El hombre que pondría a los chiítas contra los chiítas

A su regreso a Irak Al-Sadr ya está buscando aliados y muchas personas temen que una fuerzas con árabes sunitas enemistados

NUEVA YORK -- En un ruinoso rincón residencial de Najaf, la ciudad más sagrada de Irak para los chiítas, decenas de seguidores de Muqtada al-Sadr se forman cada día para una breve audiencia con el clérigo en su casa familiar. Otros clérigos entran primero: clérigos simples con turbantes blancos y quienes afirman descender del Profeta Muhammad con negros. Dentro, en un extremo de una habitación estrecha pintada de blanco con cojines cafés tendidos a lo largo de su alfombra café, está sentado un hombre corpulento de poco más de 30 años, vestido con un ropaje negro. Su barba cubre sus mejillas y un mechón negro asoma por debajo de su propio turbante negro. El mira con cólera, proyectando desconfianza, aun cuando sonríe brevemente.



Y con cada consejo, este líder de los residentes de barrios pobres chiítas en Bagdad y Basora está reestableciéndose en el corazón chiíta histórico del sur de Irak, reavivando un desafío al sistema clerical ahí que brevemente provocó enfrentamientos armados el mes pasado.



En el último año, los llamados quietistas del sistema clerical se reunieron en una coalición bendecida por el ayatola más influyente de ik, Alí al-Sistani, y usaron la política electoral para elevar a los fieles chiítas de Irak a una posición de mando. Los seguidores de Al-Sadr trabajaron a su lado, pero ahora él está impulsando un tipo de política distintivamente diferente. En vez de una región chiíta autónoma en el sur, quiere una Irak mucho más centralizada; en vez de enfrentar la insurrección encabezada por sunitas, sugiere hacer causa común con sunitas resentidos contra la presencia estadounidense.



Esas no son posiciones ilógicas para él. Hace dos años, fue acusado de asesinar a un clérigo chiíta rival que simpatizaba con la invasión estadounidense. Dos veces sus milicias se levantaron contra los estadounidenses, y dos veces los estadounidenses los sometieron en batalla, la última vez aplastando sus fuerzas en Najaf y forzándolo a ocultarse en el verano de 2004.



Pero desde que entregó parte de sus armas pesadas a fines del año pasado, Al-Sadr ha salido de vuelta a la luz en Najaf, reconstruyendo gradualmente su fuerza. Dice que sólo está buscando mantener unida a Irak. “El papel del Ejército Mahdi no es avivar la violencia sectaria sino más bien reconciliar a los iraquíes y corregir la situación en la cual vivimos”, dijo durante un breve encuentro en su sala de recepción un día de agosto, refiriéndose a su milicia.



De hecho, sin embargo, pocas personas creen que Al-Sadr y su ejército se enfoquen en la reconciliación.



A pocos días de sus comentarios, estallaron enfrentamientos con una milicia chiíta rival, y decenas de miles de seguidores de Al-Sadr tomaron las calles en todo Irak para protestar por la corrupción oficial y el relajado federalismo delineado por el borrador de constitución.



La intranquilidad fue un recordatorio de que las añejas divisiones entre los chiítas sólo fueron cubiertas por la coalición que compitió en las elecciones nacionales el invierno pasado.



Ahora, muchos predicen que Al-Sadr se separará antes de nuevas elecciones en diciembre. Su principal queja gira en torno de una campaña en favor de una región chiíta en gran medida autónoma en el sur de Irak. Sus simpatizantes dicen que aceptan un grado de descentralización, pero que permitir la autonomía dividiría al país.



David L. Phillips del Consejo sobre Relaciones Exteriores, autor de “Losing Iraq” (Perdiendo Irak), dice que lo que Al-Sadr realmente quiere es una voz en la aplicación de la ley islámica a través del tribunal constitucional del gobierno central; y que sus seguidores en Bagdad pudieran ser la clave para rechazar en votación el borrador de constitución cuando sea sometido a los votantes en octubre. “Pudiera ser el voto decisivo”, dijo Phillips.



Muchos analistas que siguen el papel en evolución de Al-Sadr dicen éste aún prevee una teocracia chiíta en todo el país. “Se ve a sí mismo como el Khomeini de Irak”, dijo Amatzia Baram, experto en política chiíta iraquí que es miembro del Centro Internacional Woodrow Wilson para Expertos en Washington. Los seguidores de Al-Sadr restan importancia a ese objetivo pero no lo niegan. “La religión está por encima de todo”, dijo un colaborador, Sahib al-Ameri, en la casa de Al-Sadr un sábado reciente. “Lo más importante es el dominio de la religión”.



Pero Al-Sadr, hijo de un ayatola venerado que carece él mismo de las credenciales académicas acostumbradas de un clérigo superior, parece estar calculando que para llegar a donde quiere debe primero dominar a las facciones chiítas rivales.



La reciente escaramuza fue en torno de un plan de renovación cívica para Najaf que retiraría las oficinas del movimiento de Al-Sadr de un sitio prestigioso cerca de la Mezquita Imán Alí, el recinto más sagrado del chiísmo. Pero está involucrado más que una propiedad. Al-Sadr quiere influencia sobre los decenas de miles de peregrinos chiítas que visitan Najaf cada año y sobre las regiones chiítas distantes de donde provienen. Su retrato compite con el de otros clérigos influyentes que penden como carteles de campaña por todo Najaf.



Ese es el telón de fondo de la tensión que está creciendo entre los seguidores de Al-Sadr y la Organización Badr, el ala armada del Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Irak, el principal partido chiíta. El borrador de constitución prevee las fuerzas de seguridad interna para cada región, incluyendo guardias regionales. La Organización Badr y el Ejército Mahdi casi seguramente competirán por ese papel, y Baram dijo que esa lucha dividiría al sur de Irak en feudos.



Al-Ameri, colaborador de Al-Sadr, dijo que el Ejército Mahdi estaba listo. “Entregamos nuestras armas como un acto de buena voluntad”, dijo, pero añadió que si surge la necesidad, “podemos conseguir lo que necesitemos en tanto tengamos fe”.



Al-Sadr ya está buscando aliados, y muchas personas temen que una fuerzas con árabes sunitas enemistados. Combatientes sunitas se unieron a su milicia durante el levantamiento del año pasado, y él ayudó a sunitas durante el sitio estadounidense de Fallujah. La rivalidad de Al-Sadr con la Organización Badr le ayuda con los sunitas, ya que la Organización Badr ha sido acusada de asesinar a clérigos sunitas.



Clérigos cercanos al marjia, o el consejo de clérigos chiítas superiores, expresa inquieta confianza en su capacidad para mantener bajo control a Al-Sadr. “En tanto Muqtada no haya alcanzado el nivel en el cual pueda emitir fatwas, no representa una amenaza para el chiísmo”, dijo Sayyid Mohammed Hussein al-Hakim, hijo de uno de los cuatro grandes ayatolas de Najaf.



Pero cuando se le presionó, Al-Hakim sonó casi dolido, diciendo que el marjia se muestra cauteloso de enfrentar a Al-Sadr porque sus reacciones son impredecibles. “No nos escucha”, dijo Al-Hakim.



CRAIG S. SMITH
The New York Times News Service

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