Mi periodo como rehén en China, siendo un reportero de finanzas

En el enorme país asiático, los sobornos abundan y la corrupción del gobierno está extendida

Como periodista estadounidense basado en China, sabía que había una buena probabilidad de que en algún momento fuera detenido por seguir una historia. Simplemente nunca pensé que sería retenido como rehén por una fábrica de juguetes.


Eso fue lo que sucedió el lunes antepasado, cuando por nueve horas fui retenido, junto con un traductor y un fotógrafo, por los proveedores de los populares trenes de jueguete Thomas & Friends.


“Se ha entrometido en nuestra propiedad”, me gritó un directivo de la fábrica. “Dígame, ¿cuál es exactamente el propósito de esta visita?” Cuando respondí que había acudido para conocer al fabricante de un juguete que recientemente había sido retirado de las tiendas en Estados Unidos porque contenía pintura de plomo, sugirió que yo era realmente un espía comercial que intentaba robar los secretos del proceso de fabricación de juguetes de la fábrica.


“¿Cómo sé que es realmente de The New York Times?”, dijo. “Cualquiera puede falsificar una tarjeta de presentación”.


Así empezó nuestro interrogatorio, que fue seguido por horas de negociaciones, el cierre parcial del complejo fabril y la llegada de varias patrullas policiales, un puñado de oficiales de seguridad con cascos y algunos funcionarios gubernamentales, todos tratando de liberar a un periodista estadounidense y sus colegas de una fábrica de juguetes.


Los directivos de la fábrica, descubriría, pueden pasar por encima de la policía, y los funcionarios del gobierno chino no son tan poderosos como uno pudiera sospechar en un país adicto a la inversión extranjera.


Yo no debería haberme sorprendido por el recibimiento. La última vez que llegué a una fábrica bajo sospecha de vender productos contaminados (pastas de dientes), rápidamente cerraron la puerta y corrieron. Un mes antes, entré en las oficinas centrales de una compañía que vendía comida para mascotas contaminada a Estados Unidos, y la recepcionista insistió en que el dueño no estaba. Cuando mi traductor llamó al dueño, escuchamos su teléfono celular sonando en la habitación contigua. Entré y vi al jefe salir escapando por la puerta trasera.


Para los periodistas estadounidenses, hay una tradición de aparecerse en la escena de un crimen, o visitar un lugar que es noticia. Pero en China, donde las libertades de prensa son débiles, esas visitas pueden ser peligrosas.


El año pasado, un joven que trabajaba para un periódico chino fue matado a golpes después de que trató de reunirse con los dueños de una mina de carbón ilegal. Funcionarios locales posteriormente insistieron en que él estaba tratando de extorsionarlos.


Mis colegas en The New York Times han sido detenidos varias veces. Y uno de nuestros asistentes de investigación chinos está cumpliendo una sentencia de tres años en prisión por fraude. Originalmente había sido acusado de pasar secretos de estado a The New York Times, un cargo que este periódico ha negado.


Pero la vida en China es generalmente mucho más fácil para los reporteros de finanzas como yo. Regularmente, soy bienvenido en las fábricas. Las compañías estatales a menudo me tratan como un dignatario visitante. Me sientan en una especie de sillón real al lado del presidente. Bebemos té y el presidente hace declaraciones de bienvenida mientras el fotógrafo oficial de la compañía nos toma una fotografía.


En las paredes de muchas de las fábricas que visito hay fotografías de los poderosos: Deng Xiaoping, Jiang Zemin, Hu Jintao y otros cuyas imágenes indican a cualquier visitante que una fábrica tiene “conexiones” y la bendición del Partido Comunista.


Pero mi visita a la fábrica de juguetes me hizo preguntarme: ¿Quién realmente tiene el equilibrio del poder en esa relación en estos días?


Muchos expertos me han dicho que uno de los problemas más graves en China es que el gobierno carece del poder para controlar a los empresarios, negociadores y conectados dueños de fábricas en esta enorme nación.


Los sobornos abundan, y la corrupción del gobierno está extendida. Hace apenas unas semanas, el principal regulador de alimentos y medicamentos fue sentenciado a muerte por recibir enormes sobornos de compañías farmacéuticas. Pero no está claro que mensajes fuertes como ese vayan a detener la anarquía.


