparecieron en playeras en todo Caracas.


En el alboroto, el contexto del intercambio en gran medida fue pasado por alto: Además de un espectáculo épico, la ópera cómica ofreció un terrible vistazo de las interminablemente complicadas relaciones entre España y sus ex colonias.


Primero, lo que sucedió: Aprovechando un momento en que el rey había regresado de una polémica gira por pequeños enclaves españoles cerca de Marruecos, Chávez utilizó una cumbre en Chile de líderes latinoamericanos e ibéricos para mofarse de los españoles aplicando la palabra “fascista” a un ex presidente derechista del gobierno español que ni siquiera estaba presente.


Siguió el reproche del rey y luego amenazas de Chávez de revisar las inversiones españolas en Venezuela. Antes de que terminara, el presidente de Nicaragua e incluso Fidel Castro habían intervenido en defensa de Chávez con alusiones al colonialismo económico español y antiguas quejas raciales.


Hay una historia detrás de todo esto. En los años 80, cuando España y gran parte de Latinoamérica estaban saliendo del régimen autoritario, España era una especie de modelo conforme dejaba atrás la prolongada dictadura del general Francisco Franco. En 1981, los izquierdistas en toda la región aplaudieron al rey Juan Carlos después de que ayudó a frustrar un intento de golpe de estado reaccionario en su país.


En los años 90, la relación cambió. Los países latinoamericanos escasos de fondos estaban privatizando empresas estatales y ofreciéndolas en venta. Los españoles se apoderaron de bancos, empresas de electricidad, compañías telefónicas y concesiones de carreteras. Los latinoamericanos le llamaron “la reconquista”.


Ahora, la migración global agrava los resentimientos. España atrae a cientos de miles de inmigrantes, en gran medida de los países andinos, y muchos se quejan de tratamiento xenofóbico. El mes pasado, una golpiza de una inmigrante ecuatoriana adolescente en un tren en Barcelona fue captada en video, y provocó indignación en todos los Andes.


Mientras tanto, la inversión de España en la región se ha desacelerado de manera drástica, un resultado de un aumento en el comercio dentro de la región, nueva inversión de China e India y quejas contra algunas compañías españolas. Por ello se ha vuelto fácil que un populista gane puntos entre los votantes pobres criticando a España.


La reprimenda en la cumbre ofreció un buen ejemplo. Cuando Daniel Ortega, el ex líder rebelde marxista que ahora es presidente de Nicaragua, tomó el micrófono para defender a Chávez, también denunció a una empresa de servicio público española con un virtual monopolio en la distribución de la electricidad en Nicaragua.


Castro, desde su retiro en Cuba, enmarcó el episodio como el “Waterloo ideológico” de la monarquía española. Él, hijo de un inmigrante español y una mujer cubana, planteó viejos problemas raciales al invocar su ancestral conexión con los tainos, los habitantes precolombinos de Cuba. “Tengo sangre taina, canaria y céltica y quién sabe qué más”, escribió en un ensayo publicado la semana pasada en el periódico vocero de su gobierno, Granma.


En su ataque contra el presidente del gobierno español ausente, Chávez empleó una rara y arraigada tradición venezolana que aún consterna a partes más caballerosas de Latinoamérica y la península ibérica: el insulto político.


La tradición “ha sido parte de nuestra cultura desde los primeros días de la independencia, cuando insultar la virilidad del rival político era la norma”, dijo Francisco Javier Pérez, autor de “El Insulto en Venezuela”. Chávez lo ha usado contra el presidente de Estados Unidos George W. Bush, Tony Blair de Gran Bretaña, Vicente Fox de México y Alejandro Toledo y Alan García de Perú.


Chávez ha superado a todos ellos en el tiempo en el poder, excepto a Bush, y también a él pudiera superarlo. La confrontación de Santiago ocurrió apenas semanas antes de un referendo programado para el 2 de diciembre, el cual Chávez espera le permita postularse para un número indefinido de periodos en el poder. Sus críticos dicen que el incidente pudiera haber sido una distracción en vísperas del referendo, pero quizá no termine de esa manera.


Hay ahora unos 300,000 españoles en Venezuela, muchos de los cuales se mudaron aquí en busca de oportunidades antes de que la economía de España despegara en los años 90; muchos de ellos están poco encantados con los insultos a España.


La afluencia, de hecho, ha fortalecido los lazos entre Venezuela y España, y se reflejan aquí en la cocina, la música, el comercio, incluso las novelas. Un libro publicado este año, “La Caraqueña del Maní”, del escritor español José Luis Muñoz, captura la complejidad. La protagonista es un exiliado vasco que busca una nueva vida en medio del demimonde aquí de bares de salsa y restaurantes ibéricos.


Durante una comida con vino Txakoli y queso Idiazabal, resume cómo al Nuevo Mundo, pese a sus ocasionales estallidos contra España, aun le fascina el Viejo Mundo. “Venezuela es un país amistoso”, dice Muñoz, “y si uno tiene la suerte de no quedar atrapado en medio de un tiroteo, bueno, es casi el paraíso”.


SIMON ROMERO
CARACAS, Venezuela

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