Entre la sangre y la orquídea


El 28 de febrero pasado abordé un bus intermunicipal rumbo a Cartagena, para cumplir mi cita anual con el Festival Internacional de Cine. Me senté en la última silla de la fila derecha, junto a la ventana. Me quité las botas, los lentes, el reloj y el celular, y los coloqué en un bolsillo de la maleta. Me senté en posición de loto, crucé los brazos y cerré los ojos. De repente, a los tres minutos de haber salido de la terminal, los pasajeros de las primeras filas empezaron a gritar. Abrí los ojos y vi a seis muchachos muy jóvenes, que armados de pistolas, golpeaban a los pasajeros exigiéndoles dinero. Era un asalto. Otro asaltante (un muchacho de no más de 22 años) golpeaba a mi lado al cobrador con la cacha de su revólver, exigiendo que le entregara todo el dinero. Entonces vi con terror que el pasajero que estaba a mi lado, sentado al borde del pasillo (un comerciante guajiro, según me enteré después), sacó un arma y le disparó varias veces al asaltante que golpeaba al cobrador. Cuando eso te pasa, la primera reacción es de incredulidad. No puedes creer que eso te esté ocurriendo precisamente a ti. El tiroteo se intensificó. El bus aceleró. Yo salté por encima de ellos y en medio de las balas atravesé el pasillo y corrí hasta la cabina del conductor, quien arriesgando su vida, pisó el acelerador al máximo pese a que un asaltante le ordenaba a gritos y amenazándole con un arma que se detuviera. Finalmente paramos a pocos metros de una estación de policía. La puerta se abrió, salieron cuatro asaltantes que inmediatamente se internaron en el monte; detrás salí yo, presa de un ataque de histeria. Sobre mi puesto, yacía el cadáver del quinto asaltante, el muchacho que revólver en mano le exigía al cobrador que le entregara todo el dinero. Los pasajeros capturaron en el interior al sexto. Lo bajaron a rastras y ante la mirada impávida y complaciente de los policías le dieron una tunda de golpes. La policía bajó las maletas y no dejó subir a nadie. Me entregaron mis botas y mis dos maletines. Ni del celular, ni de los lentes de sol, ni del reloj volví a saber nada. Era imposible subir al bus a buscarlos antes de que llegara la fiscalía a realizar el levantamiento del cadáver. Estaba oscureciendo, estábamos a la salida de Barranquilla, casi en medio de la nada, y de la nada apareció una multitud de curiosos que se turnaban para darle puntapiés y golpes de toda índole al cuerpo del asaltante que sin oponer resistencia y sin proferir una queja, se revolcaba en el piso custodiado por cuatro policías. Uno de los uniformados lo reconoció como uno de los asaltantes capturados en el mismo sitio el mes pasado - “No entiendo qué es lo que pasa” - dijo con acento paisa - “uno los coge, pero como la gente no pone la denuncia, salen enseguida, péguenle duro a ver si aprende”. En ese momento recordé a Feliciana, una médium de la Sociedad Espiritista quien me dijo una vez: “Nunca apoyes un linchamiento. Cuando veas que una persona está siendo linchada, piensa en su madre, en el dolor que eso le causará a su madre”. Y sí, pensé en el dolor de las madres de ese par de muchachos equivocados. El que murió en el interior del bus y el que era golpeado por la multitud; los imaginé despidiéndose de sus madres esa mañana, sin que tal vez ellas supieran para donde, a que se dirigían.

“Sonó en la noche un disparo. El disparo, luego el ruido del martillo y del girar del tambor, hizo un itinerario por las sombras. Y un hombre, a la mañana siguiente entró al olvido. Engullido de sombra. Masticado de brumas. (....) Un viento dulce acaricia mis cabellos. Acaso sean las manos ausentes de mi madre”.

