¿Fuga o expoliación de cerebros?

Los gobiernos se lavan las manos y se consuelan porque su gente ha ido a buscar afuera divisas que llegarán posteriormente como remesas

No es verdad que los cerebros se fugan de los países del Sur. Los países más desarrollados expolian estos cerebros a los países en vías de desarrollo. Desde hace una decada, ha comenzado a gestarse un modelo de caza en territorio ajeno.



Varias multinacionales han abierto centros de investigación en China, donde los prodigios de la tecnología perciben grandes sueldos a cambio de sus preciados conocimientos. Este modelo promete extenderse en otros países por el temor que tienen las multinacionales a que no se protejan sus patentes.



Microsoft Asia tiene bajo tutela a 170 científicos chinos que aportan ideas para el gigante de Bill Gates. Supervisores de estos centros reconocen que las compañías como Microsoft no pueden poner todas sus expectativas en profesionales norteamericanos. Por eso han ido a buscar talento al horizonte asiático. La decisión de ir a China no fue casual. Las compañías sabían la enorme reserva de talento que les esperaba. Esto ayuda a las empresas, pero no al desarrollo de los otros países.



Las empresas nacionales de comunicaciones y de tecnología de estos países que sufren el expolio se estancarán si proliferan los centros de investigación de compañías extranjeras. El talento se drenará hacia esos gigantes, cuyos frutos se recogerán en la sede matriz, a miles de kilómetros. Será difícil que, con los sueldos y con las comodidades de las que disfrutan los empleados de la investigación, empleen sus conocimientos en empresas nacionales que pagan menos.



La protección de patentes frena el libre flujo de los conocimientos. Las multinacionales se mudarán en cuanto vean la propagación de los conocimientos que pretendían apropiarse.



La caza de cerebros no sólo tiene origen en las multinacionales. Los gobiernos han promovido durante años iniciativas para absorber el talento de todos los rincones del mundo. El gobierno alemán modificó hace unos años la legislación para conceder permisos de residencia a 20.000 extranjeros expertos en informática.



El gobierno estadounidense no se limita a brindar facilidades para que jóvenes de todo el mundo hagan sus estudios en Harvard, Yale y Stanford. Les conceden permisos de cinco años para exprimir al máximo la capacidad de innovación que se producen en los años de la juventud. A quienes se integran en el sistema y aportan algo, se les facilita la estancia permanente para que desarrollen ese talento. Incluso se ha propuesto un incremento de 200.000 visados H-1B para extranjeros que hayan terminado carreras relacionadas con las ciencias y la tecnología.



Los gigantes de la informática y la comunicación se abastecen de talento incesante a través de becas a miles de extranjeros. El racismo y la xenofobia existe sólo para quienes trabajan en almacenes, en jardínería o limpiando cocinas y escaparates. Sin embargo, se integran los jóvenes con un Master in Business Administration o con un PHD.



Francia, Gran Bretaña, Holanda y Bélgica captan universitarios extranjeros para que compensen el declive demográfico y la calidad de sus estudiantes, que se enfocan más a estudios de administración que de ciencias. Unos innovan. Otros recogen y administran los frutos de las genialidades ajenas.



Antes los atraían con el sueño de la libertad. Hoy ya se dirigen a la fuente misma del talento. Los gobiernos promueven estas iniciativas porque están conscientes de que, a lo largo de la historia, los jóvenes de entre 20 y 30 años de edad han desarrollado la mayoría de los grandes inventos y las ideas más brillantes.



Los países desarrollados se aprovechan de la inteligencia. Cuando los jóvenes dejan de aportar innovaciones, expiran sus permisos. Vuelven a sus países frustrados, vencidos y, lo más preocupante, enojados. Esto crea fundamentalismos. No sorprende que quienes perpetran ataques terroristas en el mundo occidental han recibido su educación en EEUU, Alemania o Inglaterra.



La apropiación de las materias primas de los países del Sur a cambio de bienes tecnológicos ya suponía un modelo abusivo. Los poderes económicos ya no sólo se contentan con hundir los precios de las materias primas a su antojo, sino que también roban la materia intelectual. No les hacen favor alguno a estos jóvenes capacitados porque, sin las innovaciones que ellos aportan y sin sus materias primas, no podrían mantener su nivel de vida.



Los gobiernos del Sur se lavan las manos y se consuelan al saber que su gente se ha ido a buscar afuera lo que deberían de encontrar en su propio país: oportunidades educativas y un empleo digno.



El expolio de cerebros supone un freno al desarrollo para los países del Sur, que necesitan más que los países desarrollados gente con luz en la frente para imaginar y para proyectar un futuro diferente. Ellos no quieren que les echen una mano. Quieren que les quiten el pie de encima.



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