El padre John Mahony vino desde Londres a calmar los pesares de Cartagena

Combina ahora el púlpito con un cargo en la Alcaldía del 'corralito de piedra'

A simple vista lo que menos parece es un sacerdote. Pero sí lo es, y en ello se convirtió principalmente por amor a Dios, vocación de servicio a la comunidad y como respuesta al impacto que generaban en su niñez los misioneros que frecuentaban el colegio en su natal Londres, Inglaterra.


John Mahony es un ser realmente especial. Y no por el simple hecho de ocupar un cargo público en la Alcaldía de Cartagena de Indias, pues en Colombia casos similares se han dado en disímiles ciudades principales e intermedias como Barranquilla, en la Costa Atlántica, en donde dos veces agenció los destinos de esa próspera urbe el ‘cura’ Bernardo Hoyos, quien hoy afronta delicados procesos ante la justicia por supuesta malversación de fondos públicos.


Mahony es sui generis por haber iniciado su ministerio sacerdotal no precisamente en el Paraíso.


Recién llegado a Colombia en los albores de los años 90, el religioso tuvo su primera prueba de fuego en el norte del departamento de Bolívar, en una zona con asidua presencia guerrillera. Su misión pastoral allí no fue fácil. En el púlpito tenía que medir el alcance de cada palabra a pronunciar. Una expresión demás pudo haberle costado la vida y, de hecho, su existencia estuvo en peligro en varias ocasiones. “Pero Dios siempre me sacó de los malos momentos que tuve que vivir”, recuerda con emoción.


En medio de las dificultades, el padre Mahony siempre se inclinaba por los más necesitados. Ante él, como mediador de Dios en la tierra, muchos se acercaban en busca de una palabra de aliento. Era la época álgida del conflicto armado en Colombia cuando por el simple robo de una gallina, acción punible derivada del hambre en nuestro campo, los grupos alzados en armas tomaban justicia por su propia cuenta. En la mente del presbítero hay tantos episodios tristes como estrellas en el cielo.


Pero también tiene latentes momentos de efervescente alegría. “A pesar de tanto llanto de hijos huérfanos y esposas viudas pude apreciar el deseo de los colombianos por salir adelante, de caminar sin miedo a una bala perdida, de derribar la pobreza y alcanzar mejores estándares de vida. Hoy Colombia es diferente a lo que me tocó vivir en la década pasada”, dice.


Para el sacerdote católico en toda obra misionera está implícito el riesgo. Jesucristo en sus tiempos en el mundo debió enfrentarse a los gentiles intentando cambiar un sinnúmero de paradigmas. El Mesías fue capaz de rebatir los conceptos manidos de los religiosos ortodoxos de entonces quienes no concebían esa sana mutación de costumbres defendida por el Señor de Señores. “Los riesgos se me convirtieron en el pan de cada día haciendo de mi una persona más espiritual”, asegura.


Un par de ocasiones se vio en la imperiosa necesidad de huir en busca de sosiego en Cartagena o Bogotá. Pero nuevamente volvía a calmar los dolores de carne y hueso de tantas personas que le profesan amor y cariño fraternal. El padre Mahony es una especie de siervo de Dios hecho para las dificultades, por ello aceptó el último más grande reto de su vida: la Secretaría de Participación Ciudadana de la Alcaldía Mayor de Cartagena de Indias.


“Yo he trabajado en entidades como Pastoral Social llevando ayudas a quien la requiera pero ahora he sembrado en mi mente y corazón una nueva meta: trabajar por ese cordón de miseria que se cierne desde el Cerro de la Popa hasta El Pozón, y más allá, en donde la gente está pasando severas necesidades”, dice Mahony con el rostro enjuto, en medio del dolor que le produce el hecho de que en el sector descrito conviva el 80 por ciento de una ciudad a espaldas del bienestar que provee el turismo nacional e internacional.


El sacerdote es consciente de dos aspectos particulares: erradicar la pobreza en corto tiempo es imposible y darle solución a todos los problemas de la comunidad en casi cuatro años tampoco será real. De lo que si tiene certeza es de la enjundia que desde el primer día de labores ha puesto a la gestión que ya empieza a dar frutos en la ciudad. “Tenemos juntos que acabar con el desequilibrio social, llegar a más gente con los dineros oficiales”, asevera.


Su hiperactividad es impresionante. Hoy está en una reunión en La Popa, mañana la alcaldesa Judith Pinedo le delega recibir al Procurador. No tiene horario fijo de trabajo. Lo mismo le da cumplir sus funciones en la mañana o de madrugada, como cuando desarrolla operativos con las autoridades policiales para detectar la presencia de menores de edad en las calles a altas horas de la noche. Para él, los niños son un bien preciado que debemos cuidar sobremanera. Dejad que los niños vengan a mí, dijo Jesucristo.


A largo plazo, el padre John Mahony sueña con una Cartagena mejor, donde los menores puedan crecer con ideales y bienestar. “Esto es lo que quiere la Alcaldesa porque cuando se suplen las necesidades básicas de una comunidad no podemos esperar menos”.


El clérigo me hace caer en cuenta de una situación en particular: a pesar de sus labores en la Alcaldía no ha dejado de oficiar como sacerdote. Lo hace en la parroquia del barrio El Campestre, en la zona suroccidental del “Corralito de Piedra”.


“Cuando uno es misionero no puede dejar las ovejas solas”, dice el padre Mahony. Y eso lo hace más especial aún.

Daniel Castro Peñaloza

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