‘La Sonora Number Two’ sueño y deseo de un sobreviviente

Nelson el llamado “ALMIRANTE DEL RITMO” es el único cantante que queda vivo de la nunca igualada SONORA MATANCERA...

Yo soy un barranquillero, paisa, coterráneo, self man hecho por mí mismo. El señor que les narra solo llegó hasta cuarto de elemental. Y toda la academia, todos los masters, todos los post grados, me los hice yo mismo a través de la vida con un autodidactismo que me apliqué yo mismo.



Mi padre me bautizó Napo, que era el diminutivo de Napoleón, porque me llamo Napoleón Pinedo Fedullo. Mi padre se llamaba Julio Pinedo, era barranquillero, trigueñito, yo salí a él. Mi madre Rosa Fedullo, blanca, rubia, tenía otra estampa. Yo soy nieto materno de un italiano, el padre de mi mamá Julio Fedullo, tenía una fábrica de espaguetis. Mi madre era tolimense, mi padre era un mulato fino con los ojos rayados, yo saqué el pelo negro del mulato y ese sabor que le agradezco.



Pelaíto voy al colegio Salesiano de San Roque, el padre mío era el heredero único y universal de seis hermanos. En aquellos tiempos había la legitimidad, él era el legitimo y los otros era naturales. A él le tocaba la herencia y a pesar de todo lo que le quitaron de mi abuelo paterno le quedaron catorce casas que fue perdiendo, pues era pésimo comerciante. Recuerdo que llegué a conocer tres casas, una por donde está el Almendra Tropical, otra cerca de la calle Jesús, entre Vesubio y Bocas de Cenizas, otra que tenía por allá atrás era como una finquita por las Nieves, que por aquel tiempo –estoy hablando de hace 74 años era monte, apenas se asomaba Rebolo porque por allá estaba el acueducto. El viejo mío, para la barriguita de mi mamá la mandó a temperar. En esa finquita nací yo. Por eso soy más de Rebolo, no soy de las Nieves, lo que pasa, es que yo me quise dar cierto barniz y me corrí para el área de las Nieves, porque la otra casa que tenía, era de la calle Santa Isabel entre Bocas de Cenizas y Vesubio.



Yo viví en Rebolo mi infancia. Jugué bola e’ trapo como loco, bola de uñita, carrucha con el negro ‘Memuerde’, eso era historia. Íbamos a bañarnos al Caño de la Ahuyama en la Loma, detrás de Las Nieves, en el Caño de los Tramposos, el barro que agarrábamos en el baño era famoso.



Salgo de esa casita de Rebolo, que era una casita con techo de paja, de bahareque, linda, con palos de uvita, donde jugábamos a Tarzán. ¡Qué infancia más bella! De ahí salgo y voy para el centro. Mi viejo me manda a estudiar al colegio San Roque, pero llega la época mala, la pálida y me dice el viejo: “Napo, se acabó el estudio y ahora tienes que pensar en otra vaina”. Voy a trabajar a la calle. Todos mis primos, los Pinedo, hicieron carrera como profesionales. Y yo me quedó con el cuarto año, porque al salir de San Roque, fui a la escuela pública, de ahí a Rebolo y no pude hacer el bachillerato, ni siquiera la preparatoria, pero me seguí preparando y con lo que ganaba en el día le pagaba al profesor en la noche, entonces hice mi bachillerato en comercio.



El profesor Brume me dio inglés y después yo hice un curso por correspondencia y soy graduado de corresponsal bilingüe de la Natural School de los Ángeles, California, que fue lo que me permitió llegar a Bogotá, cantando en inglés y le metí medio chuzo a todos los cantantes cachacos que estaban por allá.



El profesor tenía unas hijas muy lindas, yo iba a verlas y él las cuidaba como un perro de presa. Terminé y me fui a trabajar en un oficio que me consiguió mi hermano, dependiente de un almacén. Vendía telas y un día el dueño me botó, porque cuando llegaba una carajita que me gustaba, yo le regalaba medio metro. Cuando pedía un metro yo le despachaba metro y medio, el libanés, me mentó la madre y le dijo a mi hermano que no podía seguir.



