el colombiano

Escritor en la encrucijada… y la lora del diplomático

Sabiendo como sé que dispongo no sólo de ingenio sino de estilo para rellenar páginas con destino a mis lectores de prensa, no acabo por definir si lo que debo hacer es continuar hundiendo el dedo en las llagas con comentarios ulcerantes acerca de lo que pasa, o hacerme el pendejo con la realidad atosigante de cada día y buscar temas amenos que distraigan de la penuria. Con el mismo dedito puedo dedicarme a cosquillear sobacos y plantas de pie. El desafío es, en resumen, arrebatarles a los lectores una furtiva lágrima o ponerlos a cagarse de risa.

Puedo hacer ambas cosas sin que me tiemble la mano -es lo que en realidad he venido haciendo desde que compré mi primera máquina de escribir- y me pagan lo mismo por cualquier tema. Igual me da fungir de panfletario que de fabulista entretenedor. Con igual pasión me nutrí de Vargas Vila y Jardiel Poncela. De Zolá y de Woody Allen. De Cioran y de Groucho Marx. Pero un amigo que es jurado del premio Pulitzer de periodismo me dice que me defina, o voy a ser un escritor comprometido como pedía Sartre el siglo pasado y a cantar la tabla se dijo, o voy a ser un distractor, un payaso estelar que convierta en pompas las lágrimas. Si no tomo partido por uno de los dos lances, que ni sueñe con la presea.

Pienso que me va mejor con lo último. Olvidémonos del ultraje o de despertar los ánimos de vindicta. Es casi superior a provocar un orgasmo despertar una carcajada. Por lo menos una sonrisa.

En El Tiempo, veo que prefieren que en vez de referirme a temas bélicos y políticos lo haga a temas cotidianos del peatón, livianos y divertidos, para de esa manera desintoxicar al lector del apremio de la guerra. Y esto proviene de nadie menos que del codirector del periódico, Enrique Santos Calderón, autor de la columna Contraescape -antes de renunciar a ella para dedicarse a los editoriales-. Cómo cambian los tiempos y cómo nos cambia la guerra. El intelectual escapista, por los años 60, el que escribía de temas imponderables, era por lo menos un entregado.

En El País suelo referirme a mis años de infancia y adolescencia en Cali, porque he encontrado en la añoranza vanguardista un filón de sorpresas. Además, siendo un cerebro fugado hace casi 40 años, bueno es hacerme presente en mi cuna con mis más remotos recuerdos. Nunca recibí tantos emocionados mensajes como con las reminiscencias de la explosión del 7 de agosto y del monstruo de los mangones.

En realidad del bonche no queda nada, a lo sumo los ojos negros. Para algo se hizo la sorna, que es el humor que se burla, y la ironía, que es el humor que se devuelve, y la sátira, que es el humor que abochorna con agudeza, y el cinismo, que es el humor sin vergüenza y desparpajado.

Mi papá me compraba los libros de Henry Miller y Bruno Schultz, a pesar de que podrían representar una perniciosa influencia, porque los padres de estos autores también eran sastres. Y cuando Gonzalo Arango escribió, al ver que me había volcado hacia la literatura: “Colombia ha perdido un sastre pero ha ganado un poeta”, papá me confeccionó un traje de paño de tres botones para los recitales. Lo que no le recibí fue el lacito.

El viejo vislumbraba que algún día podría trasmutar las palabras en oro, si me aplicaba. Y si al principio fue difícil con los poemas, muy pronto comencé a hacerlo con la publicidad, donde un eslogan de cinco palabras me daba para vivir y beber cinco meses. Y cuando corté con la propaganda me dediqué a cambiar por oro –por lo menos por plata, mis palabras en periódicos y revistas. Y con los poemas terminé embolsillándome tres premios nacionales de poesía. También lo importante con las palabras era no perder el hilo y saber coserlas.

No me heredaron mis hijos el sentido del humor, que yo consideraba genético, pues cuando los convoco para leerles mis columnas antes de despacharlas salen pitados a alquilar una película en el Blockbuster. Y ni siquiera de Chaplin ni del Gordo y el Flaco. Ni de Elvis ni de Marilyn Monroe. Sino de Marilyn Manson. Me explican compasivos que ellos no pertenecen al reino de la palabra sino al de la música y de la imagen. Pero si eso son mis frases, les digo, puras imágenes y melodía. Cómo no, papi, cómo no. Por mi padre que por lo menos en este tiro se van a quedar sin mesada.

