Diques rotos, barreras no derribadas: lo que sucede a una raza relegada

Si no fuera por los distintivos contornos del Superdomo, las imágenes de los helicópteros de rescate sobrevolando podrían haber estado fechadas en Somalia

WASHINGTON-. La gente blanca se fue. La mayoría. Si se puede considerar a las imágenes televisivas y de prensa una muestra estadística, principalmente fueron personas negras quienes se quedaron rezagadas. Los negros pobres, cada vez más habrientos, enfermos y atemorizados mientras funcionarios distantes les aconsejaban paciencia y les advertían que los rescates tomarían tiempo.



Lo que un mundo consternado vio expuesto en Nueva Orléans la semana pasada no fue sólo un dique roto. Fue una división de raza y clase, a la vez alguna vez familiar y asombrosamente nueva, puesta de manifiesto en un escenario donde repentinamente significaron cuestiones de vida y muerte. La hidrología se unió a la sociología a lo largo de la historia, desde la fundación de la ciudad propensa a las inundaciones, donde la gente blanca y rica vivía en los terrenos altos, hasta su abandono frenético.



Las imágenes del sufrimiento rivalizaron con los informes de saqueos, de disparos a vehículos de rescate y bandas armadas que se apoderaron de las calles. La ciudad de pintoresca excentricidad —de Roscas de Reyes, cuentas de Mardi Gras y barrios agradables llamados Tookie— había tomado un giro digno de una novela de Joseph Conrad.



En medio del rescate retrasado, el alcalde de Nueva Orléans, C. Ray Nagin, un muchacho local surgido de un barrio negro pobre, derrama lágrimas de frustración mientras denuncia la lenta actuación de funcionarios federales y decreta la ley marcial.

Incluso personas que han pasado una vida estudiando cuestiones de raza y clase se quedaron boquiabiertos.



“Esta es una ilustración bastante gráfica de quién se ha quedado rezagado en esta sociedad, de manera literal”, dijo Christopher Jencks, un sociólogo pegado a las imágenes televisivas desde su oficina en Harvard. Asombrado de haberse sentido sorprendido, Jencks empezó a pensar en voz alta. “Quizá es solo una versión a la vista de algo que yo ya sabía”, dijo. “Todas las personas que no salen, o no tienen los recursos, o no creen en las advertencias, son afroamericanas”.



“No es que sea contrario a la forma en que veo a la sociedad estadounidense”, dijo Jencks. “Pero es contrario a la forma en que quiero ver a la sociedad estadounidense”.

La semana pasada fue la forma en que otros vieron a la sociedad estadounidense, también, en imágenes transmitidas a todo el planeta. Si no fuera por los distintivos contornos del Superdomo, las imágenes de los helicópteros de rescate sobrevolando podrían haber estado fechadas en Somalia. El embajador de Sri Lanka ofreció ayudar a recaudar ayuda extranjera.



Cualquiera que conociera Nueva Orléans sabía que el peligro se vislumbraba detrás del frente festivo. Disfruten los buenos momentos, les decían a los turistas en Bourbon Street. Sin embargo en cada temporada si alguien se adentraba unas cuadras en la dirección equivocada terminaba en la morgue de la ciudad.



Inusualmente pobre (27.4 por ciento por debajo de la línea de pobreza en 2000), desproporcionadamente negra (alrededor de dos terceras partes), la ciudad conocida como Big Easy también tiene un índice de asesinatos desproporcionadamente elevado, el cual durante años estuvo entre los más altos del país.



Alguna vez una de las sociedades más mixtas, en las últimas décadas, la ciudad se había vuelto inusualmente segregada, y la clase media blanca casi había emigrado, hacia el norte cruzando el Lago Pontchartrain o al oeste a Jefferson Parish, hogar de David Duke, el ex miembro del Ku Klux Klan que se postuló para gobernador en 1991 y obtuvo más de la mitad de los votos blancos del estado.



Poco después de que llegué a la ciudad hace dos décadas como reportero novato, fui enviado a cubrir un ensayo de porras, y le pregunté a un asistente sonriente y medio borracho que de dónde era, de la ciudad o de los suburbios. “La gente blanca no vive en Nueva Orléans”, respondió con desdén.



