Moncayo y… ¿ahora qué?


Las Farc, en un gesto que pocos colombianos esperábamos, dejaron en libertad al suboficial del Ejército Pablo Emilio Moncayo, secuestrado por el grupo rebelde hace más de 12 años. Horas antes, la organización terrorista también entregó a una misión humanitaria al soldado Josué Daniel Calvo, tras 11 meses de cautiverio. Solo una pregunta queda sin respuesta: ¿Y ahora qué ocurrirá con las personas que aún siguen sufriendo el flagelo del secuestro?



En Colombia la alegría es desbordante. Las imágenes del rencuentro de los liberados y sus familiares desencadenaron lágrimas de emoción que terminaron convertidas en ríos caudalosos por cuyos causes navegan los anhelos de otras familias que todavía no tienen cerca de sí a los suyos: 48 rehenes que continúan en poder de las Farc.



Los deudos de aquellos secuestrados se aferran a lo único que les queda: la esperanza. Seguramente fingen estar alegres por la dicha de los demás; un sentimiento ajeno que deben acoger como suyo sin serlo y, peor aún, sin poder experimentarlo realmente. Sus corazones no pueden estar palpitando de gozo genuino en medio del ambiente festivo que hoy registra el pueblo colombiano. Y eso es apenas natural.



Las liberaciones provocaron sentimientos encontrados entre los familiares de quienes siguen viviendo el horror de la guerra en la selva. Es cierto que han aplaudido, pero al mismo tiempo reflejan la tristeza por los que continúan cautivos; esos seres que son carne de su carne, sangre de su sangre y por quienes no han cesado de llorar.



En el reciente acto de entrega de rehenes, el rostro más representativo fue el de Johan Steven Martínez, niño de 12 años, hijo del sargento Libio Martínez, secuestrado con Moncayo en diciembre de 1997 en el ataque a la base de comunicaciones del cerro de Patascoy. El menor dijo sentirse muy contento por Moncayo. De su boca no salen mentiras: “Pero también me siento triste porque lastimosamente mi padre se volvió a quedar en las selvas de Colombia”. El niño nació pocos meses después del secuestro de su progenitor a quien sólo conoce por fotografías y videos. El sargento Martínez, padre de Johan Steven, después de la liberación de Moncayo, pasó a convertirse en uno de los secuestrados más antiguos en poder de las Farc en medio del conflicto interno.



La tragedia de ese niño cuasi huérfano por la intolerancia del grupo que hoy dirige alias Alfonso Cano, es una más de las que siguen enfrentando padres, madres y otros familiares de rehenes. Marchas en las principales ciudades colombianas, protestas en las que se exhiben enormes pancartas con mensajes al gobierno y a las Farc, programas radiales, de televisión y páginas enteras en periódicos y revistas, de nada les han valido. El secuestro es una conducta punible que sigue en boga. Los familiares siguen la triste espera.



La suerte de los 22 miembros de las Fuerzas Armadas que permanecen en poder del grupo guerrillero depende de que se logre un acuerdo para intercambiar rehenes por cientos de rebeldes encarcelados. Esta posibilidad no se ha cristalizado durante el gobierno del presidente Uribe, quien recientemente dijo estar dispuesto al intercambio, pero a condición de que los rebeldes excarcelados no retornen a la guerrilla. Las Farc van más lejos en sus pretensiones. Piden que dentro de los rebeldes excarcelados sean incluidos varios líderes de la organización extraditados a Estados Unidos, país que los califica de terroristas (lo que realmente son).



Lo dicho. La esperanza no la pierden los familiares. Pero, sin ser pesimistas al extremo, esa esperanza desmedida, natural desde todo punto de vista, debemos ponerla en el plano de la moderación y auscultar otras posibilidades. Las Farc cedieron muchísimo con las dos liberaciones unilaterales recientes y dicen que no vuelven a dar un paso similar. Estados Unidos no entregará a los terroristas en su poder. ¿Qué alguien nos diga cuál es el camino a seguir? Un camino que disipe definitivamente las tristezas de todos aquellos que aún tienen familiares secuestrados.


Daniel Castro Peñaloza
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