Damien Hirst busca “reconocimiento” con su regreso a los pinceles



Damien Hirst, el "enfant terrible" del arte británico, conocido por sus animales en formol y mosaicos de mariposas disecadas, busca "reconocimiento" y "aprobación" con su sorprendente regreso a la pintura, según el comisario de su nueva exposición en la londinense Wallace Collection.


En este pequeño museo nacional, que aloja verdaderas obras maestras de la pintura europea clásica -coleccionadas en los siglos XVIII y XIX por la familia Wallace-, se exhibe hasta el 24 de enero la primera serie pictórica de Hirst, titulada "No love lost, Blue Paintings".


Se trata de 25 óleos pintados entre 2006 y 2008 con los que el artista, considerado el más influyente de su generación en el Reino Unido, vuelve a coger los pinceles en el sentido más tradicional, dando lugar a una obra figurativa.


Con este marcado giro en su trayectoria, dominada hasta el momento por provocadoras instalaciones de arte conceptual, Hirst aspira a "ser reconocido" y "a obtener la aprobación del público" (y, por supuesto, de la crítica), dijo a EFE el comisario de la muestra, Christoph Vogtherr.


La relación del artista de 44 años con su imagen pública -en la que se mezcla la admiración por su obra con un escepticismo por su marcado instinto comercial- "es de amor y odio", ya que tanto le disgusta como le saca provecho, apunta Vogtherr.


Así, en varias entrevistas previas a la presentación pública de sus cuadros -algunos de los cuales primero se expusieron en Kiev-, Hirst había expresado su temor a que la crítica los "destrozara", algo que el comisario no cree que finalmente ocurra.


"La sorpresa inicial de ver lo que ha sido capaz de producir se transforma después en un sentimiento positivo", señala Voghterr, que observa que las obras del debut son todavía una transición entre sus creaciones más conocidas hacia "un nuevo camino que no se sabe adónde conducirá".


"No lost love" (algo así como "Ningún amor perdido") es una serie de pinturas de marcados tonos oscuros, sobre todo azules y negros, y un tema recurrente: la muerte.


Desde sus vacas y tiburones en formol hasta sus composiciones con colillas, muchas de las obras del artista exploran ese concepto que le obsesiona y que vuelve a abordar en su obra pictórica, dominada por calaveras, huesos y ceniceros vacíos, que para él simbolizan cementerios.


"Floating Skull" (Cráneo flotante, 2006), un cráneo azulado que resalta sobre un fondo negro, perteneciente a una serie inicial de la que es la única superviviente, es mucho más oscura que cuadros posteriores, como "Men shall know nothing" (2008), en la que el pigmento azul se va haciendo más presente.


En todas las obras -dos de ellas enormes trípticos- aparecen elementos típicos de la producción del artista -lo que confirma esa sensación transitoria-, entre ellos osamentas, esqueletos animales y lunares o topos dispuestos en sucesión.


Desde el principio de su carrera Hirst "ha desafiado lo que significa ser un artista" -el año pasado escandalizó al mundo del arte, y amasó una fortuna, al subastar su obra sin intermediarios-, y su salto a la pintura es otro paso en esa dirección, apunta el comisario.


Tampoco es casual su elección de la íntima Colección Wallace, en una mansión decorada con exquisito lujo, para presentar en sociedad su pintura, ya que, según el propio artista, quiere establecer una conexión con los pintores clásicos, "conectar con el pasado".


Hirst, que sufragó una reforma de las salas que costó alrededor de 250.000 libras (266.000 euros) para que la entrada a su muestra fuera gratis, es el segundo pintor vivo que exhibe en ese edificio, después de Lucian Freud, que lo hizo en 2004.


Su apuesta por la pintura, seguida con gran expectación, tiene el potencial de cambiar el rumbo del arte británico moderno, en el que durante años ha predominado el concepto y la huida de los medios clásicos.

Judith Mora

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