En las relaciones entre Gran Bretaña y Pakistán, el cricket es la parte fácil

Cuando el equipo de Pakistán juega en áreas del norte de Inglaterra con grandes poblaciones inmigrantes, los británicos jóvenes de ascendencia asiática a menudo se envuelven en banderas paquistaníes desnudando la verdadera naturaleza de la lealtad de los inmigrantes

Hubo un momento la semana ante pasada en que los titulares de los periódicos parecieron fusionarse.



En un lado de la página estaba la narración desplegada de una conspiración contra aviones comerciales transatlánticos, que se dice fue tramada por musulmanes británicos, muchos de ascendencia paquistaní. Del otro lado estaba la nota del equipo nacional de cricket de Pakistán que es acusado de hacer trampa, y abandonar su partido contra Inglaterra.



Entre las dos había una fotografía de jóvenes protestando. Pero el lector necesitó consultar el pie de foto para determinar si la misma trataba del terrorismo o del cricket (era del cricket).



Podría imaginarse que naciones iniciadas en los misterios corteses del cricket al menos mostrarían una cortesía similar y superficial en los asuntos más amplios de la paz, la guerra y el respeto mutuo.



Pero ese no es el caso. Cualquiera que sea el lazo que el cricket pudiera producir, no se compara con el poder de la vergüenza para dividir al mundo en ganadores y perdedores, víctimas auto ungidas y jefes supremos auto promovidos.



En los deportes, como en la política global, una historia de desaires percibidos se une fácilmente con un momento de ira cuando el orgullo y la venganza dictan medidas extremas. Eso mismo ha sido claro desde la Sudáfrica del apartheid hasta Medio Oriente: pocas pasiones calan tan profundamente, o demandan satisfacción, como la humillación.



“El orgullo de la nación ha sido herido”, dijo InzamanulHaq, el capitán paquistaní, al explicar la esencia de su afrenta ante las acusaciones de haber hecho trampa, y por qué su equipo permaneció fuera del campo.



El escritor y comentarista Kenan Malik explicó los detalles de la controversia en The Times de Londres. “Más que cualquier otro deporte”, escribió, “el cricket ha estado inmerso en la política, especialmente en la política de la raza, la clase y el imperio”.



Pero aunque los británicos podrían comprender las razones para la disputa del cricket, no tienen explicación real para algo que es mucho más grave: la tendencia de algunos jóvenes criados en una democracia centenaria a conspirar no sólo para matar a otros, sino matarse ellos mismos, en un ataque terrorista.



Es tentador decir que el denominador común entre la conspiración y el cricket es el propio Pakistán, y su estatus ambiguo como un supuesto aliado islámico de Occidente.



Desde los años 60, los inmigrantes paquistaníes han sido atraídos a Gran Bretaña por un sueño de prosperidad sólo para ser repelidos, en algunos casos, por la sociedad que encuentran. La cuestión de la identidad surge fácilmente. Algunos paquistaníes se trasladan entre sus hogares étnicos y los adoptados por vacaciones o matrimonios o negocios; o, según las autoridades británicas, el entrenamiento terrorista. Para los hijos de esos inmigrantes, el sentido de sí mismos puede estar atrapado entre el islamismo discreto de sus padres y el llamado a la jihad.



El cricket mismo puede reflejar esas limitaciones. Cuando el equipo de Pakistán juega en áreas del norte de Inglaterra con grandes poblaciones inmigrantes, los británicos jóvenes de ascendencia asiática a menudo se envuelven en banderas paquistaníes. Un legislador conservador, Norman Tebbit, alguna vez dijo que ese comportamiento traicionaba la verdadera naturaleza de la lealtad de los inmigrantes.



Pero para muchas personas el misterio es por qué un puñado de estos mismos jóvenes británicos —con acceso potencial a las mismas escuelas, películas, deportes y reveses que cualquier otra persona joven en la era postindustrial— debiera congregarse en secreto para conspirar para realizar actos de terrorismo y autodestrucción. Tres de los cuatro atacantes que se suicidaron y mataron a 52 personas más en Londres el 7 de julio de 2005, eran de ascendencia paquistaní, así como la mayoría de las 24 personas detenidas hace dos semanas en la investigación de los aviones comerciales.



La respuesta al enigma radica en parte en la política británica de multiculturalismo —en vez de la integración estilo estadounidense— que deja a las personas de diferentes antecedentes nutrir sus identidades importadas, engendrando separación y aislamiento. “Aunque ha habido enormes beneficios, también hay tensiones”, dijo Ruth Kelly, ministra de Comunidades, en un discurso el jueves.



Pero otro elemento que alimenta esta alienación e intranquilidad es la mezcla de fe y tecnología que vincula a los jihadistas con el mundo más amplio del extremismo islámico.



El propio Internet surge bajo una luz siniestra: introduzca en los motores de búsqueda las iniciales de los explosivos favoritos de los terroristas y el primer vínculo en la lista es un manual de cómo hacerlos. Encienda la televisión de pantalla plana, y las señales de satélite le traen la más reciente carnicería desde Bagdad o Gaza. Las imágenes se ajustan al rompecabezas creando la percepción del umma —la comunidad global del Islam— bajo sitio.



“La guerra contra el terrorismo es la guerra contra nosotros”, dijo Mohammed Mowaz, un ingeniero en computación de 29 años entrevistado fuera de una mezquita en el este de Londres, donde muchos de los sospechosos fueron detenidos el 10 de agosto. El terrorismo, por supuesto, es comprendido por la mayor parte de los británicos que recuerdan al Ejército Republicano Irlandés. El elemento que confunde es el suicidio, la cultura —o culto— de la gloria divina pregonada por los reclutadores ocultos que merodean en los campus universitarios y en el ciberespacio. El éxito de los atacantes suicidas ha sido cambiar la mentalidad de una nación para que ahora haya una nueva y febril aprehensión ante la amenaza incesante.



En los titulares, el cricket se abrió paso al lado del terrorismo, pero sólo por un día. El cricket, después de todo, es un juego. El terrorismo es real, dijo Peter Clarke, jefe de antiterrorismo de Londres: “Está aquí. Es mortal. Y es perdurable”.

ALAN COWELL
LONDRES

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