Lo que Gran Bretaña puede decir a Francia sobre sus amotinados

En estos días, Gran Bretaña tiene la apariencia —mucho más que muchas naciones europeas— de un país que ha llegado a aceptar su diversidad étnica

LONDRES — Después de meses de intranquilidad, un incidente trivial en una parte marginada de la ciudad repentinamente se vuelve desagradable. Con bastante rapidez, la policía y los pobres se involucran en combates callejeros. Vuelan las bombas de gasolina. Los autos arden.



Esto sucedió en Brixton, en el sur de Londres, en 1981, y no es muy diferente de lo ocurrido en los suburbios de París en 2005.



Hace 24 años, los disturbios en el distrito primordialmente negro de Brixton fueron considerados un punto de transición en la lucha de Europa por absorber a sus ex súbditos coloniales, al igual que los disturbios franceses de este mes pudieran convertirse en un momento de decisión sobre la forma en que Francia trata a sus propios inmigrantes y sus descendientes.



Pero si hay una lección que los británicos gustosamente enseñarían a los franceses, es que los disturbios sólo pueden iniciar una revolución en las relaciones raciales; dentro de un cuarto de siglo, los asuntos podrían seguir sin solución. Después de Brixton, Gran Bretaña adoptó políticas que en cierta manera se hicieron eco de la respuesta de Estados Unidos a su propia turbulencia racial urbana. Alentaron a los británicos a adoptar la diversidad étnica, aunque se quedaron cortos de adoptar la acción afirmativa estilo americano, que los británicos consideran como discriminación ilegal.



Dos y media décadas después, los resultados siguen siendo ambiguos, y hoy en día Gran Bretaña está deslizándose en un nuevo debate, sobre si la política de identidad es una buena idea en general. Quizá, dicen algunas personas, los inmigrantes deberían ser privados de sus identidades étnicas distintivas, en vez de hacerles sentir más cómodos con ellas. Eso suena notablemente como la forma en que están pensando los franceses.



En Brixton en 1981, como en los suburbios de París hoy, los jóvenes negros resentían los registros policiacos de rutina; la discriminación y el desempleo habían dejado a las minorías étnicas con una profunda sensación de agravio.



Ahí, también, dijo Jenny Bourne, investigadora del no lucrativo Instituto de Relaciones Raciales, fueron los hijos y nietos de una primera generación de inmigrantes quienes se estaban “rebelando contra el hecho de que no tenían nada en la sociedad”.



Ahí, también, la élite política pareció quedar pasmada cuando la ira se convirtió en violencia. Más de 300 personas resultaron heridas y 83 edificios y 23 vehículos fueron dañados en el curso de varias noches.



En estos días, Gran Bretaña tiene la apariencia —mucho más que muchas naciones europeas— de un país que ha llegado a aceptar su diversidad étnica. Periodistas negros y asiáticos son titulares y reporteros de los noticieros televisivos. El Parlamento tiene una variedad de legisladores no blancos. La Policía Metropolitana londinense de más de 30 mil miembros, alguna vez virtualmente blanca, lentamente se ha vuelto 7 por ciento no blanca.



“Ningún país en Europa pudiera enorgullecerse más de su experimento multicultural que Gran Bretaña”, dijo el director del Instituto de Relaciones Raciales, A. Sivanandan, en una inserción en el sitio de Web de la organización Instituto de Relaciones Raciales.



En realidad, la idea del multiculturalismo ha llegado a diferenciar a Gran Bretaña de Francia, donde la política oficial de asimilación pretende alentar sólo las normas de comportamiento francesas y desalienta las exhibiciones públicas de la identidad religiosa y étnica de los recién llegados.



El año pasado, por ejemplo, Francia prohibió el uso del velo islámico en los salones de clase. En contraste, este año un tribunal británico apoyó el derecho de una estudiante adolescente a usar un atuendo islámico en la escuela.



