Cuba y la República Bolivariana de Venezuela: la pareja dispareja

Entre más de acercan se vuelve evidente cuán diferentes son los dos países

Una vez que cae la noche en esta ciudad, sus vastas barriadas en las laderas adquieren un tinte azul. El color proviene de nueva iluminación fluorescente en las casuchas de bloques de cemento, de las cuales hace sólo unas semanas emanaba un amarillo incandescente. Eso fue antes de que miles de cubanos recorrieran este país rico en petróleo para enseñar a los venezolanos una o dos cosas sobre la conservación de la energía.


La campaña, para instalar bombillas de luz eficientes gratuitos en millones de hogares, es el producto más reciente del acercamiento del Presidente Hugo Chávez con Cuba y su patriarca revolucionario, Fidel Castro. Pero también revela cuán dispar podría ser este país inundado de petróleo como socio revolucionario de la sociedad mucho más pobre que Castro transformó hace 50 años.


Venezuela tiene petróleo de sobra y envía a Cuba casi 100 mil barriles subsidiados del mismo cada día. También planea enviar a 100 mil venezolanos pobres a Cuba en vacaciones con todo pagado.


¿Pero qué pueden hacer los cubanos por Hugo Chávez?


Evidentemente, pueden servir como modelos revolucionarios, pero no en la forma heroica en que lo hicieron en los años 60, cuando Venezuela tenía el tipo de democracia moderada a la que los guerrilleros cubanos trataron en secreto de ayudar a derrocar.


En estos días, con Chávez como un muy valioso aliado, a los cubanos se les deja ayudar en asuntos de asesoría militar, ofrecer lecciones sobre cómo poner en práctica un plan de estudios de inspiración socialista, y realizar proyectos que promueven el intercambio humano, como instalar algunos millones de bombillas de luz y ofrecer asistencia médica en barriadas de Caracas.


Un problema, sin embargo, es que el intercambio en ocasiones es demasaido revelador. Hace unas semanas, tres cubanos que llevaban bolsas de bombillas de luz se aparecieron en la casa de un reportero aquí, y entre más hablaban de sus experiencias en Venezuela, más se volvía evidente cuán diferentes eran los dos países.


Una estudiante de tercer año de sicología llamada Yunia Hernández Suárez, de la ciudad cubana central de Camaguey, relató lo que era aventurarse en las barriadas urbanas pobres en Venezuela.


En la ciudad costera de Puerto La Cruz, se quejó, ladrones armados les robaron a ella y sus colegas su dinero, relojes, bombillas de luz, todo.


“Lloré ese día”, dijo. “La violencia aquí me asusta mucho”.


Esa criminalidad violenta es menos frecuente bajo el rígido control del régimen de Castro. Venezuela, en contraste, tiene una de las tasas de muertes por armas de fuego más altas del mundo, y este sigue siendo un tema tabú, del que rara vez hablan en público altos funcionarios del gobierno de Chávez. (El hizo una excepción durante la campaña presidencial del año pasado cuando condenó el asesinato de un médico cubano, uno de miles de trabajadores médicos enviados a Venezuela por Castro a cambio de petróleo).


Y la violencia quizá no sea el mayor desafío que enfrentan los cubanos. No obstante los muchos pobres que hay en las barriadas de Caracas, Venezuela sigue siendo un país rico en recursos donde los ricos y pobres aún sacan su inspiración más de Miami que de La Habana. El ahorro de energía es una de las últimas cosas en su mente.


Los precios de la gasolina de Venezuela, de hecho, están entre los más bajos del mundo, unos 12 centavos de dólar por galón, como resultado de un subsidio para los dueños de autos que se estima cuesta al estado 9,000 millones de dólares anuales.


Sería difícil para Chávez hacer mella en esta generosidad. Pocos venezolanos se sintieron consternados el mes pasado cuando uno de sus aliados claves, el gobernador Luis Acosta Carlez, del estado de Carabobo, defendió públicamente el derecho de los “revolucionarios” venezolanos a tener una Hummer, un vehículo cada vez más popular en una economía que ha estado creciendo 10 por ciento anualmente como resultado de los altos precios internacionales del petróleo.


“Si ganamos dinero, podemos hacerlo”, dijo Acosta.


Subsidios adicionales al gas natural y la electricidad alientan efectivamente el consumo, permitiendo a Venezuela superar fácilmente a otros importantes países latinoamericanos como Brasil y Argentina en el uso de energía per cápita.


Quizá eso explica por qué fueron miles de cubanos, no de venezolanos, quienes se enlistaron para instalar nuevas bombillas en todo el país. O quizá fue que las bombillas mismas tenían un caché revolucionario. Fabricantes venezolanos, que han sido obstaculizados por controles de precios y monetarios, no los suministraron. Lo hizo Vietnam.


Vietnam, por otra parte, ya no es el modelo comunista que alguna vez fue; en los últimos años, ha adoptado políticas económicas que dan la bienvenida a la inversión extranjera, en contraste con el creciente control de Chávez sobre la economía. Y esas ironías no pasan inadvertidas para algunos científicos políticos aquí que dicen que si se les examina de cerca, las políticas de Chávez realmente deben poco a Castro.


En vez de ello, dicen, su marca de populismo militarista se asemeja más al gobierno militar izquierdista del general Juan Velasco, un soldado de carrera y orador encendido que gobernó a Perú de 1968 a 1975.


Chávez, de 52 años, visitó Perú siendo un soldado joven y admiró el experimento de Velasco, un gobierno que nacionalizó las haciendas ganaderas, los bancos y los campos petroleros. Las políticas inicialmente obtuvieron apoyo popular, pero finalmente dejaron a Perú con una alta inflación y una escasez de productos básicos. Un incruento golpe de estado derrocó al general en 1975, y quedó como un personaje oscuro, en el mejor de los casos, en los anales del populismo.


Así que no existen murales en Caracas que muestren a Velasco hoy. Más bien, imágenes del Che Guevara y de Castro son lo que uno ve junto a las de Chávez en los muros de la ciudad; iluminadas, en estas noches, por el extraño brillo azul de las luces revolucionarias ahorradoras de energía procedentes de Vietnam y los faros de los enormes vehículos consumidores de gasolina importados de Estados Unidos.


SIMON ROMERO
CARACAS, Venezuela

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