La toma de rehenes y un rescate pagado (de nuevo) avivan el debate

El secuestro, tan antiguo como la guerra, involucra no solamente aspectos personales, sino también políticos

ROMA — Las palabras, siempre, surgen más fácilmente que la resolución. “No negociamos con terroristas”, dijo a los reporteros el jueves Sean McCormarck, vocero del Departamento de Estado de Estados Unidos.”No aconsejamos a otros hacerlo tampoco”.


Estaba denunciando el intercambio que Italia hizo la semana pasada con el Talibán: cinco prisioneros del Talibán retenidos en cárceles afganas por un reportero italiano secuestrado en el sur de Afganistán. El pacto, advirtieron funcionarios en todo el mundo, fue un completo error: Recompensaba al terrorismo y alentaba a más secuestros.


Pero la convicción férrea a menudo se derrite cuando hay rehenes involucrados, y no sólo para Italia, que se negó a negociar en 1978 por la vida de su ex primer ministro secuestrado, Aldo Moro, que luego fue asesinado por sus captores.


La razón es que el secuestro, tan antiguo como lo es la guerra misma, involucra aspectos personales y políticos, y es posible un verdadero daño al rehén y a la política. Ahora los sitios problema son Irak y Afganistán, donde los soldados recorren el país junto con reporteros, trabajadores de ayuda, diplomáticos, constructores menos protegidos y guardias de seguridad privada de más alto precio.


Pero el dilema también puede ser ejemplificado por la experiencia estadounidense: ¿Jimmy Carter perdió la presidencia en 1980 debido a la crisis de los rehenes en Irán? ¿Y cuán diferente habría sido la presidencia de Ronald Reagan sin la venta secreta de armas a Irán para obtener la liberación de rehenes en el Medio Oriente?


“Los secuestros son más difíciles de manejar para los gobiernos que los asesinatos”, dijo Brian Michael Jenkins, experto en secuestros y violencia política en la RAND Corp.


“Porque una vida humana pende de la balanza, y porque parece que el gobierno o la compañía o quienquiera que sea el blanco de las demandas puede hacer algo. Por supuesto, en el proceso la culpabilidad cambia de bando”.


“Lo que los presidentes estadounidenses han aprendido es que las situaciones de rehenes son muy peligrosas en el aspecto político”.


Y por ello, cualquiera que sea la política oficial del país contra la negociación con terroristas, la realidad es otro asunto. En su mayor parte, los gobiernos prefieren manejar las cosas calladamente, con el pago en efectivo del rescate hecho por gobiernos locales o las compañías de los trabajadores secuestrados.


Algunos expertos especulan, de hecho, que la protesta internacional contra la acción de Italia tuvo menos que ver con el principio de no satisfacer la demanda de un secuestrador que el hecho de que no involucrara dinero sino un intercambio público de prisioneros. A diferencia del dinero, el intercambio de prisioneros era difícil de ocultar. De hecho, los secuestradores de inmediato declararon que era “una victoria para el Talibán”.


Pero Israel, el país que con más frecuencia se ve forzado a enfrentar situaciones de rehenes, ha tenido que intercambiar prisioneros regularmente; y ha declarado su disposición a hacerlo ahora para liberar al cabo Gilad Shalit, capturado en Gaza el verano pasado.


Vale la pena señalar que la ley religiosa judía reconoce las dificultades particulares de la toma de rehenes: No prohíbe pagar rescate, sino sólo uno que exceda el valor de la transacción. Y por ello en casos como el de Shalit, destacados rabinos emiten opiniones sobre el valor de varios posibles intercambios.


Pero uno de los casos más famosos en la historia judía mostró cuán difícil es realmente esa evaluación: El rabino del siglo XIII Meir de Rothenburg fue tomado rehén por Rodolfo I, el primer rey alemán de la dinastía Habsburgo Se dice que se reunió una enorme suma para su rescate, pero el rabino Meir se negó a permitir la transacción, diciendo que sólo alentaría otros secuestros de rabinos. Murió en la cárcel.


De manera similar, algunos israelíes argumentan que uno de los más grandes intercambios de prisioneros —en 1985 en el cual tres israelíes capturados en Líbano fueron intercambiados por 1,150 personas— envalentonó a los palestinos para rebelarse dos años después en la primera intifada.


Cualesquiera que sean los precedentes, muchos expertos dicen que los convenios actuales son negociados bajo enorme presión y con mínima consideración a lo que pueda suceder posteriormente. “No existe una base teórica”, dijo Mark Heller, director de investigación del Instituto para Estudios de Seguridad Nacionales en Israel. “Es sólo una cuestión de toma de decisiones ad hoc por parte del gobierno, que está en función de la presión nacional y la oposición pública. Incluso la presión familiar”.


“Después de cada acuerdo como éste”, añadió, “existe una especie de análisis posterior al hecho y todos dicen que fue un error y que no deberíamos cometerlo de nuevo. Y lo volvemos a hacer”.


Jenkins, el analista de RAND, señaló que los secuestros por un rescate en Estados Unidos son raros, en parte porque la policía ha sido muy exitosa en rastrear a los secuestradores. Fuera de Estados Unidos, las capturas son raras, y por ello los secuestradores tienen la mayoría de las cartas.


Dijo, también, que en ocasiones a los secuestradores ni siquiera les importa si reciben un rescate, fortaleciendo más su posición. En Irak, los secuestros de extranjeros a menudo parecen llevados a cabo meramente para crear una atmósfera de caos, ahuyentar a las compañías o países e incrementar el costo de los proyectos estadounidenses ahí.


Y el secuestro en estos días conlleva un aspecto moderno particularmente horrible: la inevitable video-grabación del rehén suplicante, que trae a la memoria otras videocintas en las cuales los rehenes mueren.


“Uno ve al individuo, ve su imagen”, dijo Edward Luttwak, asesor del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington. “Uno ve a su esposa e hijos, hermanos y primos, y después de un tiempo uno piensa que realmente lo conoce”.

“Esto hace casi imposible que los gobiernos manejen una crisis”, dijo.


La semana pasada, después de que el periodista Daniele Mastrogiacomo, fue liberado, varios expertos señalaron con interés que fue Italia la que provocó la tormenta de críticas. Después de todo, la nación había combatido mucho tiempo con grupos terroristas internos, así como la Mafia, y lo hizo en gran medida con mano firme y pocas concesiones.


Para algunos expertos, la disposición del Primer Ministro Romano Prodi a llegar a un trato en Afganistán —y la de su predecesor Silvio Berlusconi a pagar rescates en Irak— mostraron cuán débil es el apoyo en Italia a esas acciones.


Muchos expertos, también, mencionaron la resolución de Italia a no negociar por Moro, que fue secuestrado por las comunistas Brigadas Rojas. La nación recibió muchos elogios en ese entonces por no ceder, pero ha habido muchas dudas desde entonces sobre si su muerte valió la pena; e incluso si los aliados políticos de Moro encontraron más fácil dejarlo a su destino.


“Es poco histórico decir que asumir una postura rígida como esa reditúa un beneficio”, dijo Robert Katz, autor estadounidense en Italia que ha escrito sobre el caso Moro. “Italia fue el único país en intentarlo completamente. Fue manipulado y nunca lo intentó de nuevo”.

IAN FISHER

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