Ganaba 6 pesos a la semana, un peso diario. Ese fue mi primer trabajo. Después seguí en otros puestos sin importancia pero preparándome y estudiando comercialmente. Fui asistente del inspector de caja del Banco de Colombia, que quedaba frente a Avianca, allí laboraba con mi camisita, cuellito de corbata, y ganaba $125 al mes. En esa época era un billetico. Se murió mi padre y me quedé con mi madre viuda, solo. Le dije a mi mamá: “tengo $130, te doy $100 y me quedo con $30 para el mes”.



Entonces empiezo a reunirme con los empleados del banco en el parque San José, frente al Astral, en la calle Caldas, allí pasábamos la gallada, los pelaos, y empiezo a hacer mis contactos y aparece un muchacho que está hoy en Nueva York. Él viene mucho por aquí, es Oswaldo Villanigre y me dice: “¿tú quieres trabajar en la radio?”… ya que me oyó hablando y le gustó mi entonación, y le contesté: “para ayer es tarde”… “Voy a llevarte a la Voz de la Patria” Allí estaba el maestro Camacho y Cano y el catalán Pérez Doménech. Entonces Oswaldo me presenta a don Clemente, un viejo bastante huraño, pero con una corazón muy grande.



El viejo me vio y hubo ‘química’ entre los dos. “¿Quieres ser locutor?”. En esa época se estaban haciendo las licencias de primera para leer noticias y yo tenía mi título en inglés, como traductor bilingüe. Me dice, “aquí llegan algunos discos de la Embajada de los Estados Unidos, de las corresponsales de la metrópolis, tradúzcalos y hable, haga el programa”. Lo hice y al viejo le gustó y me quedé.



Los pininos



La primera grabación que hice fue una salida que hicimos a Maracaibo con la orquesta de Lucho Rodríguez Moreno, yo era el crooner, cantante romántico y grabé un bolero, y Tomasito Rodríguez grabó una guaracha. Era la primera grabación comercial que hacía. El título era “Mucho, mucho” un bolero cubano. Eso se perdió. De ese tiempo no tengo ningún documento.



Fui locutor por la facilidad del idioma como pronunciaba bien el inglés, era casi en la guerra mundial del 45. Venían las noticias en inglés por el teletipo. Me decía Vasallo “usted le da el acento que tiene el idioma inglés”.



Trabajando ahí me sale la oportunidad de reemplazar a un cantante ecuatoriano que tenía de bolerista el maestro Julio Daza. Me pagaba una suma superior a la de la radio, recibía cincuenta pesos por baile, y eran 3 a la semana como mínimo, por lo que llevaba $150 cada 7 días a casa. En la emisora tenía como compañeros a Oswaldo Villanigre, Luis Parnesio Portacio, al profesor Camacho, con sus programas didácticos musicales, y el internacionalista Pérez Doménech.



Una debilidad



De Parnesio Portacio, tengo una anécdota muy linda: él fue director de una emisora de Buenaventura, me mandó un contrato; yo venía de la Habana y me hospedé en el hotel “La Estación” en Buenaventura. Allí había una despampanante hembra y le pregunté “¿cuántos ganas al mes?” Y me dijo “$150”. Y le dije, “tienes $300 y vente conmigo una semana a Bogotá”. Había un tren de Buenaventura para subir a Cali y después a Bogotá; nos quedamos en Bogotá pero ella quería ir también a la Habana, pero no la llevé, ella quería seguirme, pero yo tenía unas leonas esperándome allá, sin embargo ella se compró el tiquete y se fue a la capital cubana.



