Errores chicos, errores graves…


Hoy recuerdo que hace unos años, cuando recibí mi ‘green card’ —la tarjeta de residente permanente de Estados Unidos a la que se le sigue diciendo así por la fuerza de la costumbre, no ya por su color—, en el espacio correspondiente a mi fecha de naci miento, algún funcionario despistado escribió unos datos que ubicaban mi venida al mundo cuatro años antes de la fecha en que la recibí. Para entonces yo ya había pasado de los 40. ¡No hace mucho!

Me divertía entonces pensando lo que darían algunas de mis amigas por ser ‘víctimas’ de un errorcillo así. También me hacían gracia las miradas que me daban los funcionarios de inmigración cuando regresaba de algún viaje y les mostraba el singular documento. Siempre, invariablemente, me miraban y revisaban incrédulos la tarjeta, luego digitaban algo en el computador, hasta que finalmente llamaban a un supervisor para preguntarle qué hacer ante un caso de esa naturaleza. El jefe repetía de alguna manera los pasos de su subalterno y concluía con un lapidario: “Nada, déjalo seguir, porque evidentemente fue un error nuestro”.

Me olvidé anotar que cuando recibí el documento con el ‘regalito de años’ fui a la oficina de inmigración para buscar su corrección y allí me dijeron que ese procedimiento podía tardar meses y me recomendaron que lo usara así, que no iba a tener problemas al mostrarlo en aeropuertos y oficinas de control aduanero, porque allí tenían forma de saber si se trataba de una ‘green card’ valedera. Que mejor esperara hasta convertirme en ciudadano y no tuviera que usarla más. Eso hice y aquí estoy... con unos años de más, pero sin tener que someterme al escrutinio extra cuando viajo.

Ese error —de pronto ‘imperdonable en un país como este, pero error al fin— no dejó secuelas y apenas si quedó como una anécdota graciosa en mi vida, pero hay otros que definitivamente resultan gravísimos, como todos los que ahora están saliendo a la luz en el triste y desolador caso de la niña Nubia Barahona, la pequeña adoptada que murió por la sumatoria de fallas, negligencia y mediocridad de funcionarios que estaban supuestos a velar por su bienestar y el de miles de niños. Muchos de ellos con menos años que aquellos de mi ‘green card’...
Alfredo Mantilla
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