Eutanasia en cuerpo ajeno

Finalmente, luego de permanecer 15 años en estado de coma y los 14 últimos días sin sondas que la alimentaran, Terri Schiavo falleció en el hospicio en el que miles hacían vigilia rogando por ella y otros porque la dejaran morir

Por más que trato de buscarle una explicación sensata, o por lo menos aceptable, no entiendo cómo se produce en Estados Unidos un episodio como el de Terri Schiavo. Me resulta de una crueldad absoluta que un juez decida -no importa los argumentos esgrimidos por el esposo de la joven mujer en estado vegetativo por espacio de 15 años- dejarla morir sin que médicos o familiares la puedan auxiliar aunque sea con un poco de agua. ¡Qué crueldad!



Esta es una mujer que no dejó ningún deseo escrito acerca de su preferencia en el caso de llegar a una situación como la que le correspondió en desgracia sufrir. El esposo, luego de recibir una millonaria indemnización por mala práctica médica, ‘recordó’ -ocho años después que Terri entrara en estado de coma- que ella le había dicho un buen día que prefería morir a estar atada a la vida ‘de manera artificial’. Es decir, atada a los tubos y máquinas que le han permitido estar entre nosotros por los últimos 15 años de su existencia.



Antes de eso nunca había mencionado, ni a los padres y familiares de su esposa en coma, ni a los médicos que la han atendido todos estos años, nada referente a ese deseo de la desafortunada joven. ¿Cómo una corte acepta como valedero un testamento de esa naturaleza? ¡Vaya usted a saber!, pero el resultado es que de nada han valido los ruegos y llantos de los padres, ni las presiones de millones de personas o la intervención del propio Congreso y hasta del presidente George W. Bush, porque el juez que tomó la decisión se ratificó en ella y lo más probable es que cuando usted esté leyendo este comentario, ya Terry Schiavo haya dejado de aferrarse a la vida de la manera increíble en que lo ha hecho en estos trece días que han transcurrido desde que la desconectaron del tubo que la alimentaba, sorprendiendo a los que decían que no podría sobrevivir más de ocho días.



Es imposible imaginar el dolor de esos padres. De sus hermanos. De sus familiares. De sus amigos cercanos. De todos aquellos que la conocieron y que, por más explicaciones médicas y científicas que les hayan podido dar, han estado todos estos años aferrados a la esperanza de que se produjera el milagro y Terri volviera de su coma profundo, tal como el año pasado ocurrió con una paciente que había permanecido así más años que ella. Personalmente creo en ese precepto de que mientras haya vida hay esperanza y cuando he visto en la televisión a especialistas en la materia diciendo que aunque de la impresión, “clínicamente” Terri Schiavo no tiene “vida propia”, no puedo menos que recordar tantas historias que he escuchado de pacientes totalmente desahuciados por los médicos y que luego han asombrado a todos -especialmente a esos ‘científicos’- al recuperarse ‘milagrosamente’. Algunos usando medicinas nada tradicionales, de las que no venden en las farmacias, y muchos -incluso- sin siquiera usar una aspirina o yerba mágica. Son cosas que se escapan al entendimiento de nosotros, pero que ocurren día a día. Ejemplos sobran.



De cualquier manera, sólo por curiosidad un tanto morbosa, me gustaría saber lo que haría cualquiera de los que han abogado por la eutanasia de Terri Schiavo -especialmente el juez que tomó la terrible decisión- si el lugar de paciente comatoso estuviera ocupado por alguno de sus hijos...



Alfredo Mantilla
editor@elcolombiano.net

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