En las Iglesias de Estados Unidos, hay división y quizá hasta divorcio

La semana pasada, los episcopalianos recibieron un ultimátum de parte de los máximos jerarcas en la Comunión Anglicana global: Dejen de autorizar bendiciones de parejas gay y de ordenar obispos homosexuales, o enfrentarán la expulsión de la Comunión

La esclavitud dividió no sólo a Estados Unidos, sino también a sus iglesias. Los metodistas, presbiterianos, bautistas y otros también se dividieron entre Norte y Sur, y algunos no se volvieron a unir en más de 100 años. Otros, como la Convención Bautista del Sur, nunca lo hicieron.


Ahora algunas de estas mismas iglesias están enfrentando una disputa en torno a la homosexualidad que está resultando más intratable que cualquier tema social desde la esclavitud. No es una explosión, sino una lenta combustión que ha estado encendida en algunas denominaciones durante unos 30 años; más tiempo que la batalla en torno a la ordenación de mujeres.


Las mujeres ganaron esas batallas en las principales iglesias protestantes, y aunque las iglesias perdieron algunos miembros, permanecieron en gran medida intactas. Pero está lejos de ser claro si la disputa en torno a la homosexualidad terminará igual.


Esa es la razón de que todos los ojos estén puestos ahora en la Iglesia Episcopal. Con 2.3 millones de miembros, es apenas la décimo quinta más grande en Estados Unidos, pero es una institución venerable y rica que ha producido uno de cada cuatro presidente estadounidenses, la Catedral Nacional de Washington, y un conflicto interno en torno a la homosexualidad que la ha acercado más al cisma que a cualquier otra iglesia. La semana pasada, los episcopalianos recibieron un ultimátum de parte de los máximos jerarcas en la Comunión Anglicana global: Dejen de autorizar bendiciones de parejas gay y de ordenar obispos homosexuales, o enfrentarán la expulsión de la Comunión. Les dieron hasta el 30 de septiembre para decidir.


Los presbiterianos, luteranos y metodistas también han tenido batallas en torno a la homosexualidad, pero el conflicto en la Iglesia Episcopal se amplía porque está desarrollándose en un escenario internacional. La Iglesia Episcopal es un miembro de la Comunión Anglicana, una afiliación mundial de 38 iglesias integrantes que surgió de la Iglesia de Inglaterra. La Comunión afirma contar con 77 millones de miembros, lo que la convierte en el tercer órgano eclesiástico más grande del mundo después de la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa.


Hasta el escándalo de hace cuatro años, cuando un sacerdote abiertamente homosexual, V. Gene Robinson, fue consagrado obispo de Nueva Hampshire, muchos episcopalianos decían que nunca habían oído hablar de la Comunión Anglicana. Ahora están poniendo atención.


El poder en la Comunión se concentraba anteriormente en Inglaterra y Norteamérica. Pero el verdadero crecimiento en el cristianismo en los últimos 40 años ha sido en Africa y otras partes del mundo en desarrollo, y la Comunión Anglicana ha sido parte de ese esfuerzo de evangelización. La Iglesia Anglicana de Nigeria es ahora siete veces más grande que la estadounidense, y su arzobispo, Peter J. Akinola, se ha convertido en el abanderado de la causa de los conservadores. Ha buscado una alianza con los conservadores estadounidenses en la Iglesia Episcopal, que son incuestionablemente una minoría pero que están dispersos en todo el país.


En muchas iglesias estadounidenses, la división sobre la homosexualidad no es ni generacional ni geográfica, a diferencia de la división Norte/Sur sobre la esclavitud. La homosexualidad no es la causa de la división, simplemente “la gota que derramó el vaso”, dijo John L. Kater, conferencista sobre Estudios Anglicanos, en la Escuela de la Divinidad Eclesiástica del Pacífico, en Berkeley, California, un seminario de inclinación liberal. Las diferencias latentes giran en torno del entendimiento básico de la tradición y las Escrituras. Los conservadores dicen que son algo sagrado y fijo, mientras que los liberales dicen que pueden estar abiertas a la interpretación y responder a nueva información.


