De cómo Europa Oriental trata de exorcizar su pasado

Quienes conocen el maléfico efecto de las tinieblas de la dictadura, saben positivamente que después del exorcismo y la catarsis es preciso iniciar el largo camino que lleva a la recuperación de la verdadera memoria histórica.

Desde hace un par de años, los turistas que visitan la capital húngara suelen hallar en su programa una cita obligada con el pasado de Europa Oriental. Se trata del “Museo del Terror”, fiel reconstrucción del universo de los campos de concentración del (mal) llamado “campo socialista”.



La exposición ofrece a los occidentales la posibilidad de familiarizarse con dos trágicos períodos de la historia del Este europeo: la ocupación nazi de la década de los 40 y la prologada presencia de las tropas soviéticas en los países que formaban parte del Pacto de Varsovia.



Conviene recordar que los rusos abandonaron Hungría el 19 de junio de 1991, dejando atrás más de cuatro décadas de controvertida presencia “fraternal”. Para muchos pobladores de la otra Europa, esta presencia equivalía, pura y simplemente, a una mera ocupación militar.



Situado en el número 60 de la céntrica avenida Andrassy, en un edificio que, antes de convertirse en el cuartel general de la temible y todopoderosa Seguridad del Estado (policía política), fue la sede de las juventudes comunistas y con anterioridad, de un partido de extrema derecha, el Museo pretende ofrecer un testimonio histórico singular: el recorrido propuesto a los visitantes da comienzo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la geografía del Viejo Continente estaba plagada de campos de concentración y exterminio nazis. Pero después de los dramáticos años de la “peste parda” del nacionalsocialismo llega el turno de los horrores del “socialismo científico”.



Basta con pasar el umbral de la Sala de los Gulag para descubrir la ubicación de las gigantescas cárceles ideadas por el longevo inquilino del Kremlin: José Stalin. Recuerdan los historiadores húngaros que durante la permanencia del país en la órbita soviética, fueron enviados a los Gulag más de 700.000 ciudadanos magyar, de los cuales sólo 300.000 tuvieron la suerte de regresar.



En el Vestíbulo que separa las salas de los mapas de las exposiciones temáticas, se proyecta una película realizada por actores húngaros, que trata de recordar la transformación del ciudadano de a pie en “hombre nuevo”, prototipo éste del triunfante socialismo científico. Junto al Vestíbulo se encuentra la Oficina del consejero soviético, una habitación lujosamente amueblada que desemboca en la Sala de Tortura, donde se exponen los equipos empleados por los esbirros de la “política”: incómodas sillas de madera y reflectores utilizados durante los interrogatorios, aunque también un amplio muestrario de los sistemas de vigilancia electrónica de los servicios de Seguridad del Estado: grabadoras, micrófonos, mesas y centrales de escucha.



Enormes pantallas murales sirven de espejo histórico, facilitando el viaje en el pasado. El visitante descubre imágenes de las manifestaciones populares de los años 50, de los fusilamientos de “enemigos del pueblo”, impactantes secuencias de documentales con los llamamientos de los dirigentes comunistas a la lucha sin cuartel contra los elementos reaccionarios, testimonios de antiguos presos políticos…



La Sala de los Campesinos recuerda la lucha contra la colectivización forzosa de la agricultura, aportando información acerca de la “sovietización” del sistema de producción, introducido innecesariamente en los años 50, cuando el campo húngaro aún estaba en condiciones de suministrar alimentos a la mayoría de la población. Aun así, las autoridades optaron por emular el “infalible” sistema soviético, introduciendo cultivos de algodón y arroz. Una aberración que perjudicó al sector agrícola.



En la Sala de la Propaganda se encuentran colecciones de posters que exaltan la unidad entre la clase obrera y los campesinos, copias de las alocuciones de los dirigentes comunistas, testimonios gráficos de las visitas de trabajo realizadas por delegaciones de trabajadores a sus colegas de otras ciudades, fotos que recogen las actividades de los pioneros y los “águilas de la Patria” (juventudes comunistas).



En los sótanos se han reconstituido fielmente las celdas de los presos políticos, así como los minúsculos calabozos para detenidos recalcitrantes o las habitaciones insonorizadas destinadas a… los suicidas. Sin olvidar, claro está, la horca, empleada por los servicios de Seguridad del Estado hasta el año ¡1985!



Al abandonar este extraño Museo, el turista se pregunta cuál ha sido la dinámica que ha permitido la supervivencia, durante más de medio siglo, de la tradición humanista que, pese a la oscuridad de la noche “socialista”, jamás abandonó a los habitantes de Europa Oriental. ¿Será éste el tema de otro testimonio, de otro deseable y deseado análisis de los mecanismos de defensa del ser humano, de la inteligencia, del legado cultural?



Quienes conocen el maléfico efecto de las tinieblas de la dictadura, saben positivamente que después del exorcismo y la catarsis es preciso iniciar el largo camino que lleva a la recuperación de la verdadera memoria histórica.





Adrián Mac Liman
ccs@solidarios.org.es

Acerca del Autor