¡Cuánto mala leche suelto!


¡Hay que ver cómo pululan los mala leche en este mundo! El domingo vi en la señal de Caracol Internacional el programa ‘Séptimo Día’ y agarré una piedra doble que todavía me dura. Hoy es miércoles.

Uno de los casos tiene que ver con una pareja que a los 3 o 4 años de casados decide tener un hijo y tras algunos intentos ella queda embarazada, lo cual los llena de una gran alegría y los siguientes meses disfrutan con la ilusión y el anhelo de tener al bebé a su lado lo más pronto posible para completar el cuadro familiar. Algo de lo más normal. El drama vendría después.

La joven iba a sus chequeos de rutina a una clínica asignada por la EPS que la aseguraba, donde siempre le decían que todo estaba bien, sin embargo, al quinto mes, ella decidió ir a una consulta privada para que le hicieran una ecografía más completa, de esas que le entregan a los padres hasta una película del bebé que viene en camino. Y allí comenzó el calvario de esa pareja. La operaria le dijo que su hijo venía con problemas. Que presentaba ciertas malformaciones. Su columna estaba por fuera de la espalda y el tamaño de la cabeza indicaba una posible hidrocefalia. Entraron en pánico. ¿Cómo así? Nunca les habían dicho nada los de la clínica.

Hicieron consultas con especialistas y los pronósticos antes que mejorar, empeoraron. Su hija —ya les habían dicho que era una niña— nacería con problemas insuperables y no podría valerse por sí misma, con expectativas de vida muy cortas. Fue entonces cuando tomaron la radical decisión de abortar. Querían evitarle a su hija toda una vida de sufrimientos, pero no sabían lo que les esperaba. La EPS empezó a ponerles obstáculos, a pesar que cumplían con uno de los tres motivos que permite la ley colombiana para aceptar abortos. De dos clínicas los rechazaron por la orientación religiosa de una directora y porque a criterio de un médico esa bebé podría tener calidad de vida.

Total, no pudieron lograrlo y hoy su hija requiere atención las 24 horas del día, vive de crisis en crisis, de hospital en hospital, con tubos, drenajes, catéteres, intervenciones médicas y medicinas de todo tipo. Ella dejó de trabajar y los dos se tienen que turnar para no separarse por mucho tiempo de su lado y todavía el doctor aquel le reiteró a la periodista que aun así esa niña podría tener calidad de vida. Al director de la EPS le preguntaron si él tendría un hijo sabiendo esas condiciones y... ¡no dijo un carajo!

¿Y, saben quién es el máximo responsable de situaciones como esta? ¡El procurador Alejandro Ordóñez! Un inquisidor —el mayor de Colombia—, que manda a quemar en la hoguera a cualquier mujer que decida abortar o a cualquier médico que practique un aborto, sin respetar siquiera las excepciones permitidas por la ley, porque no están a tono con sus creencias religiosas, las cuales rondan por los terrenos del opus dei.

(Se me acabó el espacio, después les cuento del otro)
Alfredo Mantilla
director@elcolombiano.net

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