Ese enfoque ha dado forma a sus respuestas. Los liberales insisten en que lo que define al anglicanismo es la diversidad teológica, y los conservadores afirman que el anglicanismo requiere un compromiso con la doctrina. Los liberales están diciendo: “Todos no podemos estar siempre de acuerdo”, mientras que los conservadores dicen: “¿No podemos simplemente alinearnos?”


Difícilmente un espectáculo cristiano, la rivalidad ha sido más como una competencia donde los conservadores y los liberales están peleando para hacerse caer de un tronco que gira, mientras tratan de hacerlo ver como si sus adversarios hubieran saltado voluntariamente. Ahora, con el ultimátum, los liberales quizá necesiten mucho malabarismo para permanecer sobre el tronco.


Las pasiones están tan elevadas que en los más de 150 sitios de blogging anglicanos, los insultos son viciosos. Los conservadores llaman a sus colegas liberales “episcopaganos”, apóstatas y revisionistas, y se refieren a sí mismos como los “guardianes de la fe”. Los bloggers liberales lanzan epítetos como “cristianazis” y “anglicanos neoconservadores”.


La semana pasada, Sarag Hey, una blogger en Carolina del Sur que es popular entre los conservadores, escribió de un cisma: “Permanente. Duradero. Amplio. No puedo esperar”. En su siguiente mensaje, añadió: Y Ancho. Y Profundo. Y Amargo. Y Expansivo. Y Público”.


Sin embargo, el cisma no es inevitable. La lucha en torno a la ordenación de mujeres, que se vivió en los años 50, 60 y 70, causó tensión en la mayoría de estas denominaciones protestantes, pero no las dividió. Algunos clérigos de alto perfil y algunas iglesias ciertamente se separaron, pero las iglesias metodista, luterana, presbiteriana y episcopal ahora ordenan mujeres.


Sin embargo, algunos rincones conservadores de la Iglesia Episcopal y algunas provincias en la Comunión Anglicana aún no ordenan mujeres como sacerdotisas u obispas. Cuando la Iglesia Episcopal eligió a una mujer, Katharine Jefferts Schori, como obispa presidente el verano pasado, echó sal en la herida, dijo Kater. “La fuerza de la reacción por parte de los conservadores en torno a la homosexualidad es en parte debido a una sensación de ofensa por la ordenación de mujeres”, dijo.


Dale Basil Marin, profesor de estudios religiosos de la Universidad de Yale, dijo: “Cuando surgió la ordenación de mujeres en los años 70, las iglesias africanas no eran tan fuertes como lo son ahora”.


Otra diferencia es que la lucha en favor de la ordenación de mujeres fue encabezada por mujeres ya organizadas en sociedades de misiones y ligas femeninas, dijo Mark Alan Chaves, profesor de sociología de la Universidad de Arizona y autor de un libro sobre los conflictos en torno a la ordenación de mujeres.


“No eran activistas, eran mujeres de la iglesia, parte del sistema, y a menudo fueron actores clave en términos de impulsar a sus denominaciones a hacer esto”, dijo.


La cuestión ahora es si la batalla en torno de la homosexualidad en estas iglesias terminará más como la que giró en torno a las mujeres, o la referente a la esclavitud.


En la Comunión Anglicana, las iglesias han sorteado batallas doctrinales en el pasado plasmando en papel sus diferencias, literalmente emitiendo documento tras documento que graciosamente manifestaba acuerdo o desacuerdo, o postergando la cuestión hasta que se enfriaban los ánimos en la siguiente reunión.


La Iglesia Episcopal es una de las pocas que no se dividió en torno de la esclavitud. Las iglesias en los Estados Confederados formaron una alianza separada, dijo Kater, per la Iglesia Episcopal nacional se reunió con ellas y “fingiendo que estaban fuera de la habitación”, eliminaron por votación los nombres de las diócesis “como si sólo hubieran ido al cuarto de baño”.


“Después de la guerra hubo un sencillo proceso de reconciliación, y fueron reincorporadas como si nada hubiera pasado”, dijo. “Me enseñaron en el seminario que esta era la gran fuerza de la Iglesia Episcopal, que cuando todas las otras iglesias se dividieron, ésta permaneció unida y esto era signo de su gran sentido de la unidad. Pienso que fue vergonzoso, que la iglesia considerara la unidad más importante que la esclavitud”.

LAURIE GOODSTEIN
NUEVA YORK

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