También me pasó igual con una chilena en el Perú. Este país tuvo una época donde llegaban mujeres de todo el mundo para las boites. Les llamaban “alternadoras” o “ficheras”. En Venezuela también existían esas formidables mujeres ¡eran unos toletes de hembras! Eran los tiempos del mambo con bikini. Recuerdo una argentina con piel de nácar que tenía un lunar marrón que me enloquecía. Ella se empató conmigo… tremendo romance. Allá apareció igualmente en la Habana. Definitivamente en la flor de la juventud las volvía locas a todas y no es exageración.



No hay palabras para describir los sentimientos que nos embargan, no solamente a mí, estoy seguro que a cualquier barranquillero que por los avatares de la vida se mantiene un poquito equidistante, una distancia temporal, pero para mí es una vaina, mira que yo soy una persona que me precio de tener un buen léxico, pero cuando me toca describir a Barranquilla me llega esta frase: “Barranquilla es para mí, una ciudad mágica”, tiene magia, yo lo he venido corroborando después de mis viajes por tantos continentes. He conocido muchas ciudades y la magia de Barranquilla radica en que hay muchos que viven aquí y que dicen que son barranquilleros y son barranquilleros asimilados.



Te voy a decir el por qué de la magia de Barranquilla: mi madre era cachaca, fue traída de brazos de mi abuelo a Barranquilla. Yo soy un corroncho, hijo de cachaca, mi vieja no acepta la broma porque yo le decía, “mamá, tu eres una barranquillera reencauchada” y a ella no le gustaba, decía: “¡qué falta de respeto es esa!”, y aseguraba que era de Barranquilla. Yo conozco ilustres loriqueros que adoran a Barranquilla, los Char, y son eminentemente barranquilleros. Tú eres de Sincelejo y adoras a Barranquilla.



La Sonora



Hablemos ahora de la Sonora Matancera. Yo nunca me salí de la agrupación, el arte de vivir en este mundo es saber trajinar con las dificultades y con los oponentes. Viviendo en la Habana con mucho éxito, un día recibo una llamada telefónica desde Barranquilla de don Roberto Esper, que en esa época traía artistas internacionales. Pensé que me llamaba para contratarme a mí, pero no, con Bienvenido Granda. Y me dijo que había disponibles para él 1,500 dólares por dos semanas de actuación, una suma astronómica, en lejanía con lo que ganaban los cantantes y músicos de la Sonora. Había mucha explotación por parte del director. Cuando yo le dije a Bienvenido lo del contrato y lo que iba a ganar, me dijo que no le dijera nada al director de la Sonora porque después no lo dejaba ir. Y me dijo que no volvería, que ese dinero era mucho y que se iba para otra parte y no volvió.



Eso molestó a Rogelio que pensó que yo tenía que ver con ese contrato y no fue así. Pero luego de ese episodio, Rogelio dijo un día en una memorable entrevista que la memoria de la Sonora era Nelson Pinedo y lo manifestó en México cuando nos hicieron el homenaje donde el gobernador del Distrito Federal nos condecoró. Y los periodistas en la rueda de prensa le preguntaron que quién hablaría en nombre de la Sonora y Rogelio dijo que lo haría yo.



Y es curiosa esa distinción porque yo no tenía nada que ver con la Sonora, yo simplemente era contratado nada más. Si yo hubiera seguido con bronca con Rogelio no me beneficiaba en nada, yo usé lo del viejo zorro, le fui dando a entender quién era yo, con un puño de hierro envuelto en un guante de terciopelo. Rogelio, tú eres un corrupto de tu madre, dueño de la Sonora pero te encontraste con un corroncho rebolero triple hijueputa.



La nueva era inconclusa



La Sonora se acabó porque se murieron todos, quedaron dos, el marido de Celia que no ejerce y el primer trompetista Calixto que está en un geriátrico en Nueva York. Tiene un año más que el Papa. Tiene todos los años. Mira el cambio que yo le di a la situación, que Rogelio llegó a pensar que el único que podía hacer la segunda etapa de la Sonora era una persona como yo y eso se llegó a hablar. Yo tengo una carpeta que se llama “La Nueva era de la Matancera”, le monté un jingle: “la nueva era de la Matancera es la que llega con su rico son”.



