El Joe que conocí en Miami


Su voz inconfundible abanicaba la casa de Miami Garden, creando un ambiente festivo que anunciaba parranda y licor. Ensayaba a puerta cerrada, descamisado y con una especie de pañuelo enrollado a la altura del cuello para calentar las cuerdas vocales, que le daba un aspecto de beduino con el turbante caído.

Preguntar su nombre hubiera sido un despropósito enorme y tanto como incurrir en un deleznable pecado mortal. Nunca caería tan bajo, pues sabía con sobrados antecedentes la identidad de aquella voz morena curtida en las lides de las carencias humanas y de las necesidades de circulante de otrora.

Estaba en ese lugar porque acompañaba al esposo de una sobrina de Jackeline. Dos pasos cortos me distanciaban del maestro que elevaba su voz al cielo como advirtiendo al Creador de un evento luctuoso próximo. De la terraza pasamos a la sala. Un nombre sonoro rebotaba contras las paredes hasta reposar en mi mente comprendiendo que aquella voz sublime mencionaba el nombre de mi hermana Tania, su Tania del alma, con un dejo de nostalgia inconsolable.

La voz se convirtió en un eco de repeticiones incesantes que degeneraron en un barullo fenomenal. Una voz femenina le dijo que se concentrara para no equivocarse otra vez. Intentó hacerlo, pero se declaró impedido si no le permitían ingerir al menos un trago de licor. La voz femenina lanzó un no entre barítono y soprano que nadie osó refutar. Sentí pena ajena cuando un hombre cansado cayó pesadamente sobre un mueble de piel enseñando una mirada vidriosa y unos dientes que amenazaban con salir disparados de una boca de labios chamuscados por el constante contacto con fuego.

Segundos después, la voz contristaba las pinturas y adornos del lugar envuelta en una suerte de lamentos draconianos. En ese instante pude apreciar en el teatro de la mente una escena de rebelión de esclavos luchando por su libertad fundida con una noche de arreboles en una mítica plaza de la sabana. Por ese pueblo de la imaginación transitaban carruajes sobre los charcos de un mercado intemporal y alguien permanecía la noche en vela zurciendo los hilos de melodías inmerso en un mundo ruin que le robaba la vida paulatinamente.

La voz femenina propuso adelantarnos a la discoteca de la ciudad del Doral (Miami) en donde sería la presentación de la noche. Una hora más tarde, junto a “Cachi” Aranda, el esposo de la sobrina de Jackeline, regresamos a recoger al maestro para su presentación estelar en “La Covacha”. Su semblante sereno se dejó arropar por las sombras de la silla posterior del vehículo permaneciendo callado todo el trayecto, sí, como una sombra dócil y sumisa a la muerte.

El ambiente festivo de parranda y licor se hizo palpable. Un locutor anunció la presencia en tarima del hijo mayor de Cartagena de Indias y la noche pareció partirse en miles de pedacitos tras una explosión de aplausos y gritos de euforia. Cantó un tema completo. El segundo no alcanzó a terminarlo aduciendo un intenso malestar. En una camilla improvisada quedó exánime el centurión de la noche con la vista clavada en un cielo límpido.

Jackeline, la voz femenina, descubrió la causa del quebranto de su esposo. Cuando él pidió un trago de licor para proseguir el ensayo, las pocas bebidas que había en casa fueron recogidas de inmediato. Aún así los controles fallaron: nadie se percató de la botella de vino de cocina que estaba en la nevera. Pero el Joe sí…


por Daniel Castropé
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