La dulce vida, si, pero ¿dónde estoy?… ¿vengo o voy?

En toda Italia, hasta un tercio de todos los letreros de calles no cumplen las leyes que buscan asegurar una comprensión básica

NUEVA YORK — Para conmemorar mi cumpleaños número 40, hice algo que me dicen nunca se ha hecho en la historia de Italia: Compré un navegador de Sistema de Posicionamiento Global (GPS) y lo instalé en mi motoneta, con la intención de no perderme más en las calles de Roma.



Esto es exactamente el tipo de cosas ridículas que los italianos esperan que hagan los extranjeros. Parecemos pensar que hay respuestas seguras en la vida, especialmente electrónicas. Tenemos la idea de que se supone que se puede navegar eficientemente en Roma. Nuestra percepción de la forma y la función es trágicamente errónea.



“íEs como poner un cinturón de seguridad en un motorino!”, me dijo Gianluca Nicoletti, un popular personaje radial, usando la palabra común aquí para motoneta. “íEs como tener un neumático de refacción en un motorino!”



“El motorino es un vehículo fuera de las reglas”, añadió. “Uno puede subirse a las aceras, en zonas peatonales, viajar en sentido contrario. ¿Para qué necesitas un GPS?”



He tratado de explicar esta necesidad al mecánico de motonetas, quien tuvo que arreglar todo lo que descompuse en mi motoneta al tratar de instalar el GPS — que se conecta con señales satelitales de navegación, traza una ruta e incluso le dice a uno con una vocecita robótica a dónde ir — en primer lugar.



“Sé que le parece estúpido”, le dije. “Pero para un extranjero, es realmente útil”. No sé si fue mi mal italiano, o la cosa misma, pero no hizo ningún comentario, lo cual en mi experiencia es raro aquí. Su rostro también se mantuvo inexpresivo.



Si mi italiano fuera mejor, y en caso de que él quisiera escucharlo, esto es lo que tendría que decirle: Vivo en Roma y necesito ir de un lugar a otro, preferiblemente más rápido de lo que permiten el tráfico embotellado y el transporte público incierto. La motoneta quizá sea la opción de los tímidos en Estados Unidos, pero aquí significa velocidad, a menudo demasiada, y libertad.



Pero no tengo sentido de la orientación. No se puede sostener un mapa en una motoneta. (En un año viviendo aquí, sólo he visto que se intente unas cuantas veces; y es muy poco seguro.) Y Roma, una mezcla multimilenaria de planeación urbana grandiosa y anarquía total, es imposible para el forastero sin alguna guía; en estos días, más sensiblemente, el GPS.

Tomemos el sistema de numeración de las calles: En las calles principales en el centro de la ciudad, los domicilios con números pares están a la izquierda y los impares a la derecha; y la derecha y la izquierda son determinados por la calle de cruce más grande, sin importar cómo se defina eso. Excepto por las excepciones, como la larga Corso Vittorio Emanuele II, en la cual la izquierda y la derecha están al revés. Las calles más pequeñas en el centro tienen su propio sistema, en el cual los números empiezan en un lado en un extremo, ascendiendo secuencialmente en ese lado, luego cruzan la calle y continúan descendiendo del otro.



Esto es, sin duda, encantador. Pero con mi pequeño GPS, el Garmin Quest, cargado con mapas de toda Italia, otros adjetivos no interfieren. Puedo indicar cualquier número en una calle, y llego.



En toda Italia, hasta un tercio de todos los letreros de calles no cumplen las leyes que buscan asegurar una comprensión básica; son el “hoyo negro” de la nación, según Guido Venturini, director general del respetado Club de Recorridos Turísticos Italianos.



Es común aquí elegir una ruta debido a un letrero, luego misteriosamente nunca ver otro que anuncie el mismo lugar de nuevo. Las calles en las intersecciones a menudo no están marcadas. De manera que aun cuando uno sepa que debe dar vuelta a la derecha en, digamos, Via Sbagliata, no puede tener idea de cuando llega a ella. No sólo es confuso, sino peligroso porque uno va viendo de soslayo, vira bruscamente y luego se frena de repente.



“El riesgo de un accidente es un riesgo real”, dijo Venturini. “Si uno pierde la orientación, está en problemas”.



Con mi GPS, puedo — y lo hago — navegar a ciegas, simplemente dando vuelta cuando la voz tranquilizadora me dice, en inglés, por los audífonos incorporados a mi casco, que “Dar vuelta a la derecha en 400 metros”. No necesito ver los letreros de las calles. Confío en los satélites. Es una fe que el Vaticano, por donde paso frecuentemente, respetaría por su fuerza, si no por su fuente.



Como resultado, uno realmente no se puede perder, lo cual también es un argumento contra alguien como yo que tiene un GPS en Italia.



Venturini habla sobre el encanto de la “sorpresa” en Italia, una forma optimista de decir que cuando uno se pierde, y lo hace, aún puede disfrutar.



El GPS es también una subversión tecnológica de la cultura italiana: Saber muy bien que aun cuando se pierdan, los italianos siempre se preguntan unos a otros direcciones, y las dan con gran placer.



“Con un GPS ves las cosas a la perfección”, dijo Nicoletti, el personaje radial. “Pero es como una esfera que te aisla del mundo. Llevas tu mundo contigo. Si esa es tu intención, perfecto. Pero el GPS, como todos los instrumentos técnicos, te desvincula del contacto humano”.



Es cierto que Italia es uno de los principales patrocinadores del sistema satelital de navegación Galileo — una alternativa al estadounidense existente que se espera esté completo en unos años — y que los italianos finalmente están adoptando el GPS en sus autos. Pero nunca he visto uno en una motoneta o motocicleta. En una ciudad con medio millón de motonetas, no pude encontrar una sola tienda en Roma que vendiera un aditamento para montar el GPS en motocicletas. Quizá porque injerta una certeza tecnológica sin alma en algo esencialmente italiano (romántico, retro y un poco peligroso).



Pero la verdad es que, ni siquiera el GPS puede hacer perder a Roma su alma caótica.

Lo usé el otro día para llegar a una entrevista en el tribunal en la Piazzale Clodio. Mi Quest trazó una ruta decente, pero aún así me pasé de una salida. Para regresar di vuelta en sentido contrario, me subí a la acera, luego tomé la ruta correcta. Todo esto es ilegal, pero completamente normal para los usuarios de motonetas.



Diez minutos después, una pequeña bandera a cuadros salió en mi GPS indicando que había llegado exitosamente a Piazzale Clodio.



Ahora ¿dónde diablos estaba el tribunal? No vi nada que se le pareciera remotamente. Tuve que preguntar a alguien.



IAN FISHER
The New York Times News Service

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