el colombiano

¿Llegar a tiempo es más importante que saber llegar?

Aníbal, aquel gran caudillo cartaginés, allá por el siglo III antes de Cristo, se decidió a atacar a los romanos en su misma tierra. Preparó la expedición a Italia con cuidado.

Atravesó los Pirineos y la cordillera de los Alpes, a costa de grandes esfuerzos. Esta última travesía le llevó alrededor de un mes, y supuso la pérdida de numerosos medios, sobre todo caballos y elefantes.

A partir de ese momento, fue ya de victoria en victoria. En la batalla de Cannas (216 antes de Cristo), produjo unas setenta mil bajas a los romanos.

Pero entonces, en vez de ir directamente contra Roma, se retiró a Capua, donde se le atribuye, a él y a su ejército, una vida de ocio y desenfreno (las famosas “delicias de Capua”).

Esto dio tiempo a los romanos para reorganizarse y acabar venciendo a Aníbal.

Cuentan que el famoso general, ante su inminente derrota, se lamentaba con amargura de su retraso en atacar la capital de Imperio: “¡Cuando podía, no quise. Y ahora que querría, no puedo!”.

—¿Y qué quieres decir con esto de Aníbal?

Pues que con la educación del chico puede repetirse la historia de Aníbal.

Cuando más se podría hacer, se le consiente todo, enternecidos por su encantadora sencillez y su infantil simpatía, y no se actúa.

Y cuando por fin se quiere actuar, resulta que ya es demasiado tarde.

Muchos padres son poco conscientes de la envergadura y magnitud de las fuerzas que dificultarán dentro de poco la educación de sus hijos durante la adolescencia. Si lo fueran, no perderían el tiempo precioso que aún les queda.

Hace poco leí que si un avión de cada cuatro en vuelo se estrellara, nadie tomaría un avión. Y que si un automóvil de cada cuatro vendidos tuviera la dirección estropeada, las fábricas de automóviles tendrían que cerrar.

Y que, sin embargo, en el sistema educativo, que se dedica a algo mucho más importante que fabricar automóviles o aviones, fracasan uno de cada cuatro chicos…

—Oye, me estás poniendo negro el horizonte…

Bueno, no se trata aquí de presentar panoramas desoladores. Simplemente, es que casi todos los actuales jóvenes problematizados de 17, 20 ó 25 años, fueron antes uno de esos niños activos y despreocupados que jugaban felices en el patio del colegio. Pero la raíz del problema ya estaba presente entonces.

Lo que se hace o deja de hacerse en la infancia influye directamente en la mayor o menor resistencia de los chicos al ataque de todos los agentes negativos que en el futuro va a tener que soportar.

Ya hemos hablado de cómo muchos padres sólo empiezan a preocuparse ante los signos de alarma de los catorce o dieciséis años, e infravaloran la educación del niño de menos edad.

Les parece, quizá, que su hijo no dará muchos problemas porque le ven con diez o doce años, aún manejable y en apariencia desproblematizado. Pero las crisis tienen su historia y su prehistoria.

Siempre es mejor formar en la infancia que resolver problemas en la adolescencia

Quizá ven a su hijo, pero no le observan en profundidad. No caen en la cuenta de la trascendencia de un detalle y otro, y se les pasan así los mejores años, casi sin darse cuenta.

A lo mejor piensan que es aún una criatura sin problemas y que la etapa educativa importante vendrá después, con las “edades difíciles”. No es así.

Para educar con una mínima garantía de acierto hay que aprovechar muy bien los primeros años.

Y si las cosas no han ido muy bien, la edad de los diez o doce años es casi la última oportunidad de recuperar el terreno perdido con todavía bastantes posibilidades de éxito.

Más adelante, el chico disminuye drásticamente su receptividad ante los padres y es bastante más difícil reconducir entonces una educación deficiente.

No quiere decir esto que más tarde no tenga remedio. Simplemente sucede que, como con tantas otras capacidades –nadar, montar en bicicleta, jugar al fútbol, mantener el equilibrio sobre un monopatín, aprender idiomas, música, o tantas otras cosas–, o se adquieren muy al principio, durante su correspondiente periodo sensitivo, o luego no es fácil llegar a desarrollarlas bien.

El chico debe ahora salir de una etapa fuertemente influenciada por el egocentrismo.

Si no se le forma bien, puede acabar dominado por un egoísmo invasor que busca la satisfacción de sus caprichos e imponer su deseo a quienes le rodean.

No pensemos que el simple transcurso del tiempo resolverá este problema, porque si no se actúa, su falta de defensas le llevará a un progresivo deterioro personal.