Jaime Buenahora, ‘persona non grata’


Concluidas las elecciones parlamentarias colombianas, estamos en el exterior recogiendo la tempestad, tras haber “sembrado”, por años, los malos vientos.

La comunidad externa votó (marzo 9) y eligió uno o dos representantes. ¿Eligió? ¿Representantes? ¿De quién, de dónde?

Es decir, con apenas enunciar la realidad electoral post-comicios, ya la “comunidad” queda sindicada de “virtual”, o, máximo, de “intrascendente”. Sí, claro, la comunidad colombiana del exterior existe, pero tan solo como suma aritmética de personas con nacionalidad colombiana regadas por el mundo, no como multiplicación unitaria y cohesiva de mentalidades, aspiraciones y proyectos claramente enunciados y moral, fielmente adelantados.

Somos aprox. cinco millones de personas, y se expresó electoralmente menos de la centésima parte, lo que equivale a decir que el o los elegido/s, cuenta/n con una “representatividad” popular irrisoria. Mejor dicho, en sentido literal tenemos representante, en sentido real, no.

Hace más de una década, en USA se formó la organización denominada Nacao, que por razones de ingrata memoria feneció a la temprana edad de dos años. En ningún país del mundo existe hoy una agrupación numérica, programática y demostradamente indispensable de nacionales colombianos. Hablo de asociaciones semejantes a AIPAC (judía) y NIAF (italiana). ¿Cómo puede elegir representación global una comunidad hipotética?

Reitero, con título reglamentario hoy contamos con legislador en la Cámara Baja de Colombia, el tercero nominalmente electo en el tiempo. Mas como parlamentario realmente propio, comprobadamente fiel y competente, no hemos tenido ninguno. Los tres personajes hasta hoy seleccionados han resultado nada sino agentes personalistas, incompetentes y colectivamente desleales a su cargo y a sus electores. Martínez, Vives y Buenahora no ganaron ni el título, ni el respeto, ni el indiviso agradecimiento comunitario. Será que para una comunidad inexistente, ¿obligatorios son los representantes fantasmales?

Sería recomendable debatir en el exterior algún día si vale o no la pena de cuatrienalmente traer a escena el teatro de las elecciones parlamentarias, y cual fuera exactamente la función (comunitariamente estatuida) para el representante, y como se le va a controlar, es decir, cosas propias de la escogencia democrática de agentes públicos. Pero eso no sucederá pronto, por razones de sobra conocidas: grupos de presión sórdidos, jefezuelos poco aptos, intereses nada santos, ideas poco claras, políticos apenas de ocasión. Pasarán años, entonces, antes de que la comunidad externa se considere concretamente real y funcionalmente entera. Por otra parte, ¿Qué es lo que esencialmente queremos que nos ofrezca el gobierno colombiano que unidos, o por sectores, los colombianos del exterior no podamos proveernos mejor, más rápido y más efectivamente, por cuenta propia? Porque si analizamos la historia de las comunidades irlandesa, italiana, cubana, alemana, judía, de Estados Unidos, entre otras, veremos que los emigrados no necesitan casi nada proveniente del país de origen, excepto la lealtad a la tierra y la familia. Y que para ayudar al país que se trajo en el corazón no se necesita de los parlamentos o de los gobiernos. Porque para socorrerlo ahí está la Sociedad Civil, un estupendo canal físico, moral y conceptual de asistencia comunitaria.

Por otra parte, esperar a que, específicamente, el señor Buenahora ejecute una función diferente a la de embromarnos con tan insolente osadía como hasta hoy, es cosa ilusoria. Buenahora debería ser declarado ‘persona non grata’ entre nosotros. Aparte de eso, exigir de inmediato debates y programas tampoco se sugiere como solución. Las comunidades se construyen día tras día, no de cuatrienio en cuatrienio. Pero, lo que sí es cosa de apetecer es que, a) poco a poco vayamos enderezando los agravios y, b) que personas o grupos particulares de la diáspora sigan sirviendo localmente a sus comunidades y trans-oceánicamente a Colombia, y a toda vela. Para ellos, buenos vientos.

Empero, ¡ay!, si hubiera colombianos nacidos en el exterior de segunda o tercera generación, con arranque y nobleza para arremeter contra los entuertos políticos traídos o creados por sus abuelos, más que bienvenidos sean.
por Jairo Sandoval Franky

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