Yo me encontré en Nueva York con un venezolano que me dijo: “Nelson, qué dinero necesita usted y qué proyecto puede montarme para la segunda etapa de la Sonora Matancera”. Le dije: “bueno, yo lo tengo escrito y le tengo el título ‘La Nueva era de la Sonora Matancera’. Hay que montar tres oficinas: una en Caracas, otra en Miami, y otra en Nueva York.



Le propongo hacer una nueva Sonora. Todos los músicos se jubilan, pensionados con sueldo, se quedan en sus casas. Rogelio jubilado, pensionado, con sueldo de participación de lo que ese proyecto produzca como fundador y creador, y aparecerá una nueva era de la Matancera con artistas jóvenes, un tren delantero de cantantes, con una guitarra que a él no se le oyó, con un swing moderno tipo Shakira, eso con mi criterio”. El millonario dijo, “esa vaina es para ayer”, y yo le digo, “espérate, hay que hablar con Rogelio”. “Entonces lo dejo a tu disposición”, manifestó el venezolano. Contrata una limousina blanca, esa vaina es larguísima, tiene una bisagra por el medio para doblar las esquinas y me voy a Corona, él vive allí en Queens en un edificio chiquito que se compró. Yo era uno de los pocos cantantes que le decía “Yeyo” por Rogelio, pero tenía un apodo más cariñoso, las hermanas le decían gallego, pues su padre era gallego, el tiene hermanas en Galicia.



Cuando le dije, “Yeyo”, el dijo: “es Nelson”. Le pregunté: “¿qué piensas hacer esta noche?, te voy a invitar a cenar; te busco a las 7”. Me presento con la limusina y el empresario venezolano. Cuando baja, él era muy radical en sus expresiones, me pregunta: “¿y eso qué es?” “Lo que tú te mereces. Es una cena donde vamos a hablar lo que tu me dijiste una vez, Rogelio, vamos a hablar de negocios”.



Fuimos al restaurante de un amigo mío en Queens con comida argentina. Eso lo habíamos hablado, habíamos tenido una conversación en México, la vez que fuimos con Carlos Argentino. Le muestro la carpeta. Ese día a Rogelio se le salieron las lágrimas cuando se dirigió a mí, dándome a entender que había sido injusto conmigo. Él estaba con su hijo y Elpidio. Él pensaba que Elpidio junto con el hijo podían heredar la Sonora, pero que me involucraran a mí, porque Rogelio vio como traté ese asunto que se produjo con Robertico.



Yo que llegué toreando, buena muleta y siempre con los míos, me lo fui ganando. Sacó un pañuelo y se secó las lágrimas. Con nosotros estaba su ahijado y su hijo y dijo: “mira Nelson, hay una idea, yo quiero legarle a mi hijo y a Elpidio la parte musical, pero se necesita un hombre con empresa como tú que abrigue y abrace el proyecto con el amor que tú le tienes a la Sonora, yo se que tú amas a la Sonora, me lo has demostrado”. Eso fue un encierro que tuvimos en México.



Esto es tan serio que necesita de tres reuniones, esta es la primera la segunda yo contigo, no se dónde y la última cuando cierres. Así hablo yo. Al negocio hay que darle tres caras, tres reuniones: 1) Planteamiento de motivación 2) estructuración 3) firmar y ahí no hay marcha atrás.



El segundo fue en Nueva York. Con la carpeta. Este es el proyecto. “Bueno Nelson, perfecto, déjame consultarlo con mi abogado”, era lógico porque allí estaba planteada la escritura. Él se bajaba del escenario. Bajarlo era muy jodido porque él iba a querer quedarse en el escenario, pero yo lo veía parado ahí con una guitarra en la mano... era un punto antiestético, desfasado, pero yo tenía que bajarlo con vaselina.



