El muro de José Luis

La letra es algo más que letra

Los libros son asombrosos. Mágicos, aunque es palabra manida y agotada, los retrata con la cercanía posible en el imposible de equiparar imágenes y vocablos. Lo compruebo a diario. Me solazo con su función de prisma, de espejo, de bumerán, de catarsis.



Hoy, cuando las noticias que trae el viento me recordaron que se cumplen 15 años de la caída del muro de Berlín, lo primero que evoqué fue una frase aprendida de un manuscrito que hace no sé cuántos años leí de un tirón en una de esas jornadas de jurado calificador que nos enfrentan a la obligación de navegar textos insospechados, muchos de ellos indeseados o pesados o frágiles y solo algunos, pocos, excepcionales, gratos y memorables como este que ahora invoco. La frase es: “Si dos hombres no saben convivir, ninguna ideología sirve para nada”. Creo que el autor la había tomado del diálogo de una película. Y me sucede con frecuencia: una palabra, una frase, se me graba. Luego se convierte en atmósfera. Olor, quizás. Y un invisible hilo que no cuelga del tiempo, la guarda para la hora señalada, el momento en que una circunstancia retenida en un espacio en hibernación se descongela y brinca como una araña negra que te cae de repente encima de la cara, o la sombra de las alas de una paloma blanca te despierta de un semisueño muy parecido a la presencia de una salamandra diabética, una orquídea dormida: “Si dos hombres no saben convivir, ninguna ideología sirve para nada”.



Esa frase, ese libro, no sé por qué, en los recovecos de mi memoria está ligado con la imagen del muro de Berlín. Antes y después. Levantado y caído, como el sueño de la salamandra y la orquídea.



¿Y el libro? Se trataba de un original escrito a máquina y enviado con más de cien novelas de diversa procedencia, para un concurso literario. De algo más de 200 páginas, escrito de un jalón, un solo párrafo/capítulo, que constituía simultáneamente monólogo vertiginoso, confesión de múltiples secretos, vehículo de purificación para espantar demonios interiores y despertar los recuerdos de un hombre destinado (¿condenado?) a escribir.



Junto con los escritores y amigotes Alberto Duque López y Hugo Ruiz, le otorgamos en forma unánime el Primer Premio en la Undécima versión del Concurso de Novela Aniversario Ciudad de Pereira (1993), del cual fuimos jurados.



José Luis Díaz-Granados, el ganador, quien utilizó el seudónimo de Grulla —ave viajera que en todo se fija, de buena memoria, gran amiga del viento—, trajinó diez años en el proceso que, más allá de un libro, parecía un espejo en cuya superficie era posible ver al protagonista como a una especie de trashumante desenfrenado, o encontrar, como lector, el propio rostro: el escritor es, siempre, un ser solitario que a toda hora guarda imágenes, palabras, sensaciones, sonidos; un individuo que sabe que el acto físico de escribir es apenas uno de los infinitos elementos que componen el arte de narrar.




En el caso de El muro y las palabras, el libro ganador de José Luis, se trataba también del arte de permitir que el verbo se desbocara, que se reunieran en una orgía, en una fiesta loca, los olvidos y los recuerdos, la vigilia y el sueño. Lejos de saber, su autor, que con el paso del tiempo convencional sucederían vivencias tan delirantes como maravillosas: asociar el recuerdo de su libro con un suceso de la historia.



Hoy, después de tantos años, no podría afirmar si el libro gira alrededor del muro, pero sí sé que el recuerdo de su lectura me conduce allí. Lo demás son olvidos difusos: el alarde viajero, ciertas ínfulas de erudición literaria, melómana, amatoria, filosófica, que se hacían válidas con la música que permanecía como elemento del lenguaje, del espacio y del tiempo, y que me llevaba de la primera a la última página sin permitirme respirar (no tenía ni siquiera un punto aparte), pero sin ahogarme.



Tal como lo recuerdo, José Luis hizo un concierto lírico con los apuntes para una autobiografía. Tal vez un borrador, pero de todas maneras un texto grato. Es —él lo sabe— “apología de un tocador de teclas”. ¿Novela? No, si cayésemos en la trampa de entrar en el juego de los clasificadores de géneros. Sí, si recordamos la lección de Stendhal: “Señor, una novela es un espejo que se pasea sobre un gran camino...”.



El muro y las palabras, al final, adquiría un tono amargo, triste, que nublaba el cielo abierto y radiante que ocupaba el resto del éxtasis. Pero valía también, porque el mismo maestro lo dijo: “A veces refleja ante sus ojos el azul de los cielos, y otras el fango de los pantanos de la senda”.



El muro y las palabras, además, me llega como un tránsito antes, en lo que algún día fue presente y en todos los tiempos y destiempos de eso que ya es imagen llamada El muro de Berlín, ficción que se hizo historia y volvió a ser ficción. Libro, texto, muro y palabras que leeré de nuevo para ver si aún están allí estas cosas que hoy recuerdo. Si permanecen o se han trasmutado, están en su derecho. Yo, lector, en el mío.



¡Qué curioso! No me lo van a creer. Y no me importa. También la vida es libro y como en ellos ocurren prodigios como este: ahora, cuando ya terminaba de desovillar mi hilo desde el muro, una mano invisible me acaba de mandar un texto que no sé si tildarlo de milagro, ardid de la imaginación o coincidencia. Díganme ustedes si vigilo o sueño. Lo que a mí me interesa es que “Si dos hombres no saben convivir, ninguna ideología sirve para nada”.



Por Ignacio Ramírez
Director de Cronopios

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