El camino a la intimidad


Que palabrita tan traqueada y rebuscada resulta esta de la intimidad, pues además a lo largo de los años ha sido objeto de más de una fantasía sexual en los hombres y en las mujeres. “Tuvimos relaciones intimas” dice la una. “Ella en la intimidad es increíble. Parece una fiera salvaje”, expresa el otro, y así sucesivamente hasta relacionar, en la mayor parte de las situaciones esta vivencia tan solo con un simple ejercicio de cama. Pero las cosas no son así de sencillas y vanas. La intimidad es mucho más que sexo. La misma se encuentra atada directamente con la comprensión, el compartir, con la sana expresión de cariño, al apoyo en los momentos difíciles y en el estímulo en las horas de éxito.



A la vez está vinculada con manejo de conflictos y en fin a bastantes más sentimientos y situaciones que se viven a lo largo de nuestras existencias. Por esto el llegar a la intimidad se establece un compromiso para ambas partes, ya que implica, no sólo amor sincero, sino también la decisión y compromiso de ayudar a la otra persona, cuando tuviese necesidad de afecto. Y como no se refiere necesariamente al sexo o las relaciones de pareja, puede asociarse sin dificultad alguna a la amistad, sin que ella suponga necesariamente algo de “servicios extras”.



El intimar es entonces una actitud de mente, cuerpo, y espíritu, en el que las dos partes se envuelven para desarrollar una relación generosa de pareja, en la que el egoísmo y el egocentrismo no tienen cabida.



Está basada en dar, sin esperar nada a cambio y por ello cuando estos niveles se alcanzan, la satisfacción y el gozo en la relación serán inimaginables, por resultar al mismo tiempo gratificantes, bondadosos, amén de plenas en crecimiento para los involucrados.

Ricardo Tribin Acosta
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