De Maracaibo a Barranquilla: un paseo… mucha emoción

Es un viaje de 500 kilómetros por la carretera Troncal del Caribe, que une a las dos ciudades más similares —Maracaibo y Barranquilla— de dos países que una vez fueron uno solo en tiempos del Libertador Simón Bolívar

Escrito el 23 mar 2006
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La primera etapa de este viaje de 500 kilómetros por la carretera Troncal del Caribe, que une a las dos ciudades más similares —Maracaibo y Barranquilla— de dos países que una vez fueron uno solo en tiempos del Libertador Simón Bolívar, comienza en Maracaibo, llamada la “Tierra del Sol Amada”, capital del estado Zulia y segunda ciudad de Venezuela, fundada en tres oportunidades, primero por un alemán, y posteriormente por dos españoles.



Su localización como puerto sobre el lago más grande de Sudamérica y centro de la industria petrolera venezolana, le propicia un clima de altas temperaturas. El primer trayecto se recorre en dos horas por una vía de un carril de ida y otro de regreso, transitada por camiones cargados de mercancías, autobuses, vehículos particulares y taxis colectivos de matrícula venezolana, modelos del 1970 al 80, un poco deteriorados.



Aquí encontramos una joya de gran valor histórico, la encantadora Laguna de Sinamaica, un lugar de atractivos y bellezas naturales, asentamiento de la etnia AñuParaujana, quienes aún mantienen viva su lengua y otras manifestaciones culturales. Los nativos viven en los llamados palafitos, en las aguas de la Laguna, y derivan sus ingresos de la pesca, artesanía, turismo, agricultura y el comercio.



En Guarero está la garita del control migratorio y aduanero venezolano, y diez metros más adelante, La Raya, o borde donde se encuentran los dos países. En el lado de Colombia el puesto de trámites internacionales se llama Paraguachón.



A quince kilómetros del límite aparece la bulliciosa Maicao, principal puerto de entrada de productos venezolanos a Colombia y municipio del departamento de La Guajira, con sus calles atiborradas de almacenes, tiendas y bares, cuna de negocios donde puede encontrarse desde una aguja hasta un motor de Roll Royce. Declarado puerto libre en 1936, fue meca del contrabando de licores y mercancías. En lengua Wayúu (maikou) significa “ojo de maíz”.



Viajando en dirección a occidente, a 76 kilómetros está Riohacha, la capital del departamento de La Guajira, apreciado por su paisaje de desierto y mar, por albergar las rancherías de la cultura Wayúu, por tener la mina de carbón a cielo abierto más grande del mundo, y por regalar románticos atardeceres que persiguen los enamorados en cualquier época del año.



A partir de Riohacha el viajero debe prepararse con su cámara fotográfica para captar instantes de un mar salvaje en unos sectores, que choca contra las rocas, a sólo veinte o cincuenta metros en lo profundo de la carretera. El Caribe se vuelve manso en otras zonas y su oleaje juega sobre las playas de arena blanca sembradas de cocoteros y almendros.



La presencia de la Sierra crea microclimas de frescura, paisajes de verdor, espesa vegetación y atmósfera nublada en ciertos trechos de la calzada. A treinta kilómetros de Santa Marta vale la pena hacer un alto para entrar al Parque Nacional Tayrona, con 15,000 hectáreas de extensión, cuyas costas baña el Atlántico, y que para muchos son las playas más hermosas de Colombia



El Tayrona, cuna de tribus como los Aruhacos y Kogi se caracteriza por sus numerosas bahías, playas, manglares, arrecifes coralinos, peces, moluscos y algas.



Posee más de 100 especies de mamíferos, 200 especies de aves, 50 especies de reptiles y algunas ruinas arqueológicas que relatan la historia de los Tayronas, uno de los pueblos prehispánicos más interesantes de Colombia.



Santa Marta, ciudad fundada por los españoles en 1525, merece tiempo adicional por sus variados atractivos: la bahía más grande y abrigada de América a los pies de la Sierra Nevada, con 5,775 metros sobre el nivel del mar; la Casa de la Aduana, donde vivía el Libertador Simón Bolívar, antes de viajar en busca de descanso para sus afecciones a la Quinta de San Pedro Alejandrino, donde finalmente murió. Hoy se erige allí un museo que guarda sus últimos recuerdos y anualmente es visitado por miles de colombianos y extranjeros.



El otro destino conecta con la Puerta de Oro de Colombia, Barranquilla, distante 90 kilómetros después de pasar Sitio Nuevo y Pueblo Viejo, y el complejo de ciénagas de Pajarales y el caño Clarín Nuevo.



Al cruzar el Puente Pumarejo, el paisaje humano, el ritmo y el estilo de vida nos indican que hemos arribado a la ciudad de Barranquilla, —pujante urbe de la Costa Norte colombiana formada por inmigrantes italianos, hebreos, alemanes, chinos y libaneses—, meta de esta fascinante experiencia de paisajes, sonidos, olores y emociones a lo largo de la Troncal del Caribe y cuna de un Carnaval que es patrimonio de la humanidad...



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Enrique Córdoba
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