La lora del diplomático

Las conversaciones de paz quedaron en pura mierda. Fui la única criatura del Caguán en reinsertarse.

No se crea que por haber pasado mi corta vida en una mansión diplomática, codeándome con lo más Popoff de la política y el jet set, he dejado de ser lora, es decir, frentera y grosera. Por algo nací, a mucho honor, en San Vicente del Caguán durante las conversaciones de paz del gobierno de Andrés Pastrana, cuando mi comandante Tirofijo dejó al presidente de Colombia esperándolo como lora en estaca. Rompí el huevo con este pico que no se guarda nada, en el Batallón Cazadores de San Vicente, vacío de soldados por el despeje, en un árbol donde eché de menos a mi madre -desplazada, muerta o secuestrada- y fui recibida en las cálidas manos de Tony López, un diplomático cubano comprometido, como muchos otros, con el embeleco de la búsqueda de la paz.

Tuvimos una empatía mutua y él prácticamente me echó al bolsillo. La cocinera del grupo guerrillero le recomendó que me llevara consigo. Me trajo a Bogotá en un vuelo chárter, me instaló en su casa, me entregó a su señora, me bautizaron ‘Paquita’, me enseñó a silbar, a hablar, a reír y a cantar, y me presentó a sus numerosos visitantes, expresidentes de la república, secretarios presidenciales, un excomisionado de paz, gobernadores, embajadores, senadores y periodistas interesados en el cese del conflicto, entre quienes -parando oreja- fui perfeccionando mi percepción de los fenómenos políticos que nos atañen a todos los colombianos. Porque lora sí soy, pero no pendeja.

Las conversaciones de paz, como se sabe, quedaron en pura mierda, y lo único que se saca en claro fue que fui la única criatura del Caguán en reinsertarse. Aunque en realidad, yo nunca tuve ningún pasado lamentable. Ni siquiera figuro en las listas negras de especies en vía de extinción, como las guacamayas, el loro orejiamarillo y los campesinos. Soy del género Amazonas y de la especie Amazónica, como somos millares de ejemplares en el país. Nunca me he posado sobre un fusil. Ni he picoteado una semilla de coca. Ni ejercido la prostitución por esos parajes.

En casa de Tony me he comportado como una dama, haciendo honor al retrato de José Martí. He recibido con juicio las vitaminas, vacunas y medicamentos ordenados por el veterinario, duermo a pierna suelta en una jaula sin rejas, vuelo libremente por todas las habitaciones y suelo ver el atardecer desde una planta del living. Cuando oigo llegar el carro de mi amigo armo el alboroto. Él entra, me saluda, me pone sobre su hombro y me saca a dar un paseo, mientras me va contando para dónde va el mundo. Nunca para dónde vamos nosotros, que eso sólo la Providencia lo sabe. Para venir de los territorios nacionales, soy un ente privilegiado.

Hace unos pocos meses, el gobierno de la isla del caimán barbudo solicitó el regreso de Tonylo, y ahí fue donde comenzaron nuestros hijueputas problemas. Me siento secuestrada en mi propio patio, con mis 30 centímetros de plumas verdes y amarillas y dos libras de peso. No ha valido que Tonylo haya tramitado hasta lo imposible en el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial (hágame el favor el ampuloso nombrecito comparado con su eficiencia); allí le pidieron que diligenciara un formato, por el que pagó 90 mil tablas, al que anexó el certificado del veterinario. Pero eso no sirvió: le pidieron que viajara al Caguán de nuevo -en pleno Plan Patriota- a pedir una autorización de una autoridad ambiental, o por lo menos el testimonio de la cocinera del secretariado, para poderme sacar del país. No valieron las recomendaciones de las amistades reputadas ante el gobierno, bastante ocupado en importar -con métodos non sanctos- a antiguos habitantes de la zona de distensión en el exterior.

¡Ay, Dios mío! Como la ley es la ley con todo y sus aberraciones, Tonylo y su mujer tuvieron que despedirse de mí llorando el 31 de diciembre, dejándome al cuidado de un amigote. Pero no es lo mismo, así me llame por teléfono todos los días. Ya ni cacao me provoca. Me tocará dejarme extinguir, a ver si muerta me permiten volar para ser enterrada en la planta del living de Tonylo, desde donde contemplaba el atardecer.

¿Será que no quieren que me convierta en un cerebro fugado? ¿Pensarán que sé mucho, es decir, que la paz es paja? ¿O sospecharán que voy a recibir instrucción militar en Cuba? Si así fuere, entonces lo que temen es que resulte acreditada como candidata a la presidencia.