Jóvenes lutiers luchan por mantener la tradición musical del Pantanal

Conservar la tradición musical del Pantanal brasileño es el objetivo de los pequeños lutiers que, de manos del último de los artesanos que fabrica la "viola de cocho" en Corumbá, aprenden a tocarla y también a construirla.


Las clases impartidas en un centro de enseñanzas artísticas, el "Moinho Cultural Sudamericano", sirven también para reactivar las relaciones fronterizas entre Brasil y Bolivia puesto que, aunque situada en territorio brasileño, esta escuela reúne a niños de entre 12 y 16 años de ambos lados de la frontera que, en "portuñol", aprenden música o danza.


Ahora, además de instrumentos como la guitarra, la percusión o los propios de una orquesta, los jóvenes aprenden a interpretar ritmos de la tradición "pantaneira" como el "sirirí" o el "cururú" sobre los que no existen partituras.


Esto dificulta mucho su transmisión por lo que el único método de aprendizaje es prestar atención en cada clase al veterano Agripino Soares de Magalhaes que, a sus 91 años, es el último constructor e interprete de "viola de cocho" y que cada semana se acerca al molino para enseñar a los más de veinte jóvenes que asisten a sus lecciones.


Agripino recibió un homenaje a su carrera y su lucha por conservar la tradición durante el último Festival de Cultura "América del Sur" celebrado en la ciudad brasileña entre el 30 de abril y el 4 de mayo y con el que, a través de diferentes manifestaciones artísticas, se pretende estrechar las relaciones entre 10 países del continente sudamericano.


La "viola de cocho" es un pequeño instrumento de cinco cuerdas fabricada, de una sola pieza, con maderas propias de la región como el Ximbuvá.


Una de sus particularidades es que, al contrario que la mayoría de instrumentos de su familia, ésta no tiene un agujero en su tapa superior para facilitar la resonancia.


"La viola antes tenía agujero como una guitarra pero éste desapareció para evitar que los bichos entrasen dentro de la caja de resonancia", explicó Agripino.


Mientras, con sus todavía ágiles dedos Agripino demostraba que esta especie de bandurria pantaneira suena muy bien a pesar de no tener la abertura en la tapa superior, bromeó también diciendo que cuida más a sus violas que a su esposa.


El veterano músico indicó que la edad ideal para que los niños empiecen a tocar son los 12 años, puesto que la técnica de la viola requiere mucho oído, y para comenzar a construir los 16, porque es necesario utilizar algunos aparatos que cortan y que pueden incluso ser peligrosos.


Agripino, defiende lealmente una tradición musical que, aunque "no debería perderse", no cuenta con el apoyo suficiente de las autoridades puesto que "quien tiene dinero no quiere invertir" en esto, criticó.


"Si no fuese por esta iniciativa, el día que yo pare de tocar, la tradición musical de la viola de cocho se perderá en Corumbá", comentó Agripino.


Los algo más de veinte alumnos de Agripino, que en su mayoría ya saben tocar la guitarra u otros instrumentos de cuerda, están aprendiendo a interpretar los ritmos locales con mucho entusiasmo.


"Creo que la viola está genial, con ella puedes tocar muchos sirirís y cururús" afirmó Leonardo Luis da Silva, uno de los pequeños del grupo con tan sólo 11 años.


Este proyecto, impulsado por la bailarina Marcia Rolon y su marido, el ex sargento de la Policía Forestal Angelo Rabelo, surgió hace ya 5 años para revitalizar un viejo molino abandonado y para impulsar la formación musical y artística entre los niños de Corumbá y las localidades bolivianas de Puerto Quijarro y Puerto Suárez.

BRASIL

Acerca del Autor