¡Milagro en el basurero!

Con el tesón de los que se trazan objetivos en la vida, el fraile Lucio logró sacar, de un muladar, una obra que es motivo de orgullo para Medellín...




La invitación como ponente a un seminario de literatura en el colegio parroquial Nuestra Señora del Buen Consejo, situado en el barrio Girardot de Medellín, me permitió, hace algunos años, conocer una historia de tesón y maravilla.



A la orilla de la quebrada La Tinajita, en la calle 103EE No. 65-63, se levantaba una iglesia pequeña y hermosa, y enseguida, hacia arriba, una construcción amplia, laberíntica y aireada, donde funcionaba el colegio aludido. El fundador y rector, agustino español Lucio Cambero Carnero, me acogió con un abrazo, como si nos conociéramos desde siempre, y empezó a mostrarme la institución. Y a medida que pasaba salones repletos de muchachos estudiosos, limpios y disciplinados, empecé a preguntarme cómo demonios habían podido multiplicar un espacio tan breve y empinado para sacarle tanto beneficio. Desde afuera era imposible imaginar semejante colmena.



Mi asombro llegó al límite cuando, después de la minuciosa exploración, el padre Lucio me llevó a su oficina y empezó a enseñarme, álbumes con la historia del colegio. Las primeras fotos mostraban un basurero desbordándose sobre la quebrada y contaminando sus aguas.



“Aquí comenzó todo”, dijo el fundador.



Al frente de una modesta parroquia, cuya sede original era un salón enrejado, el discípulo de Agustín de Hipona comprendió que en ese basurero podía hacerse algo. Y con gamines y desplazados que jugaban fútbol en las calles y que no tenían más horizonte que el desempleo y la delincuencia, comenzó a limpiar el terreno, sacando y botando toneladas de basura putrefacta. Después empezaría el banqueo a pico, pala y tarro.


Cantando y sudando, la gente trabajaba sin descanso, con alegría y con amor. Entre ella, como un camarada más, el fraile se movía cual pez en el agua. Hombre fuerte y duro, destinado a la acción del músculo y del evangelio, no tardó en hacerse querer, respetar y admirar por todos, hasta el punto de que cuando le decían padre era como si en esa sola y simple palabra se conjugara la duplicidad de la sangre y de la religión. Como si fuera también papá. Papá Lucio.



Y en verdad que lo parecía. Trabajaba con sus “muchachos”. Los alimentaba. Les enseñaba. Los catequizaba. Incluso jugaba con ellos. Y así fue creando una gran familia sudorosa y soñadora. Fomentando el sentido de pertenencia. La identidad barrial. El orgullo de trabajar por una causa noble que pronto beneficiaría a toda la comunidad.



Una vez explanado el terreno comenzó la construcción de la iglesia, frente a lo ya existente, unos metros arriba de la carrera 65. Algunas familias vecinas se vincularon a la obra y empezaron a ayudar. ¿Cómo negarse? El templo le daría respetabilidad al barrio. Sería como un faro alumbrando en medio de un ambiente signado por la violencia, el desempleo y el desamparo de las instituciones del Estado. De esa tierra de nadie saldría el símbolo y el milagro de la redención.



Sin duda, el buen agustino de verbo enérgico, rico y entusiasta y de ejecuciones prácticas con visión de comunidad y modernidad, supo estimular el compromiso y generar el caudal de solidaridad que necesitaba para el desarrollo de su obra quijotesca y atrevida.



Corría el año de 1987, época crucial del narcotráfico, liderado por Pablo Escobar, jefe del Cartel de Medellín. Los asesinatos y masacres ensangrentaban la ciudad y en las comunas reinaban el terror y las lágrimas. El barrio Girardot, parte de la comuna noroccidental, no podía escapar a tales episodios de barbarie. Y en esas pugnas por el poder cayeron diez muchachos de la vecindad. Lacerado por la más profunda tristeza, el padre Lucio exclamó:



“Juro ante Dios Todopoderoso vengar a estos jóvenes, arrebatándole el barrio a la violencia, a la incultura y a la insensatez. Fundaré un colegio para que todos los niños y jóvenes puedan educarse, formarse en los valores cristianos de la paz y de la convivencia y acceder a trabajos que les permitan vivir con dignidad”.



