El secreto de Washington, no siempre es tan secreto

A menudo es necesario sostener diálogos en clave cifradas para que no se riegue una información del tipo secreta

WASHINGTON — Hay aún muchos secretos reales en Washington. Pero la Casa Blanca más inclinada al secreto en la historia moderna ha aprendido de la manera difícil —incluso mientras su portavoz expresa reflexivamente la advertencia: “No hablamos sobre el espionaje”, o “Lo siento, eso está clasificado”— que debe revelar un torrente de secretos bastante constante todo el tiempo.



Esa es una razón por la cual periodistas y algunos funcionarios gubernamentales están tan preocupados de lo que pudiera suceder ahora en el caso de la filtración de la CIA, el cual pudiera concluir con encausamientos judiciales dentro de una semana. Lo que empezó como un caso estrecho sobre una filtración específica, temen muchos, se ha convertido en una amenaza más amplia a la forma en que se hacen las cosas aquí, un sistema que a menudo beneficia a ambas partes.



La investigación sobre la revelación de la identidad de una agente de la CIA entonces secreta, Valerie Wilson, podría terminar con un cargo ampliamente definido que se reduce a divulgar información secreta, una categoría que cubre no sólo secretos reales, sino el toma y daca diario entre funcionarios y periodistas.



A los reporteros les preocupa un efecto escalofriante, uno que pudiera hacer incluso más difícil explicar lo que el gobierno está haciendo. Algunos funcionarios gubernamentales dicen que temen el impacto porque saben que a menudo es difícil en estos días tratar de justificar una decisión de seguridad nacional, o advertir de una amenaza inminente, o incluso quejarse de algún tipo de recortes presupuestarios sin entrar en territorio clasificado.



En suma, la ley no distingue terriblemente bien entre secretos reales y secretos a medias: Una revelación puede causar la muerte de personas. Pero ese caso es la excepción, en vez de la regla. En cinco años de cubrir temas de seguridad nacional en la Casa Blanca de George W. Bush, he visto información clasificada que ha sido filtrada o repentinamente declarada “desclasificada” por muchas razones, más frecuentemente para explicar una política nueva y en ocasiones para respaldar una declaración presidencial.



Simplemente considere las últimas dos semanas de cobertura de información de la Casa Blanca, que fueron bastante típicas.



Mi colega James Risen de The New York Times desenterró una historia sobre un intercambio de disparos entre fuerzas estadounidenses y sirias a lo largo de la frontera de Irak. Juntos, empezamos a explorar su significado más grande: Un debate interno en la Casa Blanca sobre si el Presidente Bush debía permitir formalmente que la guerra cruzara la frontera siria, de manera que los insurgentes reunidos ahí pudieran ser detenidos antes de que atacaran a las tropas estadounidenses en Irak.



Los principales asesores de política exterior del presidente se reunieron para discutir este asunto el 17 de octubre, aunque oficialmente la Casa Blanca no reconoció que la reunión tuviera lugar.



Pero una vez que comprendieron que escribiríamos el artículo de cualquier manera, se sintieron obligados a hablar, de manera que no pareciera que se topaban con una expansión de la guerra. Fue casi imposible discutir la política sin toparse con acontecimientos que nunca fueron hechos públicos y el debate sobre si el presidente debía emitir una “conclusión” clasificada que permitiera la acción en Siria.



Nuestras fuentes más creativas encontraron una forma de hablar cuidadosamente, usando frases en código como “si esa reunión sucediera” o “si el presidente decidiera”.



Mucho de lo mismo sucede cuando presiono a los funcionarios para que expliquen las opciones del gobierno para iniciar una retirada en Irak el año próximo. Esto significa abordar la declaración del presidente a menudo repetida de que “conforme los iraquíes se afiancen, nosotros podremos retirarnos”. De manera similar, no se pueden discutir inteligentemente las ambiciones nucleares de Corea del Norte e Irán, o la acumulación de misiles de China, sin intercambiar hechos marcados como clasificados.



