Desde el lente de un irreverente Scopell

Seguimiento de la tertulia con el maestro Rafael Escalona en La Cueva

La tertulia de Rafael Escalona con Adolfo Pacheco, en La Cueva, auténtico mano a mano de ingenio e invención verbal entre dos colosos de la cultura popular caribeña, se hace memorable para mí por un suceso marginal. En las mesas dispuestas para el almuerzo me tocó en frente de Quique Scopell, lo cual me permitió escuchar sus espontáneos comentarios que fluían cada vez que se presentaba un hecho digno de observación.



Fue entonces como asistir de manera simultánea a dos ‘Cuevas’, la de hoy, estilizada, con su aire acondicionado a todo timbal y su decoración conmemorativa y didáctica, ámbito óptimo para la conversación familiar o intelectual, y la original, ajena a toda solemnidad, epicentro de la transgresión. Fue también como contemplar un modo de ser en vías de extinción, cuando la costa era otro país, como dijo Jacques Gilard que titularía la traducción (desafortunadamente nunca realizada) de sus estudios sobre el grupo de Barranquilla. Fue, en fin, para que quede claro y clarito, como ver la luz de una vela cuando está apagada.



Scopell encarna una actitud ante la vida que se identifica con las fiestas del carnaval currambero por el relajo sistemático, la desmitificación persistente, la inclemente irreverencia y la celebración incesante del vitalismo, signos sustituidos en los barranquilleros de hoy por el oportunismo lúcido, no de los bobales sino de los vivales, con sus manos plurales y ávidas de pulpo, aptas para apropiarse de los presupuestos públicos y privados, y con su alma sin escrúpulos, idónea para golpear y ablandar a todo aquel a quien se le puedan sacar fecundos frutos financieros. De ahí que al referirse a su vida, Scopell la califique como una fiesta, frase que recuerda a su paisano Lezama Lima en el poema “Noche insular: jardines invisibles”:



La mar violeta añora el nacimiento de los dioses,

ya que nacer es aquí una fiesta innombrable,

un redoble de cortejos y tritones reinando



“Mi vida ha sido una sola fiesta que tiene una duración distinta, según se le mire, hacia arriba o hacia abajo. Hacia abajo, tengo 85 años, pero para emplear cifras redondas y recordables, digamos que tengo 80, de los cuales 40 han sido durmiendo y 20 peao, lo que significa que soy un pelao de 20 años. Si la quieres para arriba, tengo 80 años a los que se le suman 20 de pea y 40 de sueño. Es decir, que voy a cumplir apenas mis primeros 120 años”.



Maestro del comentario oportuno, Scopell capta al vuelo el otro lado de las circunstancias (la vanidad, la soberbia, la pompa, la solemnidad, el tedio) y avizor vigilante para que a la vida no la enturbien las sombras de la tristeza o de la inautenticidad, suelta siempre sus cargas verbales de demolición para salvaguardar las posibilidades del disfrute. Cuando toca el trío que ameniza la velada, Scopell me llama la atención sobre la cara del guitarrista: “No hay derecho”, dice, “a cantar una canción tan alegre y gozosa, con esa cara de muerto y ese cuerpo rígido de cadáver”. Para mí la interpretación es impecable en la medida en que las guitarras y la voz del cantante expresan a cabalidad el sentido de las letras, pero Scopell tiene razón al señalar la contradicción entre la picardía feliz del tema y la frialdad fúnebre de los músicos. Es posible que se trate, le comento, de una contaminación de los tríos que cantan boleros, a los que Álvaro Mutis les atribuía la causa del subdesarrollo económico de la América Latina, por lo que proponía exterminarlos de la faz de la tierra en una sola noche por esa especie de celebración enfermiza, patética, del desengaño, de la melancolía, de la derrota y del dolor. Al entrar el grupo cubano que alternaba en la velada, con el swing dichoso y la sabrosura irradiante de todos los integrantes, Scopell me dijo: “Mira la diferencia”.