Mientras más avanzaba la obra, más colaboraba la gente. Las señoras, lideradas por la educadora Bestina Rodríguez Londoño, Blanquita Suárez y Hortensia Castro, multiplicaban sus esfuerzos en distintos campos y actividades: hacían empanadas, tamales, natilla, buñuelos, churros y demás frituras. Las muchachas vendían cantarillas. Los niños se ofrecían para acarrear arena, ladrillos y todo cuanto material menudo fuera necesario.



El agustino, verdadero huracán con faldas, sudaba, pujaba, saltaba, ordenaba, trazaba, contrataba, revisaba, predicaba, estimulaba. La colmena laboriosa no paraba nunca, pues no tenía ni reinas ni zánganos ociosos. Sólo obreras diligentes, incansables y abnegadas.

Y cuando Lucio, finalmente, se lució con la iglesia y todo el mundo aplaudió en la misa inaugural, oliendo la fragancia de la pintura fresca, observando el brillo de la madera preciosamente cepillada y admirando la belleza de los vitrales decorados con primor, dijo:



“Nuestra obra apenas empieza. Ahora seguiremos con el colegio”.



En la antigua construcción, además del mencionado salón-capilla parroquial, había tres salones más, en los cuales, entretanto, el cura había iniciado ya la actividad pedagógica. Su alumnado estaba constituido por muchachos del barrio, algunos adultos y desertores y expulsados de otros colegios. Los grados sexto, séptimo y octavo empezaron a marchar satisfactoriamente, con la colaboración de Bestina Rodríguez y Gloria Caicedo. Mucho antes de esto, la tarea cultural había sido abonada con la formación de grupos juveniles y de oración, equipos de fútbol, bandas musicales, tunas y conjuntos teatrales. Una de las presentaciones escénicas se basó en la obra titulada ‘Hacia la luz por la cruz’, de la propia autoría del fraile. Ésta sería posteriormente editada por Ediciones Paulinas de Bogotá.



Y el cura Lucio siguió sacando tierra como un armadillo, ribera arriba de la quebrada. El edificio fue creciendo en estructura y funcionalidad. Los salones iban apareciendo y multiplicándose. Como por arte de encantamiento, surgieron también un auditorio precioso, una biblioteca magníficamente abastecida, un taller de confecciones, salas de computadores, tallas en madera de personajes famosos, vitrales espléndidos...



Pronto el Colegio Nuestra Señora del Buen Consejo, bajo cuya serena y graciosa advocación se han realizado tantas obras, fue acreditándose en Medellín, hasta el punto de convertirse en uno de los más completos, serios y mejor calificados académicamente, lo que se comprueba con el magnífico desempeño que todos los años tienen sus educandos en las Pruebas del Icfes y Saber. La institución cubre todas las áreas: prejardín, jardín y transición, básica primaria y bachillerato técnico con énfasis en mercadeo, pues los estudiantes podrán cursar después la carrera de mercadotecnia, gracias a un convenio con Esumer. Asimismo, el cura aspira a consolidar un proyecto de empresa-escuela, con el fin de que los egresados puedan realizar las prácticas profesionales.



En sus 16 años, el colegio lleva doce promociones de bachilleres, con seiscientos graduados y un total general de tres mil estudiantes.



Además de los seminarios anuales de literatura, de los cuales van ya catorce, en el colegio se realizan fiestas magníficas como la de las quinceañeras, cuyo esplendor no tiene nada que envidiarles a las de los grandes centros sociales de la ciudad. Todo lo que se utiliza en dicha fiesta y en todas las demás, es hecho en la institución con un aporte mínimo de las familias: los vestidos, los zapatos, las cintas, los arreglos florales, la comida. Allí la gente no sólo enseña y aprende sino que trabaja en mil cosas a la vez. Por algo el lema motor de Lucio es “Servir es reinar”, de su padre Agustín, y “Me gastaré y desgastaré por vosotros”, de San Pablo.



Como todo colegio que se respete, el Buen Consejo tiene también sus publicaciones institucionales, entre las cuales se destaca, por supuesto, su periódico Ecos, que sale varias veces al año. En sus páginas colaboran por igual docentes y discentes. Sin duda, constituye no sólo un buen ejemplo sino un reto para las demás instituciones del género en Medellín.



