Los rusos poco a poco convierten a la capital británica en ‘Londongrado’

El ‘Londonistán’ de los años ochenta, cuando los saudíes se convirtieron en londinenses adoptivos a base de petrodólares, ha dado paso al ‘Londongrado’ del 2006, una corte hedonista que habla ruso, viste a la última moda de “Burberry”, se hace traer el caviar beliga en jet privado y tiene en Roman Abramovich -el amo del Chelsea- a su rey sol

El misterioso envenenamiento radiactivo del ex espía y disidente ruso Alexander Litvinenko ha llamado la atención sobre la rica comunidad rusa en la capital británica, que algunos llaman ya jocosamente Londongrado.


Basta darse una vuelta cualquier día de la semana por Bond Street, calle donde están las tiendas más lujosas, desde Louis Vuitton hasta Gucci, para percatarse de la importancia de esa comunidad para la economía de la ciudad.


Muchas de esas boutiques, a cuyas puertas montan guardia jóvenes de traje negro y aspecto de pasar horas en el gimnasio, han contratado a dependientes de lengua rusa para atender a su nueva y exigente clientela.


Mujeres de porte elegante y piel blanquísima, de perfecta manicura, etran y salen de esas tiendas cargadas de paquetes con los que se suben a los lujosos automóviles que esperan pacientemente fuera.


Se calcula en cerca de 300 mil los rusos que viven en el Reino Unido, en su mayoría en Londres, ciudad que dicen preferir a otras por sus buenas comunicaciones aéreas con Moscú, su diversidad y porque allí viven tantos compatriotas.


No todos los rusos por supuesto son iguales: en primer lugar están los oligarcas, gentes como Boris Berezovsky, el ex magnate de la industria del automóvil y de los medios de comunicación hoy enemistado con el presidente de su país, Vladimir Putin.


Está también Roman Abramovich, magnate del petróleo, gobernador de la región rusa de Chukotka, convertido en multimillonario gracias al comercio del crudo, al aluminio y a las aerolíneas, y dueño del club de fútbol Chelsea de la capital británica, por el que pagó 140 millones de libras (unos 230 millones de euros) en el 2003.


Gentes como éstas, incluso con bastante menos dinero que los entre 7 mil millones de libras (unos 9 mil 100 millones de euros) que se le calculan a Abramovich, que sólo se contentan con lo mejor y para las que nada es suficientemente caro, son las que han hecho dispararse hasta las nubes el mercado inmobiliario de la capital británica.


Abramovich en concreto compró recientemente una casa de cinco pisos de estilo georgiano en el elegante barrio de Belgravia por el equivalente de más de dieciséis millones de euros, y otro oligarca llamado Leonard Blavatnik pagó, según la prensa británica, 61 millones de euros por otra casa cerca del palacio de Kensington.


Las más importantes agencias del sector inmobiliario han contratado a personal ruso para atender los mínimos deseos de sus clientes, y se calcula que el valor total de las propiedades adquiridas por los rusos en Londres supera ya en valor los 3 mil 300 millones de euros.


Además de todos esos beneficiarios directos de la caída del comunismo en su país han llegado mientras tanto a Londres numerosos otros rusos que trabajan en el sector financiero, en las multinacionales, han fundado periódicos, agencias de relaciones públicas y organizadoras de eventos, o abierto locales con nombres como “Potemkin”, “Kalinka” o “Rasputin”.


Muchos rusos de clase media alta vienen aquí para que sus hijos estudien directamente en inglés en las mejores escuelas privadas y luego en las más prestigiosas universidades de este país como Oxford o Cambridge.


Quienes han analizado el fenómeno de esa importante emigración de rusos con destino a Londres señalan entre las ventajas que aquí no se les pregunta dónde han obtenido sus fortunas, sino que basta con que las tengan.


También juega a favor de Londres la facilidad que tiene el extranjero de establecer en Gran Bretaña su residencia o el hecho de que el residente sólo tenga que pagar impuestos por sus rentas en este país y no por el resto de su fortuna.


