El chequeador de barcos…

En su ‘pasantía’ por el puerto de Cartagena, el autor observó desde el saqueo de productos, hasta la demencia del muellero que se hizo cortar uno de sus dedos para cobrar una alta indemnización...

El puerto de Cartagena parecía muy tranquilo a eso de las seis y cuarenta y cinco minutos de la madrugada.



En la fila de entrada, uno de los viejos muelleros intentó pasarse al siguiente, y le arrebató con suavidad, la cédula de ciudadanía. “Espérate: ese que está en la foto no soy yo?, preguntó el hombre cuajado y con una seriedad sospechosa. “Pa joderte”, dijo el otro. La fila tenía el rigor de una cola estudiantil, gozosa, indisciplinada, y mamagallista. Alguien encendió un radio de mano y allí estaba otra vez el pregón de todas las mañanas: “Se necesitan cuatro wincheros, dos aguateros, cinco estibadores”. Yo era uno de la fila.

La entrada al puerto de Cartagena era un hormiguero ardiente, oloroso a café en vasitos desechables, mazamorra de maíz, voces tempraneras de camioneros amanecidos, muelleros deslenguados que hijueputeaban el viento de las seis de la mañana.



En aquella mañana de comienzos de los ochenta apenas desempacado de Sahagún, mi hermano mayor me había hablado de la posibilidad de trabajar como chequeador de barcos en el Terminal Marítimo de Cartagena. Llegué hasta el puerto como un desconocido que va en busca de un trabajo, sin recordarle a nadie que era el sobrino de uno de los empleados más laboriosos y ascendentes del puerto local: Jaime Guerra, que había llegado allí como mensajero hasta lograr ser Jefe de Operaciones.



El contratista me dijo que no había en aquella mañana ninguna vacante de chequeador de barcos, sino de palero de uno de los barcos de cebada. Mi hermano esperó mi respuesta negativa, pero lo sorprendí con un sí inesperado que me deparó una experiencia inusual en mi vida.



Me detuve a mirar la inmensidad de aquel barco y la montaña de cebada en aquella bodega que parecía no tener final. La tarea era achicar aquellas toneladas de cebada y recoger al final lo que la máquina no podía atrapar. Vi descender a los catorce paleros por una escalera inmensa hasta el fondo de la bodega. Los obreros lanzaron su pala al fondo. Yo hice lo mismo. Nadie reparó en mis movimientos ni en mis gestos, mi inexperiencia. La primera sensación que tuve al descender fue la de vértigo, pero ya en el fondo, sentí un enorme placer al tocar aquella cebada helada. Me sumergí en un silencio tremendo y hundí mi pala en la cebada. Yo observaba a mis compañeros. Y tuve de repente la estremecedora sensación del intruso.



De pronto, me vi sorprendido por la mirada del winchero que me hacía señales desde lo alto, para que estuviera alerta al descenso de la enorme cuchara en el fondo del barco. “Ey, nojoda, no te duermes, cuidado te cae la cuchara en la cabeza”, me gritó cuando los ojos se me habían nublado con las cascarillas de las cebadas al atardecer.

En aquellos turnos endemoniados entre las 7 de la mañana a la 1 de la tarde, y de 2 de la tarde a 6 y 30 de la tarde, y 7 y 30 a 1 de la mañana, aprendí que la vida sigue siendo bella y loca a pesar de los ritmos laborales.



La gente del muelle es la gente más feliz e ilógica que he conocido, y tal vez, la más ingobernable. Tal vez esa felicidad sin control tan parecida a la irresponsabilidad, llevó al caos al puerto local. Yo pude ver en aquellos quince días la desmesura del puerto en sus entrañas. Abundancia y locura de sus trabajadores: desde el saqueo de productos, hasta la demencia de aquel muellero que se hizo cortar uno de sus dedos para cobrar una alta indemnización.



Una vez los mismos muelleros saquearon un barco ruso cargado de vodka, para luego hacer clandestinamente, un coctel de vodka con corozo en un cántaro enorme. Las botellas eran amarradas sigilosamente, y lanzadas a un costado del muelle. En la primera oportunidad, los muelleros subían las botellas y se las bebían presurosamente, en sorbos clandestinos. Además del vodka y el mostato de corozo saqueado para el coctel, se robaban las uvas pasa.



Hubo temporadas en que se perturbaba la jornada porque los trabajadores sufrían de diarrea de tanto comer uvas pasa.



El empleado encargado de manejar el elevador que movilizaba las cargas llegadas en estibas de madera, accionaba las espuelas contra las cajas y rompía a propósito los empaques para el saqueo. Hubo un día en que todos los muelleros salieron gordísimos de los patios del terminal porque tenían el cuerpo lleno de manzanas robadas de un barco gringo. Si se les sacudía el cuerpo, algo del puerto estaba escondido dentro de ellos. El agua que bebían en cántaros no era tan solo agua, sino vodka, o agua con azúcar.



Uno de ellos le hacía señales a un viejo capitán gringo y se agarraba los genitales haciendo alardes de largura. “El gringo que me da papaya, me lo mamo”, decía aquel hombre. Una noche camuflado subió hasta uno de los camarotes y ensartó al hombre. Pero a otro le ocurrió lo inesperado. Al subir, fue seducido al revés. El ensartado fue el que subió. Esas historias a medida que avanzaba la noche, tenían el sello íntimo de la desmesura y del hambre.



Recuerdo una tarde en que los muelleros miraban el cielo y gritaban ¡Agua! ¡Agua!, porque querían que lloviera para no seguir trabajando. El capataz de aquel turno me incluyó entre los vociferantes y me despidió. Le dije que alguna vez lo metería de marica en uno de mis cuentos.



Fui contratado luego, ya no como palero, sino como barrendero, cosedor de sacos y más cómodamente, como chequeador de barcos. Era el oficio más fácil, rutinario y embrutecedor del mundo: llenar en un registro cuántas estibas bajaban en el día y en la noche. Cada estiba eran veinte sacos, uno marcaba un palito en el papel. Cuando se completaban cinco estibas, uno armaba una cerca de cuatro palitos con un travesaño final que significaban cien sacos.



A medida que veía bajar las estibas yo escribía retazos de palabras para un poema inconcluso. Y miraba la luz secreta de los camarotes de los barcos, la silueta de una muchacha demasiado blanca, con una cabellera rojiza, una rusa delgada y etérea cuya sombra dejaba una estela de vapor en los vidrios. Observaba todo en silencio, y a veces, me sentaba con los otros muelleros en un rincón a comer juntos un bollo de maíz con queso, o una empanada con huevo.



A la madrugada yo no quería hablar con nadie. Tenía en el cuerpo la picazón de la cebada y el deseo de beberme una cerveza. Con mis hermanos (ellos tenían otros cargos), regresábamos a casa del Pié de la Popa, como unos zombis, luego de trabajar más de quince horas al día.



Fue mi tío Jaime el que sugirió que esperara una mejor oportunidad en el puerto. Jamás la esperé. Sólo agradezco a mi hermano mayor el privilegio de haber vivido una experiencia breve e inolvidable en el puerto de Cartagena, para que se me quitara de una vez por todas, aquella soberbia de la raza española que aún pervive entre los caribes, y soñara de veras, desde una bodega de un barco con ser tan sólo un periodista y un escritor, la misma bodega en la que por esos extraños designios de los dioses, me llevó a conocer de cerca al más grande escritor de Colombia.



El puerto ha sido sin duda, la vida de dos de mis tíos maternos, y aquella temporada de los ochenta, una oportunidad para mis sentidos.



Gustavo Tatis Guerra
gtatis@hotmail.com

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