¿Cómo juzgar el pragmatismo de la policía? ¿Cómo juzgar al comerciante guajiro que disparó salvándonos a todos? Empapado en sangre, y con el arma a la vista de todos, fue felicitado tras la faena y embarcado en un taxi. Mi hermano menor, oficial de la policía nacional, me lo decía alguna vez: “La vida real no es poesía, no seas estúpida. Si tú estuvieras en la calle y te enfrentaras como a mí me toca con esos malandros harías lo mismo. Si les das una tunda escarmientan y no lo vuelven a hacer. Si no escarmientan se ponen peor y la próxima los matas. No existen estaciones de policía para ellos, todas están llenas, son demasiados. La cárcel no acepta uno más, y la gente no los denuncia y salen enseguida. ¿Qué harías en mi lugar hermanita? Son ellos o eres tú. Es muy fácil criticar cuando no se está en pellejo ajeno. ¿Qué harías en mi lugar?

No, no lo sé hermano mío, no sé qué haría en tu lugar. No tengo la menor idea. Pero sucede que yo soy afortunada, no estoy obligada a defenderme con un arma. ¿Cómo juzgar al que lo hace?

“Y yo que nunca fui a la guerra, pero tengo un alma amotinada, yo que nunca quise ser soldado pero sé guardar mi corazón en la trincheras, recostado en olorosos pastizales festejo mi franquicia para el sueño”

Mi abuelo decía que no existen seres equivocados, que todos tenemos un poco de razón. Quizás sea justo que un muchacho que sube armado a un bus dispuesto a matar o a hacerse matar encuentre la muerte. Quizás sea justo que la policía hastiada de capturar rateritos que salen enseguida de la cárcel, permita que la comunidad en alguna medida tome justicia con sus propias manos. Quizás sea justo admitir que todo lo anterior está mal, que esto es un laberinto de mierda sin salida, sin víctimas inocentes. Donde todos somos culpables por acción u omisión. Que no es necesario que la muerte te roce de cerca para tomar conciencia de que hay que hacer algo para detener esta hecatombe. Que no hay tiempo que perder, que no hay escondite.

“Hablo de un lugar cuyos inciertos habitantes podemos desaparecer definitiva o temporalmente, hasta ser encontrados en el borde del camino, en el adentro de la zanja. El otro país, el oscuro, nos está matando la alegría, nos está matando a los que sueñan, a los hombres que dan voz al limpio viento. La paz es sólo una palabra en los arrugados papeles que arrojan en letrinas los disfrazados querellantes. La voz del gran mudo, nada dice. Ella espera instrucciones. Llegado el momento de tener más amigos en las tumbas que en los bares, me hago hermano del hermano de los muertos, enamorado de los que aman el amor de los vivientes”

Atormentada me embarqué en otro bus intermunicipal. Desde la ventanilla vi la detención de un par de muchachos que nada tuvieron que ver con el asalto. Sólo entonces me di cuenta que llevaba la ropa llena de sangre.

Cartagena, 15 de abril, a mediodía, cuando las aceras rebosaban de chicuelos que salían de la escuela, a pocos metros de la casa de mi madre, fueron ultimados por la policía un par de jóvenes sicarios que acababan de matar a un hombre. Llevaban granadas de fragmentación e intentaron protegerse en la casa de la señora Amparo, una vecina lenguaraz, cuya puerta permanece siempre de par en par por cuenta de la bestial canícula cartagenera.

“Cada noche, en las calles de erizados vecindarios, escucho las bocas que cantan el danzón de las pistolas, una bala que inaugura un surtidor de rosas rojas”

Una antigua maldición china asevera: “deseo que vivas en tiempos interesantes”. Bienvenidos al futuro compatriotas: He aquí nuestro tiempo interesante. Nuestra pesadilla colectiva, nuestro camino sin escalas al infierno.

“ (...) Por los mismos caminos donde un hombre como fruta madura se desangra. Nuestro país (si alguna vez ha sido nuestro) no perdona la risa de los niños. Cada mañana un cadáver en las plazas. Cada noche mujeres visitadas por el miedo que golpea las ventanas. Cada palabra: un pájaro tocado por la muerte en pleno vuelo. Alguien llega. Pienso que viene por mis manos”

Los textos entre comillas son versos del poeta Juan Manuel Roca.

Eva Durán
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