Cuando yo le abro la puerta le digo lo que él representa, él era el propietario de la Sonora, del proyecto, él seguía como director vitalicio, con sueldo y participación y un porcentaje a negociar, todo lo que produjera la venta de libros, discos, películas, conciertos, eso era un proyecto de la puta madre que todavía se puede hacer.



Segunda etapa de las tres conversaciones: cuando él vio el proyecto anterior que tenía que bajarse, dijo: “okay”, dobló la carpeta y yo me eché para atrás, ahí vi que ya no estaba interesado. Me dijo “yo te llamo tan pronto tenga respuesta de mi abogado”.



Al día siguiente sonó el teléfono y le dije: “vaya Yeyo, ¿qué pasó?”. “Mira Nelson, consulté con mi abogado y me dice que no es prudente que yo le de luz verde a ese tipo de proyecto que es hermoso, muy bueno que tu lo has hecho con una calidad del carajo...”. Yo tuve ganas de decirle: “Yeyo, déjate de mamarme galo, estás hablando con un veterano”, pero yo no quería volver a enredarme, además la decisión la toma uno, el abogado está para respaldar esa decisión.



El ser humano tiene que aprender a conocerse a sí mismo, y saber sus limitaciones, yo soy un conservador, un charlista, narrador un poco locuaz por no decir hablador, hablo más de la cuenta algunas veces, esa es mi cualidad. No me pongan en una máquina de escribir, no me sale nada, lo que sí me han dicho es: “compra una grabadora, invita a un café a tu casa a un escritor y empiezan a conversar y graban esa vaina, eso es lo que estoy haciendo”.



Rogelio quiere que la Sonora muera con él, yo puedo decirlo y murió con él.



Sobre mis presentaciones en los escenarios, matizadas con una anécdota o una historia, lo fui descubriendo porque me gusta aprender mucho de mis colegas, lo bueno, no censurado lo malo. Todos tenemos cosas buenas y cosas malas. Pero los claros oscuros que tienen las pinturas son los que dan los contextos. Mira lo que salió, la madre que no me creo, yo empiezo a analizar y voy aprendiendo de los artistas y me di cuenta que muchos grandes artistas llegaban a cumplir un discurso y se metían en algo que en USA llaman rutina.



Los showman dicen que yo tengo montada esta rutina, eso quiere decir una cosa que tienen que repetir igual y yo en ese tiempo diferí, disentí del contexto musical americano de la rutina, porque convierte al artista en un robot, se rutiniza y el artista es un creador, el artista está creando como un pintor, cuando él se enfrenta a un lienzo.



Me dijo un pintor, “es como tú haces en el escenario, la emoción que se percibe cuando tú hablas, cantas y actúas, es la misma que yo siento cuando me enfrento en un lienzo en blanco”, Nelson se está enfrentando a su lienzo. No repito anécdotas, sino que toco conceptos, evoco recuerdos, me salí del contexto y vuelvo a arrancar. Me gusta hacer recordación de los viejos compañeros de la Sonora y hacer recordación de tantos episodios con la Sonora en tantas partes y tantos escenarios. Y una noche una mujer pide “Los Aretes de la Luna” y esa canción no es mía, fíjate el compromiso, el enfrentamiento al lienzo, ¿Qué hago?... No complacerla, la desilusionaría, le canté un poquito.



Quiero explicar la soledad del artista. Después de un espectáculo, en un lleno de más de 100 mil personas, ¿y qué pasa? Esa soledad yo he podido controlarla, he aprendido a vivir con esa soledad, los artistas la llamamos: “Los compases del silencio, del escenario, del artista”. Yo soy dueño de esa soledad. Pero hay una soledad que muy pocos artistas aprendemos a dominar, que es no bajarse del escenario, sino cuando te quedas largo tiempo sin subir en el escenario, ese es el silencio más tétrico, porque empiezas a hacer preguntas, ¿me estarán olvidando?... ¿Me llegó la hora del retiro? A eso lo llamamos: “el silencio tenebroso”.