Con todo merecimiento y justicia, el colegio ha recibido numerosos homenajes. El último y más reciente fue su declaratoria como “Monumento histórico y arquitectónico de Medellín”, de parte del honorable Concejo de la ciudad, gracias a la iniciativa liderada por el doctor Fabio Estrada Chica, quien se ha convertido en uno de los mejores y más eficaces amigos de la institución.



El personaje



Conocida, divulgada, honrada y agradecida la obra, es apenas justo averigüar quién es el fundador, pues sólo sabemos que es agustino y español y que tiene un nombre antiguo y un par de apellidos extraños, el último con cuernos peligrosamente agresivos.



La Villa de Valderas, cuna de nuestro personaje, está situada en la española provincia de León, perteneciente a la llamada “Tierra de Campos”, que incluye, además de León, a Valladolid, Zamora y Palencia. La definición obedece a que, por su fertilidad, era conocida también como “el granero de los romanos” o los “campus gotorum de los visigodos”, que, según la monografista Honorina Vecino Páramo, fueron “las tierras que los primeros reyes de la Reconquista repoblaron y fortalecieron, explotaron y mimaron a la vez y que alcanzaron su máximo desarrollo y su plenitud histórica entre los siglos XIII y XV”.



Enclavada en un paraíso de fertilidad, a 840 metros sobre el nivel del mar, Valderas abunda en trigo, cebada, avena, habas y lentejas en las tierras de secano, y en maíz, hortalizas, remolacha, lúpulo y girasol en las tierras de regadío. Tiene 4.000 habitantes, con una extensión municipal de 98 kilómetros cuadrados. Su núcleo urbano se alza sobre la margen izquierda del río Cea, fuente primordial de irrigación de cultivos. Al oeste hay una colina donde existió una antigua fortaleza, de la cual todavía queda un torreón, testigo y recuerdo de una historia de siglos.



Allí, en un ambiente lleno de mulas, vacas y ovejas, nació el padre Lucio, hace 64 años. Hijo de Fortunato, el herrero del pueblo, y de Encarnación, hija de arriero y lectora de historia, el muchacho creció en compañía de dos hermanos, Antonio y Fortunato. Mientras el padre, con su mono azul y su mandil de cuero, trabajaba duramente ante la fragua chisporroteante, forjando herrajes y herraduras, los hijos asistían a la escuela, en medio de la pobreza y las limitaciones.



Preocupado por el futuro, Antonio cogió su ropa y se fue, en compañía de un amigo, a correr mundo. Soñaba con cazar fieras en el África. Atravesando toda España, llegaron a Gibraltar, se apoderaron de una barca de pescadores y echaron a remar mar adentro. Pero, avistados y capturados por la guardia costera, fueron obligados a regresar al redil valderense. En el camino, el joven aventurero se encontró con un agustino, al que le simpatizó y lo invitó a ingresar al convento. Allí estuvo como lego algún tiempo, trabajando y sirviendo. No obstante, él ansiaba algo más, así que dijo al religioso:

“Lo que yo quiero es estudiar y progresar en la vida. Y aquí no lo lograré. Me voy. Le presentaré a un hermano, a ver si a él le gusta ésto”.



Y el frustrado aventurero y cazador de fieras, le llevó a Lucio. Y Lucio se puso feliz, descubriendo, muy pronto, que bajo el sayal de San Agustín encontraría su destino.



Empezó a estudiar con ahínco. Se ordenó de sacerdote. Viajó a Colombia y se licenció en Biología y química y en Pedagogía y didáctica. Posteriormente se radicó en Barranquilla, en donde se desempeñaría como profesor en el Liceo Cervantes y en la Universidad Metropolitana, como capellán en Barranquillita y como coadjutor en la parroquia de San Nicolás.



De la capital del Atlántico voló a Medellín, en donde, en buena hora, fue asignado al basurero.



Y el basurero infecto y lleno de ratas floreció en el milagro, transformándose con su esfuerzo en fábrica de virtud, de progreso y de sueños, mientras el hijo de Fortunato, el herrero, y de doña Encarnación, la lectora de historia, se transformaba, a su vez, en paisa integral e irreductible, que adora la ciudad y no se cansa de elogiar y agradecer la bondad, la inteligencia y el tesón de sus gentes humildes.



¡Qué bueno que Medellín tuviera siquiera otros nueve frailes como Lucio, trabajando en las comunas y arrebatándole muchachos a la violencia!





Hernando García Mejía
hergamex@epm.net.co

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