Por ello no es poco común que esos hechos salgan a la luz, en ocasiones gracias a funcionarios que buscan hacer despertar al gobierno o al Congreso para que vean lo que ellos consideran una amenaza subestimada. En el gobierno continúan las filtraciones estratégicas, especialmente si los funcionarios piensan que pueden ocultar las fuentes de la información y hacerla pública sin poner en peligro la vida de alguien.



Suceden los errores de juicio. Tan pronto como las organizaciones noticiosas en todo el mundo informaron hace varios años que Estados Unidos estaba escuchando las conversaciones por teléfono satelital de Osama bin Laden, él dejó de hacer las llamadas, dicen funcionarios de espionaje. Pero un caso tan claro es poco usual.



Si hubo algún día en que el material clasificado era mantenido en un cajón bien cerrado, completamente separado de los argumentos políticos y el “material de fuente abierta”, todo terminó con los Pentagon Papers, el caso de la filtración de los documentos secretos del Pentágono sobre la guerra de Vietnam.



Hay momentos en que lo que es clasificado como secreto en la mañana se vuelve del dominio público en la tarde. Hace dos semanas, Bush pronunció un discurso defendiendo su historial de combate al terrorismo, diciendo que Estados Unidos y sus aliados habían frustrado 10 conspiraciones terroristas, incluidas tres en Estados Unidos. No describió ninguna de ellas, y su portavoz, Scott McClellan, declinó dar detalles.



Pero a última hora de la tarde —después de acaloradas conversaciones entre reporteros y la Casa Blanca, y luego la Casa Blanca y agencias de espionaje— la Casa Blanca envió a los reporteros por correo electrónico una lista de conspiraciones. Fue una mezcla de casos que eran bien conocidos y algunos que nunca antes se hicieron públicos. Un alto funcionario que habló sobre ellos esa noche dijo en broma que unas horas antes podía haber sido encarcelado por discutir el tema.



“Ahora lo publicamos en el sitio de Web de la Casa Blanca”, dijo.



Podría haber dicho lo mismo de una carta, aparentemente escrita por Ayman alZawahiri, un destacado líder de Al Qaeda, que fue confiscada por el espionaje estadounidense a principios de este año. Hace unos meses, su existencia era mantenida en secreto. Pero el gobierno la divulgó a principios de este mes para respaldar el argumento de Bush de que extremistas islámicos están buscando crear un califato desde España hasta Indonesia.



El gobierno desclasificó todo tipo de información de inteligencia sobre el programa de armas de destrucción masiva de Saddam Hussein para que el entonces Secretario de Estado Colin L. Powell pudiera discutirlo públicamente en su famosa presentación del 5 de febrero de 2003 ante Naciones Unidas. Desafortunadamente para él, casi todo los ejemplos citados resultaron ser erróneos.



Posteriormente en 2003, la Casa Blanca se resistió durante semanas a los llamados de desclasificar partes de las Estimaciones del Espionaje Nacional sobre Irak que formaron la base para los argumentos de Powell, y los de Bush y el vicepresidente Dick Cheney. Esas estimaciones fueron alguna vez consideradas las joyas de la corona del mundo del espionaje. Eventualmente, la Casa Blanca fue forzada a ablandarse después del goteo constante de acusaciones de que el presidente había manipulado la información de inteligencia para justificar la invasión de Irak. Una vez que se volvió pública, la estimación se convirtió en la Prueba A de lo que ha salido mal dentro de la comunidad de espionaje de Estados Unidos.



El tema del secreto no desaparecerá. Esta semana, un fiscal causó conmoción en Washington: cualquier encausamiento está destinado a cambiar las reglas no escritas de las filtraciones autorizadas y no autorizadas, aunque sea por un tiempo. Pero a la semana siguiente, funcionarios gubernamentales tendrán que explicar a los aliados, a otras naciones y a los reporteros por qué están tan preocupados de que Irán pudiera estar construyendo una bomba, y por qué creen que Corea del Norte debe permitir inspecciones de cada rincón, hendidura y cueva en el país. Y para hacerlo, podrían sentirse impulsados a echar mano de su saco de secretos.



DAVID E. SANGER
The New York Times News Service

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