La mamá de tarzán


Leyendo sobre el caso protagonizado por el ‘ilustre padre de la patria’ Eduardo Merlano, cuando se negó a someterse a una prueba de alcoholemia que le exigía un policía en Barranquilla, no pude menos que acordarme de Elena.

Iba una vez Elena en la parte trasera derecha de una potente camioneta —allí donde se sientan los patrones— por una carretera recién pavimentada cercana a una finca de la que poco tiempo atrás había tomado posesión su familia, cuando el chofer se ve obligado a frenar, para no llevarse por delante la cuerda amarilla que cruzaba la vía. Dos o tres jóvenes policías se encargaban del improvisado retén.

A Elena —niña Elena, como exigía que le llamaran— se le cayó de las manos el pequeño perrito ‘tacita de té’ que había comprado apenas tres semanas atrás y del cual se antojó luego de ver en un programa de ‘chismes’ de farándula a París Hilton cargando a su pequeño “Tinkerbell”.

“Yo quiero uno igual”, se le escuchó decir en esa ocasión y pocos días después el can ya era su mascota inseparable. Por eso le dolió tanto cuando su nuevo mejor amigo empezó a chillar tras el frenazo.

“¿Qué sucede Wilmer?”, gritó de manera destemplada la matrona agitando su mano recargada de oro. “Nada niña Elena, que a estos pendejos policías no se les ocurrió mejor cosa que poner un retén precisamente aquí. Casi ‘me llevo’ a uno con todo y lazo”, le contestó el azarado conductor, bajando acto seguido la ventana de su lado para gritarle al uniformado que quitara ‘esa vaina’ del camino.

Un agente se acercó al auto y le preguntó al chofer: “¿Cómo dice?”. “Que quite esa cuerda, ¿no ve con quien voy aquí?”, le ripostó Wilmer señalando al interior del auto. El agente se asomó por la ventana y luego de saludar con un gesto a Elena se dirigió nuevamente al conductor y le dijo que veía a una señora, pero que igual tenía que mostrarle los documentos del auto y su licencia.

Gritos, insultos y varios “usted no sabe quién es ella” se escucharon, pero el policía seguía en sus 13, hasta que Wilmer montó en cólera y sacó un arma exigiéndole al ‘tombo’ respeto, porque esa señora era la mamá del presidente. “Esa es la niña Elena Frías de Chávez, ¡nojoda!”. “Podrá ser tarzán, pero déjeme ver los papeles”, atinó a decir el agente, antes que Wilmer hundiera el acelerador a fondo y se perdiera en la distancia. Ninguno de los policías llegó a sargento.
Alfredo Mantilla
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