Cuando Escalona describía con frases elaboradas el paisaje de Patillal con sus mariposas mensajeras o el viaje en el diablo del tren por los pueblos de la zona bananera o su memoria de los amigos de La Cueva, Scopell comentaba con la sorna y el escepticismo de quien es consciente del carácter sustitutivo de toda poesía: “Es que Escalona es un poeta, es decir, un gran embustero. La Cueva era un punto de encuentro para el desorden. De aquí salíamos a los puteaderos, y nos pasábamos una semana donde la negra Eufemia”.



Le pregunto quiénes del grupo, además de Figurita, eran bailadores y se queda pensando y me comenta que la mía es una pregunta, como diría Chelo de Castro, pringamocera. Se queda meditando un rato y admite entonces que el único que bailaba del grupo era Figurita. Le cuento que he visto fotos de Gabo bailando cumbia en México y es como si hubiera hablado con un muro: me mira fijamente, como diciéndome que se reserva el derecho a disentir en silencio, pero ni un sí ni un no. Como el grupo ha dejado de tocar, aprovecha para cambiar de tema y grita: “Esto parece una fiesta cachaca. Hace mucho frío”.



Un vecino de mesa, cincuentón y con el pelo teñido, al enterarse de que la mayoría de las fotos colgadas en las paredes son de Scopell, le pregunta por la clave para unas fotografías tan buenas, en tiempos en los que no se contaba con las facilidades técnicas de hoy. Scopell le explica que para tomar una buena foto hay que hacerse amigo del fotografiado, tratarlo por lo menos un mes, de manera que sus gestos se liberen de toda premeditación. Al comentarle que el vecino es un experto en vinos y uno de los principales distribuidores de la ciudad, Scopell le suelta en la cara una frase como un buscapiés cartagenero: “Tú no puedes ser experto en vinos, porque el vaso no se agarra así por el medio, sino por debajo. Para ser un catador se necesita mucho y nadie ha visto que rechacen un trago nunca, todos están buenos”. El vecino aparta la cara y se pone a conversar con el muchachito que lo acompaña.



Quique Scopell no le falla a las picadas de caribañolas y buñuelos de maíz verde, arepas de huevo en miniatura y arepitas dulces, aunque viene de desayunar con el poeta Diego Marín en una fonda al aire libre del mercadito Boston. Allí se comió, para empezar el día (o continuar el anterior, porque en realidad después de la velada del viernes no ha dormido), una bandeja de fríjoles con arroz, tajadas de plátano maduro, cerdo y aguacate, acompañada de sus respectivas frías vestidas de reina. Se queda mirando, primero a Diego, y luego al vecino vinícola, y suelta un triquitraque decembrino: “Eso de la droga la gente cree que es cosa de ahora. Eso es de siempre. Yo con tu papá fumaba marihuana en la biblioteca del colegio. Pero no éramos viciosos. Nunca dependíamos de eso, lo hacíamos de vez en cuando. Y siempre cumplíamos con lo primordial: en esa época con el estudio; después con el trabajo”.



Rafael Escalona inicia otro rodeo antes de aterrizar en la historia de sus canciones, recordando un relato del carretillero José Miguel Racedo quien una vez le dijo: “Rafa, aquí cada uno tiene su arte: Alejandro, la pintura; tú, la composición; Quique, la fotografía; Álvaro, la pluma; y yo, la cacería. El problema mío es que el presidente Valencia me invita a que lo acompañe, y aunque yo mate 30 patos de un solo tiro, no me deja traer ninguno para la casa”.



Quique Scopell recuerda que Álvaro Cepeda fue el acudiente de las hijas de Escalona: “Cepeda les pagaba el colegio y todo, y Rafael nunca le mandó un centavo. Pero Rafa es un hombre de una gran ternura. Cuando fue cónsul en Colón, lo primero que hacía, si uno llegaba a visitarlo, era esconderle el pasaporte para que lo acompañara a tomarse unos buenos whiskys”.



Juancho Jinete, su inseparable amigo, vestido con un amansaloco blanco, se queja porque se siente mal, como si le fuera a dar la pálida, y quiere irse. Mira a Scopell con desamparo y le pregunta, “¿Qué hago?”, y Scopell le formula una recomendación contundente, en tono alto: “Muérete”. Pero al rato se levanta y se va con él para dejarlo en su casa.



Ariel Castillo Mier
facasil@metrotel.net.co

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