Me han preguntado qué hago cuando paso meses sin trabajar, meses no, años esperando contrato, ha habido silencio. Me recojo en mí mismo, la familia no está diseñada para eso, porque a uno le entran una serie de perturbaciones emocionales en el estado de ánimo y si no sabes catalizar eso, sufre la familia, te vuelves huraño, introvertido, pero yo desarrollé una terapia que no se puede dominar en su totalidad, la hacía Sinatra, me enteré cuando leí su biografía My Way (A mi manera) y así me encontré conmigo mismo, los silencios los llenaba metiéndose al estudio oyendo sus discos. Y algo macabro: se han muerto todos mis compañeros, solo quedan dos, ¿eso conviene para los contratos?... ¿Me contratarán más?...



Llegará el momento en que te anunciarán el “Sobreviviente de la Sonora”. No habiendo competencia, ¿te salen más trabajos?... No ha sido así, al ir desapareciendo los cantantes, parece que eso adelantó la desaparición de la Sonora, dejaron de llamarla porque le faltó el tren delantero.



Ahí quedó demostrado que la Sonora sin los cantantes no era la Sonora, sentí un bajonazo, ya no me llamaban, el problemas es que se empezaron a ir los claves, había que inventar una Sonora para acompañarles, pero fue desapareciendo la materia prima del tren delantero. Es un fenómeno: al ir desapareciendo los cantantes después de festejar en Nueva York, empezaron a morirse todos, en fila; me preguntaba, ¿cuándo me pasarán la papeleta?...Mi mujer me regañaba cuando me entraban esos pensamientos.



Encuentros fortuitos



En el salón Monserrat, cuando yo voy a hacer un show se me presentan en el camerino el capitán de maitres del Hotel Tequendama y me dice: “Maestro, en el lado izquierdo, hay un pullman donde hay una pareja de paisanos suyos, de Barranquilla, que quieren saludarlo cuando usted termine el show”. “¿Quiénes son?”. “No me han dicho. Son barranquilleros, sí, son corronchos”. Termino y voy al pullman y encuentro a una parejita joven que no conocía: Farid Char y su señora Gladis y esa noche empezó como en la película de Humprey Bogart (Casa Blanca), cuando se van en el aeropuerto los dos abrazados, aquí empieza una hermosa amistad.



Él me dice, “yo vine a hacer una diligencia y supe que usted estaba en el mismo hotel, venimos a verlos, usted no sabe quién soy, pero yo sí, tengo y estoy obligado a saber quién eres tú porque he seguido toda tu trayectoria, desde que yo era niño y te fui a ver, muchachito”.



“Hombre, qué honor y de testigo su señora Gladis”. “Pero es que yo quiero tratar de retribuirte aunque sea un poquito porque todavía estamos en deuda contigo. Toma mi tarjeta y espera mi llamada”. Los que siempre me traen a mí son Char, la Organización Olímpica de Barranquilla.



Sus pares, sus amigos



Lo del concierto con Claudia viene de esta manera. Cada vez que yo vengo, a ellos les gusta unirme con artista para que comparta escenario.



He estado acá en algunas oportunidades invitado con Celio González, Carmen Delia Definí, Tania de Venezuela, Leo Marini. Esta vez me dijeron, te queremos traer otra vez con una figura internacional, pero no, yo quiero con un artista colombiano, hembra o varón. Bueno, la que pensamos que se puede parar al lado tuyo es Claudia de Colombia, mejor, ¡se daña!



Cuando vi al público de pié coreando conmigo las canciones, esas son las emociones por la retribución más inolvidable que recibe el artista más allá del dinero, más allá de toda una fortuna que nos pueda deparar esta profesión. Eso tiene un valor doble, la interpretación que tú quieras, emocional, espiritual, no hay palabras para eso. En el lenguaje del músico americano se llama standing ovation.