Pero el experimento británico sigue siendo nuevo, y el espectro de ataques terroristas por parte de islamitas recientemente ha puesto en claro que es frágil.



Después de los atentados explosivos en julio en el sistema de transporte de Londres, llevados a cabo por musulmanes criados en Gran Bretaña, muchos empezaron a cuestionar si 24 años de fomentar el multiculturalismo habían fallado, produciendo sólo enclaves de diferencia étnica que se habían convertido en semilleros del terrorismo. Algunos políticos, viendo a Francia en busca de inspiración, propusieron que se sometiera a exámenes a los inmigrantes para determinar su conocimiento del idioma inglés y las costumbres británicas, como un paso en el camino hacia la asimilación.



Trevor Phillips, jefe de la Comisión para la Igualdad Racial, que aplica las leyes antidiscriminatorias, ha dicho que los grupos étnicos de Gran Bretaña están apartándose en vez de unirse más. “Estamos caminando dormidos hacia la segregación”, dijo.



Sin embargo, es comúnmente aceptado aquí que los disturbios de Brixton en abril de 1981, seguidos por más violencia en Londres y Liverpool en julio de ese año, al menos llevaron a Gran Bretaña a reconocer que algo estaba mal en la forma en que trataba a sus minorías étnicas.



El choque fue seguido por declaraciones y planes audaces. Un juez retirado, Lord Scarman, elaboró un informe ese año que afirmaba que “la desventaja racial es un hecho de la vida británica actual”, y que “se necesita acción urgente si no se desea que se vuelva una enfermedad endémica e irradicable”. Pidió a las autoridades locales lanzar un “ataque coordinado directo” contra el prejuicio racial y dijo que esto “inevitablemente significa que las minorías étnicas disfrutarán por un tiempo de discriminación positiva en su favor”.



Hoy en día, sin embargo, hay amplio desacuerdo sobre exactamente qué efectos ha tenido el informe. El gobierno dio nuevo apoyo a los centros comunitarios, los festivales étnicos, el uso de otros idiomas en documentos y similares, pero muchos expertos argumentan que el verdadero impacto de esos programas fue alentar a las personas a permanecer en sus propias zonas religiosas y culturales, en vez de integrarse más en la sociedad. Phillips, de la comisión de igualdad racial, dijo que ha producido el equivalente a ghettos alrededor de templos, mezquitas o vecindarios étnicamente homogéneos.



Ludi Simpson, experto en estadísticas sociales de la Universidad de Manchester, asume una opinión opuesta: que “estas políticas multiculturales han tenido un efecto”. Un estudio que publicó la semana pasada dice que el número de vecindarios étnicamente mixtos en Gran Bretaña aumntó ligeramente entre 1991 y 2001.



Sin embargo, ha sido un viaje accidentado. Brixton hizo erupción de nuevo en 1985, y la violencia que enfrentó a jóvenes asiáticos y blancos entre sí se apoderó de varias ciudades del norte en 2001.



Hoy, en medio del temor al islamismo radical, el gobierno británico actual está empezando a sonar menos como los defensores estadounidenses del multiculturalismo y más como los franceses.



“Venir a Gran Bretaña no es un derecho”, dijo el Primer Ministro Tony Blair en agosto, después de los atentados explosivos de julio en Londres. “E incluso cuando la gente ha venido aquí, el permanecer aquí conlleva una obligación. Esa obligación es compartir y apoyar los valores que sustentan la forma de vida británica”. Quienes instigan el odio y la violencia “no tienen lugar aquí”, dijo.



Las actitudes públicas británicas también son poco claras. Un sondeo de la BBC en agosto pasado encontró que 62 por ciento de los británicos pensaban que el “multiculturalismo hace de Gran Bretaña un mejor lugar para vivir”. Pero 58 por ciento creía, como muchos franceses sobre Francia, que “la gente que viene a vivir a Gran Bretaña debería adoptar los valores y tradiciones de la cultura británica”.



ALAN COWELL
The New York Times News Service

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