“China efectivamente no supervisa nada”, dijo Oded Shenkar, profesor de administración en la Universidad Estatal de Ohio y autor de “The Chinese Century: The Rising Chinese Economy and Its Impact on the Global Economy, the Balance of Power and Your Job” (El Siglo Chino: La ascendente economía china y su impacto en la economía global, el equilibrio del poder y su empleo).


“La gente tiene esta idea de que son Big Brother y todos están bajo vigilancia”, dijo Shenkar. “Pero esto no es China. En China, las autoridades locales a menudo se hacen de la vista gorda ante los problemas porque quizá tienen intereses creados en ello”.


En realidad, la impotencia de los funcionarios locales fue clara para mí desde mi visita al Parque Industrial RC2 en la ciudad de Dongguan, que se piensa es el centro fabricante de juguetes más grande del mundo.


La planta privada es el principal proveedor de RC2 Corp., una compañía de Illinois. Y los empresarios de Hong Kong o chinos que operan la instalación parecían tener gran influencia sobre el gobierno.


No tuvimos problema al entrar al complejo o echar un vistazo hasta que nos topamos con “el señor Zhong”, un supervisor del complejo con apariencia de rudeza. Nos regañó por entrar a las instalaciones y tomar fotografías, y luego nos invitó a una pequeña villa en el campus, una casa elegante llena de habitaciones lujosas, sillas de piel negra, un televisor de pantalla gigantesca, una enorme existencia de cigarros cubanos, incluso una sala de masajes.


Esta sería nuestra prisión. (Los corresponsales de finanzas son un grupo más afortunado que los reporteros de guerra.) Zhong ofreció una entrevista y un recorrido. Pero posteriormente cambió de opinión y emitió un ultimátum: Entreguen las fotografías o llamamos a la policía.


Confiados en que habíamos registrado nuestra entrada adecuadamente con los guardias de seguridad, que nos habían permitido el acceso al campus, optamos por la policía. Después de una hora, la policía no apareció, y tratamos de salir, sólo para ser casi tacleados más adelante por el ejército de agentes de seguridad de la fábrica.


Mi traductor entonces llamó a la policía.


La escena era absurda. Estábamos encerrados dentro de la fábrica, rodeados por 16 guardias de seguridad y cuatro o cinco directivos de la fábrica. Todos los camiones con provisiones que trataban de entrar o salir del complejo eran desviados. Dentro, grandes multitudes de obreros en uniformes azules estaban embobados. Una muchedumbre también se había reunido afuera de las rejas.


Lps policías llegaron una hora después, escucharon a ambas partes y luego se quedaron de pie por ahí. Más agentes policiales llegaron. Y más agentes policiales se quedaron de pie por ahí. Era evidente que no tenían poder para intervenir.


Así que llamamos a funcionarios gubernamentales, que sugirieron a otros funcionarios del gobierno, quienes ofrecieron llamara a otros más arriba. Finalmente, después de horas de espera, un funcionario gubernamental de más alto nivel llegó para solucionar la disputa.


Era un hombre amigable que admitió que no podía liberarnos, que no tenía el poder. Deberíamos negociar, dijo. Durante las siguientes cinco horas, estuvo pasando de una habitación a otra de la villa tratando de negociar un arreglo. Hubo enfrentamientos a gritos. Hubo demandas de que las fotografías fueran entregadas.


Después de horas de disputa, Zhong demandó que escribiéramos una confesión diciendo que habíamos entrado sin autorización. Se conformó con unas cuantas frases explicando por qué yo había acudido y que no le había pedido su permiso para tomar fotografías.


La pelea entre el gobierno y la fábrica durante nuestra detención pareció subrayar la relación disfuncional que el gobierno tiene con la industria.


En el estira y afloja interminable, fue evidente que el régimen al que imaginaba todopoderoso podía ser impotente y entrar en conflicto cuando se trataba de negociantes y propietarios de fábricas locales.


Cuando fuimos liberados de una estación de policía local, donde fuimos enviados para llenar un informe, notamos que mientras nuestro traductor estaba dando un relato a la policía, los directivos de la fábrica estaban riendo y cenando en otra habitación, haciendo aún más claro el nexo del poder en estas partes y en esta era.

David Barboza
SHANGHAI, China

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