¿Cuántos?


Veo la foto de los obispos, arzobispos, cardenales y grandes cacaos de la iglesia católica reunidos en su sede central del Vaticano y no puedo menos que pensar en cuántos de ellos tendrán esqueletos de todo tipo en sus cerrados escaparates, cuántos guardarán celosamente el estigma de la pederastia, cuántos ocultarán su inclinación homosexual, cuántos de esos prelados tendrán en sus baúles fotos de mujeres e hijos, cuántos en verdad cumplirán con los preceptos establecidos por su dogma. ¿Cuántos?

Ese sínodo sobre la familia, que ha dedicado buena parte de sus debates al análisis del papel de los homosexuales y de los divorciados en la iglesia católica, debería primero hacer una reflexión profunda sobre el papel de muchos de ellos en la sociedad actual. ¿Cómo es que se esconden tantos pervertidos en sus filas? ¿Por qué se rasgan las sotanas cuando tratan el tema de los homosexuales que abrazan la fe católica, pero no se espantan ante tanto abusador de menores que se esconde en sus filas?

Y no me vayan a decir que en toda una vida de compartir, de reuniones, de seminarios, de confesiones, no han llegado a saber sobre las muchas desviaciones de tantas ovejas negras, porque eso es prácticamente imposible. Ayer nada más estaba viendo las fotos del sacerdote irlandés de los Legionarios de Cristo, John Joseph O’Reill, quien fue condenado por un tribunal chileno por abusar reiteradamente de una menor que estudiaba en un colegio regentado por su congregación y me preguntaba ¿cómo podía mantener ese semblante tan sereno en el juicio, habiendo dañado de la manera en que lo hizo la vida de una joven inocente? No me lo explico.

Como no me explico cómo sale un nutrido grupo de los participantes del sínodo a ondear banderas en defensa del matrimonio, pero solamente del que ellos consagran, rechazando hasta con furia la posibilidad de darle la bendición al de personas del mismo sexo. Ni los aceptan casados, ni los quieren como fieles de la iglesia. Esa gente no madura.

Por allí salió un prelado mexicano a decir que si aceptaban hoy el matrimonio gai, “mañana vendría un señor a casarse con un perrito”. ¡Qué mentes tan retorcidas!
Alfredo Mantilla
editor@elcolombiano.net

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