El artista tiene el don de desarrollar una técnica de ser muy fuerte para contener las emociones, para no quebrarse delante del público y si se quiebra, se convierte en un sensiblero y muy llorón. Eso de que un hombre no debe llorar no es cierto, el llanto es para el ser humano pero el artista debe contenerlo. Yo esa noche estaba al borde de las lágrimas. Me hago bloqueo mental, ustedes no lo notan, cuando me doblo al medio lado y busco un vaso de agua, no es truco sino técnica. Todo es un engranaje para controlarme. Una vez no me pude controlar y fue en Cali cuando pagué con un tema de hace 35 años, no pude aguantar, no me soñaba con eso. Se me vinieron así como una catarata, todas las figuras de la Sonora Matancera, y empecé a evocarlos, me quise agarrar de algo porque me entró una emoción muy grande y hubiera querido tenerlos ahí conmigo en ese momento y ahí sí se me salió una lágrima.



En ese concierto de Barranquilla con Claudia (los dos, porque fueron dos presentaciones) había mucha gente y cuando yo veía aquello, yo sentí algo eléctrico en el estómago, no se si a ti te ha pasado, me sentía realizado, haber cumplido con un enorme deseo de ser reconocido en la ciudad, como profeta en su terruño. Y mira, triunfar en Barranquilla no es fácil, aquí saben de música, conocen el espectáculo. Qué gran reconocimiento recibí esas dos noches.



Respeto a los muertos



Ahora quiero hablar de Carlos Argentino: él murió en su ley en el pullman de un hipódromo. Era jugador eterno, murió viendo una carrera de caballos. Yo me acuerdo que la última vez que lo vi fue en México, cuando hicimos el concierto de La Sonora. Al homenaje vinieron Leo Marini, Beltrán, yo notaba que él comía compulsivamente, porque como él tenía esa confianza conmigo, me despertaba a las 3, 4 de la mañana y me decía: “Nelson, tengo ganas de meterme una sopita” y acabábamos cenando opíparamente y fue que le dio una enfermedad que le daba por come, comer y que se le juntó esto.



Eso le afectó, se llenó de grasa orgánicamente, el infarto de él fue masivo, una explosión, ya le ponían una pastilla súper violenta debajo de la lengua y ni eso le valía. Él ahora tendría 79 años. Volvió con Los Melódicos y lo llevó contratado Renato y llevó a Leo Marini.



Eso es otra anécdota. A mí me pasa eso mucho con empresarios, yo soy self man, un tipo que se hizo a si mismo, autodidacta, yo he sido muy independiente. Renato ha sido un capitán de la industria, un empresario, maneja su empresa con criterio de empresario, su orquesta. Yo también soy empresario. Yo traje a Daniel Santos dos veces, llevé figuras, pero callado, sin escándalos, pero soy empresario, lo hice en La Habana y todavía lo hago. A través de un paisano, que ustedes conocieron, Guillermo Arenas, el más grande empresario colombiano que hubo allá, cuya esposa era sobrina de Libertad Lamarque.



Renato me contacta pues yo tenía una oficina vecina a la oficina de Los Melódicos en Bárcenas del Río, Edificio Radio en Caracas, los contratos me llegaban ahí.



Llegó Guillermo (era tartamudo) le dije: “tómate un café” y me dice: “Renato quiere hablar contigo”. “Qué bueno, ¿Dónde? En su oficina”. Renato al hablar no te mira, es un zorro y capitán de empresa, un berraco, “¿qué quieres?”, “yo te quiero contratar para mi orquesta” y le digo “¿Y por qué no formamos una orquesta tú y yo?”. Mira la vuelta que le di. Él llegó a tener como siete orquestas. “Yo no voy a hacer cantante tuyo”. Pero Guillermo estaba ahí. “Tú sabes como son las sociedades, yo tengo mi abogado”, “tú no me hables de billetes, eso déjalo para los abogados, tu y yo lo que vamos a hablar es de música”.