Para quienes la amaban, con sus glorias así como con sus defectos, la semana pasada sólo provocó dolor. Mucho de Nueva Orléans, desde su música hasta su comida y su arquitectura, mostraba a una sociedad arcoiris en el mejor de los casos, aun cuando todos sabían era más complicado que eso.



“Nueva Orléans, primero que todo, es en la realidad y en la retórica una sociedad multicultural extraordinariamente exitosa”, dijo Philip Carter, desarrollador y periodista retirado cuyas raíces en la ciudad se remontan a más de cuatro generaciones. “Pero también es una sociedad multicultural dividida por cuestiones de raza y clase, y todo esto ha quedado expuesto por estos días tormentosos. La gente de nuestra comunidad está enfrentada entre sí a través de las barricadas de la raza y la clase que dentro de seis meses podrían ser los últimos diques restantes en Nueva Orléans”.



Nadie quedó inmune, por supuesto. Con 80 por ciento de la ciudad bajo el agua, la tragedia arrasó con los privilegiados y los pobres, y se extendió más allá de las líneas raciales.



Pero las divisiones en la ciudad fueron evidentes en cosas tan simples como el acceso a un auto. El 35 por ciento de las familias negras que no tenían uno, comparado con apenas 15 por ciento entre los blancos.



“El plan de evacuación realmente se basó en que la gente se alejara en sus autos”, dijo Craig E. Colten, geólogo de la Universidad Estatal de Lousiana y experto en la topografía vulnerable de la ciudad. “No tuvieron autobuses. No tuvieron trenes”.



Como para acentuar la división, el agua devastó especialmente el Ala Novena, entre las zonas más pobres y más bajas de la ciudad.



“En el Oeste, hay un dicho de que las corrientes de agua llevaban al dinero”, dijo Colten. “Pero en Nueva Orléans, los flujos de agua se alejan del dinero. Aquellos con recursos que controlan dónde va el drenaje siempre han elegido vivir en las partes altas. De manera que los pobres en las áreas bajas fueron más duramente afectados”.



La indignación creció al avanzar la semana, entre políticos negros que vieron la tragedia como un reflejo de un descuido más amplio hacia las ciudades estadounidenses, y en la blogosfera.



“¡La verdadera razón de que nadie esté ayudando es debido al color de estas personas!”, escribió “myfan88” en el blog Flickr. “Esto es Hotel Ruanda de nuevo”.



“¿Es esto lo que los precursores del movimiento de los derechos civiles lucharon por lograr, una sociedad donde muchas personas negras están tan atrapadas y aisladas por su pobreza como lo estaban por las leyes de segregación?”, escribió Mark Naison, director del programa de estudios urbanos en Fordham, otro blog.



Una pregunta que no pudo ser respondida la semana pasada fue si, enfrentadas a una prueba similar, otras ciudades se fracturarían siguiendo las mismas líneas.



En un nivel, todo en Nueva Orléans parece sui generis, no menos su ubicación por debajo del nivel del mar. Muchos neorlaneses no solo aceptan los chistes sobre vivir en una República Bananera. Los difunden.



Pero en una catástrofe más tranquila, la ola de calor de 1995 que mató a cientos de residentes de Chicago, los negros en grupos de edad comparables a los blancos murieron en tasas más altas, en parte porque tendían a vivir en un aislamiento social mayor, en partes despobladas de la ciudad. Como en Nueva Orléans, el espacio se entremezcló con la raza.



¿Y la violencia? Escenas similarmente consternadoras surgieron en Los Angeles en 1992, después de la absolución de agentes policiales blancos acusados de golperar a un hombre negro, Rodney King.



Newark, Detroit, Washington, todos quedaron marcados por los disturbios raciales de los años 60. Fue para que los residentes de cualquier ciudad importante, al ver el pandemónium, se sintieran seguros de que su comunidad sería inmune.



Con meses por delante sólo para bombear el agua que cubre la ciudad, nadie puede estar seguro de cómo se reacomodarán las defectuosas líneas sociales. Pero como el éxodo blanco ha sido un elemento de definición de Nueva Orléans en el pasado reciente, ya existía el temor en el aire la semana pasada de que el dique roto separara aún más a una sociedad ya dividida.



“Quizá podamos reconstruir los diques”, dijo Carter. “Pero esa sensación de extrema división por clase y raza va a sobrevivir mucho tiempo a la reconstrucción física de Nueva Orléans”.



JASON DePARLE
The New York Times News Service

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