Estados Unidos ‘juega’ a dejar el rol del ‘Llanero Solitario’

Tras Irak, el presidente Bush está enfrentando cada vez más lo que podrían llamarse coaliciones de renuentes

WASHINGTON En la apertura de la Asamblea General de Naciones Unidas la semana pasada, el Presidente George W. Bush dijo que Estados Unidos podía lograr hacer más creando coaliciones que actuando como el Llanero Solitario del mundo.



Tras bastidores, sin embargo, sus colaboradores estaban luchando para sofocar un incendio: países a los que Bush considera socios —China, Rusia e India— se estaban uniendo para bloquear un esfuerzo estadounidense y europeo para aplicar sanciones contra Irán por su supuesto programa de armas nucleares.



Washington dio marcha atrás, al menos por ahora. Pero lo que quizá sea más importante es la inusual configuración de países que rompió con Bush y que podría resultar inquietante en el futuro.



Lo que Bush enfrentó desde el recinto de Naciones Unidas la mañana del miércoles fue un extraño nuevo mundo geopolítico, en el cual sus aliados en un asunto están reuniéndose contra él en el salón vecino.



Cuando Bush inició la formación de una coalición tras los ataques del 11 de septiembre, esperaba que Estados Unidos fuera la pieza clave. Pero ahora, tras Irak, el presidente está enfrentando cada vez más lo que podrían llamarse coaliciones de los renuentes, que fomentan sus propios intereses o combaten los objetivos de Estados Unidos en todo el mundo, tema por tema, en busca de petróleo o influencia regional.



Sin duda, este rechazo empezó mucho antes de que George W. Bush fuera presidente. Europa buscaba una estrategia militar común independiente de la de Washington (un experimento con resultados mixtos), y las naciones asiáticas y latinoamericanas se unían, principalmente para negocar acuerdos comerciales.



Pero los años transcurridos desde el 11 de septiembre de 2001 encubrieron muchas de estas tensiones. Los países compartieron su suerte con un presidente que dijo que las naciones tenían que elegir estar "con nosotros o contra nosotros".



Cuatro años después, Bush ya no parece tan irreductible; las tentaciones para que las naciones formen asociaciones adhoc parecen irresistibles. He aquí un vistazo a las más inusuales.



China, Rusia e India



El esfuerzo para adoptar sanciones contra Irán ha fracasado hasta ahora, principalmente debido a esta troika. China e India están creciendo a ritmos que las han hecho voraces consumidoras de petróleo, y por tanto amigas de los iraníes. Rusia ha sido un proveedor clave del esfuerzo multimillonario de Irán para construir un gran reactor nuclear.



Nadie quiere poner en peligro sus relaciones con Irán por un programa de armas nucleares que Teherán niega que exista.



Estos países tienen influencia porque Rusia y China pudieran vetar cualquier resolución sobre sanciones en el Consejo de Seguridad. De manera que Bush se muestra renuente a forzar una votación que pudiera perder, quizá animando a Irán a acelerar su desarrollo nuclear.



El caso iraní ha creado otra asociación momentánea improbable: India y Pakistán. Ambos pasaron décadas creando arsenales nucleares secretos, que apuntan uno contra el otro. Hace tres años Estados Unidos estaba tratando de impedir que los dos países se hagan volar en pedazos uno al otro en su disputa en torno a Cachemira.



Pero ahora Pakistán e India se oponen a cualquier esfuerzo para penalizar a Irán.
Nadie parece pensar que este repentino acuerdo entre Pakistán e Indonesia reduzca su rivalidad.



Pero para muchos en el gobierno de Bush, es asombroso que Pakistán, al que Bush declaró un “importante aliado fuera de la OTAN”, e India, que acaba de alcanzar un acuerdo con Washington sobre cooperación en tecnología nuclear civil, estén trabajando juntos para oponerse a uno de los objetivos antiproliferación más urgentes de Bush. Y nadie comprende a dónde, si a algún lado, podría conducir esta nueva disuasión.



China y Corea del Sur vs. Estados Unidos y Japón



La Guerra Fría mantenía las alianzas simples. En el Pacífico, Estados Unidos estaba del lado de Japón y Corea del Sur. La línea vital de Corea del Norte era China. Luego vino el auge de los años 90, cuando los chinos decidieron que el capitalismo no era tan malo y abrieron relaciones diplomáticas con Corea del Sur.



Ahora, en las negociaciones sobre el desarme de Corea del Norte, la relación entre Seúl y Pekín va mucho más allá de compartir secretos sobre la fabricación de microprocesadores.



Para Washington y Tokio, desarmar a Corea del Norte —que se cree tiene más de seis u ocho armas— es la misión número uno. Si eso significa sanciones y presión que derroque al gobierno de Kim Jong Il, bueno, así es la vida.



Pero los sudcoreanos y chinos quieren desesperadamente preservar la estabilidad primero.



“Nuestro mayor temor es que si el gobierno central colapsa, tengamos a millones de coreanos enojados y hambriendos cruzando nuestra frontera”, dijo un alto funcionario chino en una reciente entrevista en Washington.



Los sudcoreanos tiene un temor similar. De manera que están felices de sostener conversaciones, conversaciones y más conversaciones, en tanto desactiven cualquier riesgo de que Estados Unidos adopte acciones unilaterales.



¿Pudiera esto marcar el principio del fin de la alianza entre Estados Unidos y Corea del Sur?



En dos discursos recientes, el Presidente Roh Moohyun habló abiertamente de un nuevo papel para Corea del Sur, uno mucho menos dependiente de Estados Unidos. Corea del Sur, dijo, desempeñaría un “papel de equilibrio” en la región.



Eso hizo sonar las campanas de alarma en Washington. “Dijimos a los sudcoreanos que los chinos no van a arriesgarse por ellos si las cosas se ponen feas”, dijo un alto funcionario estadounidense.



Pero cuando Corea del Sur fue atrapada hace un año jugueteando en secreto con algunos experimentos nucleares, funcionarios del espionaje estadounidense cuestionaron si el país un vez más estaba pensando en construir la bomba. Los sudcoreanos negaron que éste fuera su objetivo.



Rusia y Europa



De pie en el Ala Este con Vladimir Putin la tarde del viernes, Bush dijo que ha dejado de contar cuántas veces se ha reunido con el líder ruso “porque se me acabaron los dedos de las manos”. Y nunca deja de elogiar a Putin como un socio en la guerra contra el terrorismo.



Pero la realidad es que muchos en la Casa Blanca tienen profundas sospechas de los motivos de Putin y su centralización del poder.



De manera que en momentos clave Putin ha buscado ayuda en Europa, particularmente en asuntos que los europeos y el gobierno de Bush ven de manera muy diferente: la guerra en Irak, Oriente Medio y el calentamiento global, por mencionar tres.



Y, como muchos europeos, Putin no ha exactamente abrazado el llamado de Bush a difundir la democracia alrededor del mundo. Se ha enfadado por las periódicas condenas estadounidenses a sus propias acciones para recuperar el poder del Kremlin.



A principios de este año ofreció a Bush un discurso de 40 minutos en Eslovaquia sobre las imperfecciones de la democracia estadounidense.



“Fue una respuesta crítica e hiriente”, dijo un colaborador de la Casa Blanca. “Y se puede imaginar que el jefe no la disfrutó”.



DAVID E. SANGER
The New York Times News

Acerca del Autor