¡La verdadera patria chica del ‘mamagallismo’!

Viaje al fondo de ‘La Cueva’ de Barranquilla. Crónica de la nostalgia inspirada en el refugio bohemio que vio nacer a celebridades como Obregón, García Márquez y Cepeda Samudio, entre otros...

“Señora, si no quiere perder a su marido, no lo deje ir a La Cueva”.



En ese entonces, estamos hablando de hace 50 años, era mal visto que una dama se asomara a un bar, a no ser de que su marido estuviera inmerso en una descontrolada borrachera, sin un peso y con la cuenta encima del mostrador, y al lado un policía.



Claro, era una osadía que las señoras de bien frecuentaran estos sitios donde se acostumbra beber jarros de cerveza en la barra, se dicen palabrotas, y se extiende el tinglado de la mamadera de gallo, del ocio productivo, de la chispeante anécdota, y de ese saludable e inteligente pasatiempo que es hablar mal de la gente, incluso de nuestros mejores amigos.



Y si ese bar, entiéndase por la patria amada de los solitarios, está sembrado en los terrenos del trópico, como sucede con ‘La Cueva’ de Barranquilla, pues qué mejor amañadero.



Con razón el letrero que aún pervive en el local, después de cinco décadas de haber abierto sus puertas: ‘Señora, si no quiere perder a su marido, no lo deje ir a La Cueva’.



Sí, porque los primeros clientes de este establecimiento se la pasaban más ‘encuevados’ que en su propia casa. Y esto dio para que algunas de sus abnegadas mujeres pusieran el grito en el cielo y llamaran al orden a sus perniciosos cónyuges.



¿Qué tenía La Cueva que se amañaban tanto? ¿Qué era lo que daban en ese lugar que a los hombres mantenía pegados a sus butacos? ¿Acaso una bella doncella entre sombras era el imán para que estos soñadores vivieran sumidos en una fiebre de la que no daban cuenta ni fechas, ni horas, ni días?



Las respuestas las tiene el periodista y escritor barranquillero Heriberto Fiorillo, a quien se le debe prácticamente la gestión de restauración y el propósito que después de 30 años de haber sido cerrada, el pasado fin de semana haya abierto de nuevo sus puertas, ahora como un centro cultural y turístico de obligada visita para el foráneo, bajo la premisa de que, quien no haya ido a La Cueva, no conoce Barranquilla.



Y tienen razón porque la exquisita bohemia barranquillera nació justamente en este refugio, por allá en el año de 1954, en los límites entre el barrio Boston y el barrio El Recreo, o lo que los viejos de hoy todavía conocen como la antigua Calle Victoria.



Nostalgia



Por esa época funcionaba en ese lugar un almacén de víveres que se llamaba El Vaivén, cuyo propietario era Eduardo Vilá, un comerciante catalán a quien de la noche a la mañana convenció Álvaro Cepeda Samudio para que rematara toda la mercancía a precio de huevo, o la regalara, si era el caso, y transformara el lugar en un local donde sólo se sirviera cerveza. Cepeda ya tenía el nombre: ‘La Cueva’.



Y así se hizo. Vilá se dejó engatusar del escritor y aventurero, y montó el ‘cerveciadero’ más popular y frecuentado por el combo más delirante y mamagallista de aquel entonces. La fotomural en blanco y negro da cuenta y testimonio de esa pléyade de bellos alucinados, fundadores de ‘La Cueva’, que se fueron posicionando del lugar como si cada butaco les perteneciera por escritura pública: Germán Vargas Cantillo, Alfonso Fuenmayor, Ramón Vinyes (El Sabio Catalán de ‘Cien años de soledad’), Roberto Prieto Sánchez, Juan B. Fernández Renowitzky, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Cecilia Porras, Rafael Marriaga, Orlando Rivera ‘Figurita’, ‘Juancho Jinete’, y un veinteañero crespo y delgado que fumaba desesperadamente, de nombre Gabriel García Márquez, que residía a pocas cuadras, en la avenida Murillo, y que se ganaba el sustento diario vendiendo avisos, puerta a puerta.