Factor Abramovich


De Roman Abramovich, el zar de Stamford Bridge, se sabe que es uno de los hombres más ricos del mundo, que quiere tener su fortuna fuera de las garras del actual Gobierno ruso, que ha revolucionado el fútbol inglés y que su jugador favorito es Damien Duff. Por lo demás, sólo su mujer Irina y un pequeño círculo de amigos, socios y asesores conocen lo que piensa realmente.


Abramovich es como un Howard Hugues contemporáneo, tímido y alérgico a la publicidad, parapetado tras una fortuna incalculable, que se mueve por el mundo en su Boeing 767 particular, y por la Kings Road de Londres en dos Mercedes negros blindados, protegido por un pequeño ejército de guardaespaldas. A veces saluda a la afición desde su asiento en el palco del estadio, mientras por la megafonía suenan las notas melancólicas de una balalaica. Pero ahí empieza y termina su contacto con las masas.


Para el oligarca ruso, el Chelsea no es una inversión (registró pérdidas de 130 millones de euros el año pasado) sino simplemente un juguete, un objeto de su vanidad. Lo utiliza como un niño el Scalextric o la última consola. Acude a los entrenamientos, viaja con los futbolistas en su autobús y come con ellos en la cantina, pero observando desde las alturas, sin mezclarse. Trae hasta 200 invitados —la mayoría rusos— a Stamford Bridge y recorre medio mundo con tal de no perderse el partido. Cuentan que estuvo a punto de comprar el Tottenham, pero prefirió el club del sudoeste de Londres porque tenía a mano el helipuerto de Battersea, a orillas del Támesis.


Abramovich dispone siempre de tres millones de euros en efectivo en el banco para cualquier capricho, vive en una fabulosa mansión de cuatro plantas en la Lowndes Square de Knightsbridge, muy cerca de Harrods y pegado a la parte trasera de los almacenes Harvey Nichols, donde Irina le compra los tejanos Armani y las camisas Burberry que le gusta llevar al fútbol y lucir en sus tres enormes yates (Le Grand Bleu, Ecstasea y Pelorus). El atuendo más formal lo reserva para las reuniones de negocios y las escasas visitas al Anabel, un club de Mayfair frecuentado por los Rotschild y los príncipes Michael de Kent.


Las pocas personas que tienen acceso al propietario del Chelsea cuentan que su inglés ha mejorado bastante en el último año, dentro de un proceso de integración en la sociedad británica (envía a dos de sus hijos a Eton), por lo que pueda pasar... Debe su fortuna a las privatizaciones salvajes de Yeltsin, pero Putin es celoso de cualquiera que pueda hacerle sombra y le reclama mil 200 millones de euros en impuestos atrasados, al tiempo que amenaza con investigar la posible “adquisición fraudulenta” de Sibneft.


La empresa energética de mayor crecimiento del mundo, con una producción de nueve millones diarios de barriles de petróleo, es la clave de la fortuna de Abramovich y el jeroglífico que explica al personaje. Sus beneficios en el año 2004 ascendieron a 1.200 millones de euros, un 190% más que en el ejercicio anterior, y controla unas reservas de crudo en la remota provincia autónoma de Chukotka que exceden las de Mobil, Chevron y Texaco juntas. Sólo los intereses de su cuenta en efectivo superan los 400 mil euros diarios.


Abramovich, que quedó huérfano a los cuatro años y fue criado por sus abuelos en Siberia, empezó como vendedor de neumáticos usados. Se dedicó a comprar petróleo por unos cuantos rublos y revenderlo mucho más caro en el mercado internacional, pero el gran pelotazo lo dio de la mano de su socio Boris Berezovksy, prestando dinero a Boris Yeltsin para las elecciones presidenciales de 1996 a cambio de la mayoría de las acciones en Sibneft, obtenidas mediante una subasta de cuya legalidad siempre ha habido dudas. Hoy tiene tanto dinero que ni siquiera lo cuenta. Compró el Chelsea por 90 millones de euros, asumió su deuda, se ha gastado una fortuna en jugadores y trata de fichar a Ronaldinho y los mejores... pero su sueño es ganar la Champions, al costo que sea y pasando por encima del Barça y de quien haga falta.



Joaquín Rábago
LONDRES

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