“El biciclown” Álvaro Neil pedalea por el mundo buscando risas

El aventurero español llegó a Tailandia en su bicicleta tras recorrer unas 45 mil millas por 56 países de Europa, África y Asia, para arrancar risas a los niños allí donde los haya.


“Mi amor se llama Karma, que tiene dos ruedas y un corazón de acero”, dice Neil acerca de su bicicleta, la inseparable corcel de acero que monta desde que partió de su Asturias natal en 2004 para emprender una aventura de amores efímeros, soldados atrabiliarios, marchas interminables y caudales de sonrisas.


El objetivo de su quijotesca empresa, bautizada como MOSAW (Miles of Smiles Around the World o 'Miles de sonrisas alrededor del mundo'), es conseguir circunvalar el mundo en diez años, haciendo de payaso en espectáculos gratuitos para niños desfavorecidos.


“Tras casi seis años de viaje, me siento mucho más seguro en mi bicicleta, que se ha convertido en mi hogar, terminaré este viaje circular, quizá un poco más tarde de lo previsto, porque todavía queda mucha riqueza por descubrir”, señala este aventurero nacido en Oviedo hace 42 años.


En su caso, los funcionarios extremadamente burocráticos de las aduanas y embajadas son sus molinos de viento, aunque en el camino también se encuentra con la generosidad desinteresada de personas desconocidas.


“Por el apoyo que recibo de mucha gente, incluidos los que siguen mi página web (www.biciclown.com), compran mis libros y hacen donaciones, siento la necesidad de devolver al mundo algo de forma gratuita, por eso hago los espectáculos”, explica.


Un enjambre de chiquillos del mayor suburbio de Bangkok, en Klong Toey, se desternillaron de risa el pasado fin de semana con las bromas y parodias de “El biciclown”, sobre todo cuando se bajaba del escenario para coger en brazos a algunos de los pequeños que seguían boquiabiertos su espectáculo.


Neil, licenciado en Derecho, alternaba su trabajo en una Notaría de Madrid con actuaciones esporádicas como payaso y malabarista, hasta que en 2001 decidió recorrer América del Sur en bicicleta y, al poco tiempo de retornar a España, emprendió su segunda odisea.


No se arrepiente de haber renunciado ni a la seguridad social ni al plan de pensiones para desencadenarse de un trabajo que para él simbolizaba la esclavitud laboral.


“Mi mundo gira en torno a la bicicleta, no tengo ningún lugar a donde volver”, confiesa este español errante.


Al iniciar su aventura, nunca pensó que iba a pedalear a través de zonas peligrosas e incluso que en algún momento iba a sentir la muerte más cerca de lo que nunca pudo imaginar.


“En el sur de Tailandia me extrañó que no me dejaran pasar la noche en un templo budista, el conflicto con los musulmanes ha hecho desconfiados a muchos, menos mal que en otro monasterio sí me dejaron estar”, relata el asturiano.


En la capital de la República Democrática del Congo, a raíz de un desafortunado encuentro con un soldado ebrio, sintió que su vida peligraba.


“El soldado, de no más de 20 años, me pidió dinero en francés y yo hice que no entendía, pero no me creyó y se acercó amenazante con su fusil en la mano. Se formó una marabunta de gente a mi alrededor y pensé que no iba a salir de ésa”, recuerda Neil.


Una mujer africana, que para este aventurero es una “Dulcinea”, le sacó del tumulto y consiguió ponerle a salvo en un autobús.


En su largo viaje, Neil volvió a sentir el frío acero de un arma en Sudán, padeció malaria cuatro veces en Nigeria, pedaleó abrasado por el sol a lo largo de Irán y se topó con el muro infranqueable de la dictadura en Birmania.


Pero también atesora el bello recuerdo de la multitud de personas que le han dado de comer o alojado, cuando ellas tenían apenas nada para si mismas.


Neil cuenta que en el norte de Irán la gente era muy hospitalaria y un funcionario de aduanas llegó a pagarle una noche en un hotel.


En el norte de Sudán y en Siria, convivió con unos de los pueblos más hospitalarios del mundo, deseosos de revertir la mala imagen que tienen en el resto del mundo.


Hasta el momento, su país preferido es Bután, por la alegría, naturalidad de sus gentes y la paz de gran parte de este país budista e inexplorado, donde bautizó a su bicicleta como “Karma”.


“En la capital, pusieron un semáforo, pero tuvieron que quitarlo para evitar que el policía de tráfico se quedase sin trabajo”, comenta con una sonrisa.


En unos días, partirá hacia Laos, para luego recorrer China, Mongolia, Japón, Filipinas y dar el salto a Australia antes de cruzar a América, su último continente antes de concluir su aventura en España.


Gaspar RuizCanela

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