Lo que algunas señoras se imaginaron como una pequeña sucursal del infierno libidinoso y permisivo donde se sabía a qué hora ingresaban sus esposos pero nunca a qué horas iban a salir, no era otra cosa que el mejor y más recomendado escenario para tertuliar y mamar gallo. De las pocas señoritas -porque lo eran- que se atrevieron a entrar a este consulado del machismo y de la buena vida, dieron cuenta las artistas Cecilia Porras y Feliza Burzstyn.



En medio de la bebeta deliciosa, también emergía el repentismo gastronómico y eran los hombres los que se ponían en la cocineta, a órdenes de Alejandro Obregón, para preparar los primeros platillos de la casa: el cochinillo de veinte días en sal y carbón, el bocachico relleno al guiso, el pollo ahumado, el sancocho trifásico, el poderoso sancocho de sábalo bañado en leche de coco, el infaltable mote de queso con yuca y ñame, entre otras exquisiteces de la gastronomía caribeña.



Cuenta Fiorillo, autor de un detallado y estupendo libro que justamente se llama ‘La Cueva’ y que fue publicado hace dos años, que allí se bebía ron y cerveza todos los días, y que también se armaban una peloteras endiabladas cuando se le subían a Obregón los tragos a la cabeza, y que la arremetía a puñetazos contra esos marineros de poca monta que llegaban al bar en busca de tropel, como en su época lo hacía Hemingway en ‘La Bodeguita del Medio’ o en ‘El Floridita’ de La Habana, empachado con los ‘daiquiris’ que él mismo preparaba.



Anécdotas



En el fondo de esta alucinante Cueva, se cocinaron las anécdotas más increíbles y disparatadas, como que Obregón en una ocasión, al no recibir respuesta para que le abrieran la puerta, se llevó un elefante de un circo trashumante de pueblo para que la derribara a patadas; como que a García Márquez, ebrio de ron, se le antojó una vez echar un loro vivo dentro de un sancocho hirviendo; como que Cepeda Samudio, el gran camaján, apostaba pulsos con los marineros extranjeros, y no había quién le ganara; como que el Totó Villa, en un arrebato, le hizo dos disparos al mural de La Mulata que pintó Obregón a la entrada del establecimiento; y que otro de los asiduos contertulios, un hombre alto y bien parado que respondía al nombre de Julio Mario Santodomingo, llegaba con un cartapacio de relatos bajo el brazo, posando de literato.



En los anaqueles de ‘La Cueva’ también se inscribe la anécdota del recientemente desaparecido pintor cartagenero Enrique Grau, que se quedó dormido por la juma en una hamaca, y que se despertó de súbito cuando percibió la sensación de que alguien lo lamía: era el caimán que tenían como mascota en ‘La Cueva’.



Años más tarde, la piel de ese novelesco reptil se la mandarían como ‘souvenir’ a Gabito a Europa. A partir de entonces, el Premio Nobel la lleva siempre en su maleta, como el más preciado y prodigioso talismán.Pero el tiempo que pasa rápido y que no perdona fue haciendo cuadre de caja con cada uno de sus tertuliantes: unos pasaron a mejor vida, como Germán Vargas Cantillo y Álvaro Cepeda Samudio, otros, como García Márquez, emigraron a otras tierras, unos más se aburrieron de beber y asumieron que hay que vivir de acuerdo con la edad, y entonces se encerraron en sus casas y no volvieron a salir sino para cobrar la pensión. Así que ‘La Cueva’ también quedó en ruinas. De eso hace ya 30 años.



El milagro se produjo el fin de semana pasado, gracias a la unión de manos de un puñado de creyentes que tomaron el terreno en comodato, le metieron billete, lo restauraron, y lo han entregado a Colombia y al mundo entero como una fundación cultural con todas las de la ley, que tendrá su propia revista, su sello editorial, su museo de exposiciones permanentes, un premio de narrativa, y las puertas abiertas a la rumba a través de nuevos talentos musicales, y ese goce pagano y gastronómico de refinados paladares.



Yo la verdad no la conozco, he leído de ella, he hablado con Fiorillo, y me la imagino, y creo que con eso es suficiente.







Ricardo Rondón Ch.

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