Descendientes de Thibaw Min reclaman su herencia


Los herederos del último rey birmano, Thibaw Min, reclaman parte de los bienes incautados por el poder británico que depuso al monarca a finales del siglo XIX y lo deportó a una remota ciudad india, donde murió en el exilio.

El Ejército de este rey absoluto asiático, con el poder de decidir sobre la vida y muerte de sus súbditos, fue derrotado en menos de dos semanas, en la tercera guerra declarada en 1885 por los británicos para completar la anexión de Birmania (Myanmar).

Más de un siglo después, uno de sus bisnietos, U Soe Win, ha iniciado los trámites para constituir una fundación con el fin de recuperar los lazos entre los descendientes y reclamar parte de las joyas y otros bienes confiscados durante la época colonial (1886-1948).

"Tenemos un listado con todos los bienes. Solicitaremos al Gobierno (birmano) que los reclame a los británicos. Esto es lo que planeamos hacer ahora", explica el bisnieto en una entrevista en su vivienda en una zona residencial de clase media a las afueras de Rangún.

U Soe Win se refiere al catálogo elaborado por la hija menor de Thibaw, conocida como Suphayagalae o la cuarta princesa, quien en 1931 valoró en miles de millones de rupias de la época las propiedades, bienes y joyas confiscados por las autoridades coloniales a la familia real.

"Lo primero que tenemos que hacer es consultar con nuestro Gobierno, solicitar su asistencia y consejo; no podemos ir directamente a reclamar a los británicos porque es una cuestión de Estado a Estado. Pero podemos establecer contactos a nivel personal", afirma el exdiplomático.

"Hay que distinguir las joyas del Estado de las que pertenecerían a la familia real", agrega el birmano.

El bisnieto del monarca reconoce que hoy día es imposible recuperar todos los bienes confiscados, porque se ha perdido el rastro de algunos tesoros, como el Nga Mauk, un rubí de valor incalculable del entonces monarca.

Según el libro "El rey en el exilio", de la autora india Sudha Sha, una gran parte de los rubíes, esmeraldas y diamantes del ampuloso tesoro birmano pasaron a formar parte de las joyas de la Corona británica o de la colección del actual Museo Victoria y Albert de Londres.

Thibaw, enviado al exilio junto con su madre y tres esposas, empeñó las pocas pertenencias que se habían llevado de Birmania para complementar la asignación que recibían de las autoridades británicas, insuficiente para sus numerosos gastos de protocolo.

Sin bienes y acosado por los prestamistas, el exmonarca falleció en diciembre de 1916, después de pasar tres décadas confinado en Ratnaguiri, una remota ciudad situada en el suroeste indio donde crío a sus cuatro hijas.

Sus descendientes han apelado al Gobierno para repatriar sus restos a Rangún, para ser enterrados junto a los de la reina Suphayalat, o en Palacio de Mandalay, que casi no abandonó hasta que fue depuesto en 1985.

"No creo que eso vaya a ocurrir pronto", afirma a Efe Suu Phaya Gyi o Su Su Khin, la única nieta de Thibaw y la reina Supalayat.

A sus 90 años, la descendiente real explica que ha pasado "dificultades" durante su vida, aunque gracias a su educación en un colegio británico pudo encontrar trabajo en la embajada de Estados Unidos y luego impartir clases particulares de inglés.

Su Su Khin conversa en el sencillo salón de U Soe Win, su sobrino, frente a un altar repleto de figuras de buda de distintos países asiáticos y algunas fotografías en blanco y negro de Thibaw y del Palacio Real en Mandalay, la capital del reino antes de la invasión británica.

La nieta de Thibaw, que mantiene una mente lúcida y sentido del humor, lamenta el fin dramático que vivió la hija mayor del monarca birmano, Suphayagyi o la primera princesa, y de sus descendientes que viven actualmente en India.

Al casarse con un indio, portero de la residencia real de sus padres, Suphayagyi perdió el derecho a la asignación oficial y terminó viviendo en una humilde choza con una hija que perdió todo contacto con el resto de la familia.

La Princesa I falleció aquejada de demencia senil tras una vida de aislamiento en una sociedad en la que no encajaba, acompañada sólo por las visitas de su hija, Tutú, y la presencia de los perros y los niños del humilde barrio en Ratnaguiri.

por Gaspar Ruiz-Canela

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