Insegura yace una cabeza amputada

Una ópera que fue montada en el 2003 se eliminó de la programación de otoño en Berlín por temor a las reacciones islámicas

Se requiere mucho para impactar a una audiencia teatral de vanguardia en Berlín. La producción Deutsche Oper de “Idomeneo” de Mozart agrega una escena en la que se sacan las cabezas decapitadas de Poseidón, Jesús, Buda y Mahoma de un saco ensangrentado y se colocan sobre unas sillas, y la intención es provocar.



No obstante, cuando el director, Hans Neuenfelss, montó la ópera en 2003 se acalló la indignación. Eso fue antes del “asunto de las caricaturas” del invierno pasado, que fue cuando las caricaturas de Mahoma publicadas por un periódico danés condujeron a varios días de disturbios e incendios en el mundo musulmán, así como protestas en Europa.



Estaba programado el reestreno de la producción de Neuenfels en la Deutsche Oper el mes próximo. Sin embargo, debido a una llamada anónima de alguien que suele ir a la ópera y estaba preocupado, la policía de Berlín hizo la valoración de que el montaje de la ópera constituiría un “riesgo con consecuencias incalculables”. Tanto en alemán como en inglés, incalculable puede significar dos cosas. Puede significar demasiado alto para calcularse o, que su conjetura es tan buena como la mía. Kirsten Harms, la directora artística de la Deutsche Oper, lo tomó en la primera acepción. El lunes anunció que se suprimiría “Idomeneo” del programa de otoño.



La condena fue inmediata y generalizada. El líder de la camarilla parlamentaria de la Unión Socialcristiana, el partido conservador bávaro, describió la decisión de Harms como “nada más que pura cobardía”. En la izquierda, la vocera de cultura del Partido Verde la acusó de “capitulación” preventiva. El demócrata cristiano Wolfgang Schaeuble, ministerio del interior, que ha pasado los últimos meses trabajando con líderes musulmanes para crear un “Islam alemán” asimilable, prometió preguntarle a Harms “si se había vuelto loca”.



En una conferencia sobre el Islam dictada por Schaeuble el miércoles, muchas de las principales personalidades musulmanas del país hicieron un llamado a que se presentara la ópera como estaba planeado. Conforme fue terminando la semana, el clamor para incluir de nuevo la ópera parecía que pronto sería irresistible.



¿Qué hace que los alemanes se unifiquen en torno a una sola idea? Si es la libertad de expresión, eso implicaría un cambio nacional. Claro que los alemanes valoran la libertad de expresión, y en ninguna otra cosa más que en el reino artístico. Exponen el sexo (piense en las películas de Fassbinder) y lo sangriento (piense en el arte “performance” de Joseph Beuys con animales muertos) en formas que impactan a los estadounidenses como cosas gratuitas. Sin embargo, por razones históricas entendibles, también son sensibles en formas poco comunes a los discursos de odio.



No es Dinamarca, por ejemplo, donde se le permitió a Louis Ferdinand Celine despotricar su fascismo después de la Segunda Guerra Mundial, y donde, en nuestra propia época, se tiende a hacer caso omiso de las peroratas intolerantes en lugar de reprimirlas. Alemania es un país donde por ley no se puede glorificar a los nazis ni negar el holocausto. Por lo general, las expresiones que pisotean las sensibilidades de las minorías vulnerables lo menos que provocan es el silencio entre los alemanes.



La ausencia de tal silencio es una de las características distintivas del asunto de la ópera. Quienes exhortaron a ponerse en los zapatos de Harms, lo hicieron con base en un análisis de riesgos, no por motivos de que podría ser una mala idea menospreciar símbolos religiosos. Y al parecer esto es parte de un patrón que está surgiendo.



Después de que el papa Benedicto xvi lamentó cualquier ofensa provocada por su conferencia en la Universidad de Regensburg en Alemania —en la que mencionó un texto medieval en el que se dice que el Islam aportó muy poco además de la conquista por la espada—, muchos en la prensa alemana, incluido Michael Naumann, ex ministro de cultura que publica Die Zeit, argumentaron que se apresuró demasiado a disculparse. Monika Griefahn, vocera de cultura del Partido Socialdemócrata, dijo sobre la cancelación de la ópera: “Si estamos sopesando cuestiones de seguridad contra la libertad artística, tengo que preguntarme si no es que ya ganaron los fundamentalistas”.



Joerg Koenigsdorf, crítico de ópera del periódico Sueddeutsche Zeitung de centro izquierda, señaló que la escena con las cuatro cabezas amputadas habría constituido “una prueba de fuego ideal para el potencial diferente de la agresión en las religiones del mundo”.



El clamor no se puede simplemente anotar como vigilancia constitucional de la libertad de expresión porque la amenaza contra ella no fue constitucional. El Estado estaba dispuesto a proporcionar protección si resultaban creíbles las amenazas. Lo que no podía hacer, no obstante, era proporcionarle a los artistas y las instituciones culturales un sentido de propósito férreo. En algunos sectores, dentro y fuera de Alemania, había la sensación de haber sido defraudados por la élite cultural alemana, que está muy subsidiada y se la percibe como muy consentida, en especial en el mundo operístico. (Entre ellos, los tres teatros de ópera de Berlín reciben aproximadamente tanto financiamiento gubernamental —poco más de 125 millones de dólares— como el National Endowment for the Arts en Estados Unidos).



Martin Kettle, británico, comentarista político y entusiasta de la ópera, aunque no admira la escuela interpretativa de Neuenfelss, escribió en una bitácora cibernética del Guardian que sería una lástima que “Idomeneo adquiriera una reputación controvertida sólo por el ego mal dirigido de un director del siglo xxi”. Y en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Eleonore Buening escribió que sería irresponsable cancelar la ópera por miedo, “aun si la producción fuera estúpida, tonta, nada original, ignorante o, en efecto, ofensiva”.



El “asunto de la ópera” indica que el temor al Islam se ha incrustado profundamente en la mente de muchos occidentales. Harms y los investigadores a los que escuchó, entre ellos. Este temor no siempre es irracional, pero tampoco está basado siempre en cosas reales. La gente habla con frecuencia del “espectro” de la violencia islámica. Sólo fue eso —un espectro, y no de la violencia en sí misma, ni de ninguna amenaza específica— lo que condujo a la cancelación de la semana pasada.



Lo que hizo que los medios informativos alemanes y el público en general se volvieran tan repentinamente contra Harms fue una especie de vergüenza colectiva. Alemania tiene la misma razón que otros países occidentales para preocuparse por los excesos islamistas. Sin embargo, el último medio siglo le ha dado más experiencia en vigilar los temores en su inconsciente colectivo.



CHRISTOPHER CALDWELL

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