Pasó el tiempo hasta que un día me llamó Guillermo y le dije “¿qué le pasó a Renato?”, “No, él está bien”, pero no me sabía decir nada, yo veía que había un titubeo en Guillermo, sabía de que se trataba: la plata, quería picar dos veces, porque estaba picando ya, yo no tenía problemas, pero que me lo dijera de frente, este está como la Lotería de Bolívar, de punta y punta, quiere picar allá y acá. Él era empleado de Renato y no mío, como va a venir un empleado de Renato a cobrarme a mí, eso es lo que me ha pasado a mí con los mismos empresarios.



Y le hablo con criterio de empresario, yo me desdoblo, de cantante y hay que hablar conmigo de negocios. A Guillermo lo dejé en el molde, no lo destapé, “déjame hablar con él otra vez, yo te aviso”, él rompió el negocio, el tumbó la idea y le dice a Renato, “¿para qué haces eso?” y fue cuando empezó a traer cantantes para la orquesta, los puso de crooneros, esos cantantes no eran para esa orquesta. Esa orquesta no tenía la categoría para esos cantantes, Leo Marini, Carlos Argentino…



Los Melódicos para mí, siempre ha sido una orquesta mala, imitadora de La Billos toda la vida, los primeros arreglos se los hizo Billos y el nombre también, le dijo: “tú te debes dejar de llamar Los Melódicos”, tan mala imitación. Me acuerdo de la bronca que le tenía montada a La Billos.



Carlos Argentino llegó allá también, le pusieron carro y apartamento, Renato pagaba bien, era la época que había dinero.



Alguna vez pensó hacer un disco donde yo cantara con otros artistas famosos que ya hubieran muerto, como se acostumbra hoy día. Eso se pensó en Caracas y me llamó un sello, era un proyecto con Palacios y el director de la Rondalla de Venezuela. Yo no estoy de acuerdo con esa vaina macabra, es como vivir de los muertos y se hizo la prueba, estábamos en el estudio y empezamos con Bienvenido Granda, la idea era cantar yo con él, salía a decir algo y yo contestaba, yo lo vi berraquísimo y me espanté, porque fue como desenterrarlo, cadáveres artísticos para vivir, una especie de vampirismo macabro.



Mijares lo hizo con Pedro Infante y en la grabación pasaron una serie de episodios, se movían las sillas, como si Pedro estuviese molesto. A mí me pasó algo con la viuda de Pedro, me daba la impresión que él intervino cuando yo iba con Irma Dorantes por una carretera mexicana y nos estrellamos. Esa vez casi me salgo de la música, los golpes fueron en el rostro, en la boca, para que no cantara más. Pero yo me dije: “yo me recupero y seguiré adelante”. Y aquí estamos.



Me ha tocado alternar con salseros. Con Rubén Blades, Cheo Feliciano, Justo Betancurt, Andy Montañez. Ellos me decían que yo era el maestro de ellos. De México la experiencia fue grata. Llegué a debutar con cancionero Picot de XEV radio de Emilio Azcárraga padre, con la orquesta del maestro José Sabré Marroquí y alternando también con el Gran Pablo Beltrán Ruiz.



Un día alternando con ellos el locutor que presentaba la variedad José Antonio Santibáñez me dice: “Hay dos hombres que llevan ese nombre el Almirante Nelson Nery y usted. A partir de hoy serán Nelson Pinedo, ‘El Almirante del Ritmo”. Salió un long play con ese nombre.



Y ahora estoy vigente en decenas de países con un tema que grabé hace 38 años y no pasó nada aquella vez. Pero, ahora es un suceso mundial.

Espero que esta parte de mi historia sirva de referencia a mis admiradores de cómo es Nelson Pinedo realmente. Un abrazo barranquillerísimo a los miles de lectores de EL COLOMBIANO.



Edgar García Ochoa
flashedgar@hotmail.com

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